Ropa infantil
La venta de ropa infatil de segunda mano aumenta cada año. PIXABAY

Todo aquel que tenga hijos sabe la cantidad de ropa que se llega a acumular. Los bebés y niños crecen muy rápido, la ropa se les queda pequeña con pocos usos y los cajones de los armarios se llenan enseguida. Vender todas estas prendas que ya no se utilizan es una salida que cada vez usa más gente, tanto por responsabilidad a la hora de consumir como por conseguir unos ingresos extra.

El portal Vibbo, antes el conocido portal Segundamano, cuenta con un total de unos tres millones de anuncios, de los cuales 57.000 se clasifican como ropa infantil. En los útlimos tres años, los anuncios de prendas de bebé de segunda mano han aumentado un 14% en esta plataforma. Las cifras de Percentil, pionera en este sector, reflejan que las ventas de ropa infantil usada en 2016 movieron 684.000 euros, un 138% más que en 2014 (cuando el volumen de negocio fue de 286.800 euros). Según un estudio realizado por IPSOS para ISDI en noviembre de 2016, el 9% de las compras online de ropa se realizaba ya en portales de segunda mano.

"En los últimos años se ha notado el cambio en las tendencias de consumo hacia modelos más sostenibles e inteligentes. La popularización de la economía colaborativa nos ha ayudado a dejar atrás viejos clichés sobre la compra de un artículo de segunda mano, y este cambio socio-cultural nos permite tener un sentimiento de orgullo por conseguir las mejores oportunidades que se adapten a cada uno de los momentos de nuestra vida", explican desde Vibbo.

Luis Godoy es un extrabajador de banca de 39 años. Junto a su mujer ha creado Tiruleta, un sitio web que compra la ropa directamente a los usuarios que se la envían y la vende al 50 (si es nueva con etiqueta) o al 70 (si está usada en buen estado) por ciento del precio en tienda. El sistema es similar al de Quiquilo, otra de las pocas plataformas que se dedican a esto en España. El vendedor solicita una bolsa, que le llega a casa sin gastos y la devuelve con las prendas que desee vender.

El desencanto con los contenedores de ropa, cuyo fraude se ha visto en los medios, también ha ayudado al crecimiento del sector

Una vez llega a los intermediarios, estos examinan y valoran minuciosamente cada prenda. No todas pasan el filtro. Una regla básica antes de cargar la bolsa es preguntarse a uno mismo si compraría lo que está enviando. El personal de Quiquilo y Tiruleta ingresa a los vendedores el importe total de la valoración de cada prenda enviada y las ponen a la venta. La ropa descartada tiene dos salidas: o se dona a oenegés o de devuelve al vendedor (en este caso, es este último quien corre con los gastos de envío).

Los datos de Tiruleta, que dio sus primeros pasos en 2014 "con 400 prendas de amigos y familiares" y hoy tiene unas 14.000, muestran que "la demanda se duplica año tras año". De hecho, "a menudo" cuelgan el cartel en la web de que paralizan por unos días la recepción de bolsas porque han alcanzado el límite de su capacidad. Lo mismo pasa cada lunes en Quiquilo, que reparte un máximo de 350 bolsas cada semana y durante las primeras horas del lunes suelen cubrir el cupo. Esta empresa asturiana que da trabajo a 15 personas cerrará 2017 con medio millón de euros de facturación y 250.000 prendas procesadas, según su director Roberto Bernabéu.

El matrimonio que hay detrás de Tiruleta identificó tres factores que les impulsaron a crear este negocio: el auge del mercado de segunda mano, un cambio de mentalidad en la sociedad y la crisis económica. Godoy cuenta que la cantidad media de prendas que reciben por bolsa es de 20. El sitio cuenta con alrededor de 3.000 usuarios, la mitad vendedores y otros tantos compradores. "El desencanto de la gente con los contenedores de ropa, cuyo fraude se ha visto por televisión" también ha propiciado la aparición de este nicho de mercado.

Quiquilo también es creación de un padre y una madre de gemelos, que vieron en una necesidad personal una oportunidad de negocio. "El modelo funcionaba en EE UU y al abrir nuestra primera web comprobamos que también en España había mucha gente interesada", cuenta Bernabéu. Esta plataforma lazó hace seis meses una app para el móvil y en 2018 ampliará el negocio con ropa de mujer.

Un mercado que madurará

"Se nota que el mercado no está todo lo maduro que podría estar en España, donde por ejemplo hay más clientes en el norte, pero irá a más", explica el creador de Tiruleta, que se compara con otros países europeos o Canadá. Ellos han llegado a pagar hasta 400 euros por las prendas recibidas en una bolsa. "Hay gente que tiene mucha ropa y de marcas exclusivas", explica Godoy. Por otra parte, el tique medio de los compradores es de 35 euros.

Otra forma de plantear este negocio es creando un punto de encuentro entre vendedores y compradores. Dos ejemplos son El Baúl de Lucas y Pequefy, la versión infantil de Chicfy. En estos dos portales son los propios vendedores quienes fotografían las prendas, crean sus anuncios y fijan los precios de los productos, tratan directamente con los compradores y gestionan los envíos. Los administradores de la comunidad se encargan de recibir los pagos de los compradores e ingresar el importe de las ventas a los vendedores. De esta forma, aportan seguridad al canal de venta. Estos portales cobran una comisión de entre el 18 y el 20% más el IVA a los vendedores, que reciben un 80% aproximadamente del precio que establecieron para sus prendas.

Hay que quitarse de la cabeza que la ropa de segunda mano es igual a vieja

Sandra Ferra es la creadora de El Baúl de Lucas, que arrancó su andadura hace un año y hoy cuenta con 4.000 prendas. Una cantidad modesta comparada con sitios como Pequefy o Percentil, como ella misma reconoce. "Soy como la tienda de barrio comparada con un gran almacén, pero yo ofrezco cercanía y un trato muy personalizado con las 2.400 usuarias registradas", cuenta esta madre de tres hijos.

Tras un ERE en una entidad bancaria, esta usuaria de otras plataformas de consumo responsable buscó una salida para "el montón de ropa casi nueva" que tenía y no encontró nada que le convenciese. "Hay que quitarse de la cabeza que la ropa de segunda mano es igual a vieja. De hecho, siempre hemos heredado la ropa de nuestros hermanos o primos", apunta Ferra.

Además de vender la ropa usada, los más avispados también tienen la posibilidad de abrir un 'baúl' de ropa nueva. Así lo ha hecho la propia Ferra, que compra las prendas a un mayorista español y las vende en su plataforma a precios más bajos que en una tienda física. "La respuesta está siendo muy buena", dice.

"Cada año se suma más gente al modelo de consumo responsable, nosotros incluso enviamos muchas prendas para regalo", añade el fundador de Quiquilo. Pero no solo hay razones económicas. Según reza en la web de Percentil, "al comprar una prenda de algodón de segunda mano, estás haciendo que se ahorren unos 2.900 litros de agua. Por cada kilo de ropa que se fabrica, se emiten 1.6 kg de CO2 a la atmósfera, contribuyendo a aumentar el cambio climático. Con la venta de ropa casi nueva hemos evitado la fabricación de 1.383.000 prendas desde el 2 de julio de 2012".