El ama de casa que limpia y relimpia sin descanso; el estudiante empeñado en sacar sobresaliente; el deportista que vive para entrenar; el que tarda un siglo en preparar las maletas; el que pasa horas delante del espejo antes de salir de casa; el que tiene que comprobar que ha cerrado la puerta del piso o la del coche muchas veces...

¿Conoce a alguien que se comporte así? Uno de cada diez andaluces sufre el síndrome del perfeccionista, aunque «el talante andaluz y nuestra cultura reduce los efectos negativos de este problema», explica el doctor Manuel Álvarez Romero,  presidente de la Sociedad Andaluza de Medicina Psicosomática y coautor, junto con el profesor Domingo García Villamisar, del libro El Síndrome del perfeccionista: el anancástico, como se les llama en psiquiatría.

Son personas hiperresponsables, maniáticas con el orden y la limpieza, que siempre le dan vueltas a la cabeza. Viven en la eterna insatisfacción porque se exigen metas inalcanzables, algo que es «frustrante y no estimulante», dice el doctor.

Los perfeccionistas son portadores de una genética peculiar y de unos hábitos mentales y conductual muy concretos que les causan «dolor e incomodidad».

Además, siempre se anticipan a lo que va a venir. «Su subjetivismo es tan grande que cabalgan sobre su verdad. Padecen un sufrimiento inútil y hacen sufrir a los que les rodean», explica el doctor, quien aconseja que hay que saber distinguir el perfeccionismo de la perfección, ya que «en ello nos jugamos una cuota de la felicidad».

El test del cenicero

En caso de duda, el doctor Álvarez recurre al test del cenicero. Sobre la mesa de su despacho tira un montón de colillas. Si este acto deja sin voz al paciente, es que «ha dado positivo y es perfeccionista». Según Álvarez, este problema, que puede derivar en procesos psicopatológicos y psicosomáticos, como la ansiedad, la depresión, las obsesiones o trastornos de conducta, se trata con pastillas y palabras. ¿Un consejo?

Reírse de uno mismo y tender a la perfección, pero no de una manera obsesiva.