Imagine la premisa del clásico familiar de 1989 Cariño, he encogido a los niños tomada en serio (más o menos). Es decir, un científico descubre la forma de reducir drásticamente el tamaño de los seres vivos y, en lugar de dar pie a una serie de locas aventuras con insectos gigantes, se plantea cómo ese hallazgo científico podría beneficiar al mundo.

Si una buena parte de la población mundial se sometiese voluntariamente a la miniaturización, el primer gran beneficiado sería el planeta: se reduciría la contaminación, serían necesarios muchos menos alimentos y recursos energéticos y se viviría un gran desahogo en las áreas más superpobladas del globo.

Por otro lado, los individuos también se verían muy beneficiados. Los miembros de una familia de clase media podría convertirse de un día para otro en nuevos ricos con acceso a mansiones, manjares y todo tipo de lujos. Con el mismo dinero podrían comprar muchísimo más y más barato.

Ahora imagine a un prestigioso cineasta estadounidense utilizando esta fantasía para construir una metáfora cinematográfica sobre la hipocresía del ser humano, la preocupación medioambiental, el lado oscuro del sueño americano y el peligro de los muros deseados por Donald Trump.

Pues exactamente eso es Una vida a lo grande (Downsizing), la última película de Alexander Payne, el aclamado director de Entre copas, Los descendientes y Nebraska, entre otras. Con esta filmografía a sus espaldas y lo original del planteamiento de este nuevo filme, las expectativas eran altas. Por desgracia, la que es su más ambiciosa y loca propuesta ha acabado siendo también la más floja y dispersa.

El intento por abarcar tantas ideas y tramas hace que ninguna adquiera la consistencia e impacto suficiente

Todo comienza bien, como comedia simpática en la que Matt Damon y Christoph Waltz escenifican la doble moral de la clase acomodada que se aferra a cualquier excusa, el ecologismo en este caso, para dar rienda suelta a sus anhelos más avariciosos y consumistas.

Llegado a cierto punto entra un juego la actriz tailandesa Hong Chau, y con ella una nueva trama centrada en las brechas sociales. Incluso en un supuesto mundo idílico existirían ciudadanos de primera y ciudadanos de segunda.

Y por ahí también entran la ingenuidad y el buenismo hippie, un amago de ácida crítica al capitalismo, un intento de historia de amistad, algo así como un relato de amor... Y a estas alturas ya ha quedado completamente olvidado el drama familiar inicial de Damon y el tamaño de los protagonistas es prácticamente irrelevante.

El intento por abarcar tantas ideas, tramas y subtramas, con bastante desequilibrio entre ellas además, hace que ninguna adquiera la consistencia e impacto suficiente. Peor aún, la carga emotiva es casi inexistente, los personajes se sienten fríos y distantes y la mayoría de las relaciones entre ellos, forzadas y artificiales. La culpa no es de los actores, que también –a diferencia que en Suburbicon, Matt Damon no derrocha aquí ningún carisma–, sino sobre todo de un guion irregular que quiere contar tantas cosas que acaba por no contar ninguna bien.