Un centenar de indigentes podrán dormir bajo techo
María del Carmen de Pedro. 41 años. bilbao, indigente.(M. Romero)
Sin más techo que los soportales de alguna iglesia, sin más mantas que algunos cartones y, si acaso, la ropa de abrigo prestada por asociaciones benéficas. Así sobreviven los alrededor de cien indigentes que duermen a diario en las calles de Bilbao.

A partir del 1 de diciembre, si no hay un cambio de fecha, y, al menos, durante unos cinco meses, tendrán una cama en la que dormir y un techo en el que refugiarse del frío por las noches. El albergue municipal de invierno abrirá sus puertas en la calle Alameda de Mazarredo.

Es de baja exigencia. Su único requisito es cumplir un horario, no consumir drogas ni bebidas. De ahí que, desde que se abrió, en 2004, las 50 plazas disponibles se llenen cada noche. En realidad, el albergue dispone de otras tantas camas alternativas, pero según los responsables municipales, sólo se ponen a disposición en momentos puntuales, como en olas de frío.

Porque «no todos los indigentes quieren dormir bajo techo», explica Txema Duque, responsable de Acción Social. De hecho, en Bilbao hay alrededor de otro medio centenar de camas para indigentes promovidas por asociaciones. Y no todas se ocupan.

El drama de vivir en la calle

María del Carmen de Pedro. 41 años. bilbao, indigente. «Estoy embarazada; y en la calle»

Se quedó en la calle, de la noche a la mañana, hace tres años. María del Carmen de Pedro trabajaba para el Ayuntamiento bilbaíno, vivía de alquiler, pero «por circunstancias de la vida» se vio obligada a pedir y a dormir en los soportales de la iglesia de Rekalde.

Hace poco se enteró de que está embarazada. De cuatro meses. «El bebé está bien, aunque viene un poco pequeño». Está acostumbrada a no comer las cinco veces que en su caso recomiendan los médicos. Su embarazo le facilitó el acceso al albergue que el Ayuntamiento tiene en Mazarredo para los indigentes que más tiempo arrastran su vida en la calle. Pero la semana pasada la «castigaron» por llegar tarde. Y, así, otra vez, cuatro días en la calle.

Las desgracias nunca vienen solas. El pasado miércoles le agredieron y  robaron en plena calle.

Sabe lo que es no comer bien, pasar frío y, sobre todo, «no tener el cariño de nadie». Es lo más duro. «Tengo una depresión de caballo», se lamenta.