¡Cómo puedes comer eso!
Portada del libro '¡Cómo puedes comer eso! Un juicio sumarísimo a la industria alimentaria' de Christophe Brusset. Península Atalaya

En ocasiones las cosas no son lo que paren y trabajar para la industria alimentaria alberga demasiadas sorpresas, a veces, inesperadas, no aptas para escrupulosos. El francés Cristophe Brusset dedicó más de dos décadas de su vida a este sector y en ¡Cómo puedes comer eso! (Península) desvela múltiples y variadas anécdotas sobre los abusos y engaños de la industria.

Entre ellas está el caso del lote de cien toneladas de guindillas troceadas provenientes de India que no eran guindillas, sino restos de heces de ratones y ratas que se comieron el producto. Asegura que se trató de un caso aislado y que no se volvió a repetir. Eso sí, tardaron un año en vender el lote que se mezcló con un 25% de producto de buena calidad.

Desvelar la cara oculta de la industria alimentaria tiene sus riesgos. Entre ellos, las amenazas de juicios por antiguos empleados que se reconocieron a sí mismos y colegas de la industria que dejaron de hablarle. Christophe Brusset trabaja ahora en Asia y este libro le ha hecho ganarse un hueco en la lista negra de la industria alimentaria.

Según Brusset es posible ser responsable para informarse mejor y buscar productos más sanos y éticos. No obstante, no pretende alarmar, sino prevenir y educar. Advertir de los riesgos que atañen ciertos productos y señalar a los consumidores como aquellos que realmente albergan poder sobre la industria."Quiero que los consumidores se den cuenta de que ellos son quienes pagan y con su dinero tienen el poder de cambiar lo que se les ofrece", asegura.

Eso sí, quiere dejar algo claro. Y es que, "a pesar de que la propaganda de la industria carga sobre los consumidores sus responsabilidades", éstos no son los culpables de la comida basura, la obesidad, la diabetes o la contaminación.

Hay una cuestión que se plantea sobre la mesa sobre los males de la industria, ¿Hay alternativa? Según Brusset, sí. Entre sus recomendaciones; cocinar tanto como sea posible con productos crudos y evitar las comidas preparadas. Invertir en los productos orgánicos y locales permite, además, no solo fomentar el comercio de nuestra localidad sino saber qué es lo que comemos y la calidad de cada ingrediente.

Respecto al sobrecoste de estos productos orgánicos, queda justificado ya que "la calidad es mayor y tienen menos pesticidas y aditivos permitidos". Según él, al mercado de productos orgánicos le alberga un futuro esperanzador debido a la creciente demanda de los consumidores que, junto al aumento de la oferta de este tipo de productos, permitirán la bajada de los precios.

No siempre estar más informado significa estar más protegido. En el año 2014 entró en vigor en la Unión Europea una nueva ley sobre el etiquetado. Este ingeniero de la comida asegura que, para él, "leer el etiquetado de la comida es una pesadilla". Según Brusset, son los lobbies de la industria y los supermercados quienes presionan para que el etiquetado de los productos sea casi imposible de entender. Cree que la mejor solución sería tener un código de color como el del nivel de gasto de energía de las máquinas. Una solución de sentido común sin porvenir.

Los productos de los que nos alimentamos están plagados de aditivos como los colorantes o los edulcorantes artificiales con un demostrado impacto negativo para la salud de quienes los consumen. Según Christophe Brusset, entre los ingredientes que cree que deberían evitarse a toda costa; las grasas saturadas, el aceite rico en ácidos grasos (concretamente el de palma y coco) y la fructosa. Pero, entre la lista de enemigos alimentarios hay uno que destaca por encima del resto, el sirope de fructosa. Un edulcorante líquido ampliamente extendido en la industria de los refrescos y responsable de una epidemia de obesidad y diabetes a nivel mundial.

Para Brusset, frenar el poder a los lobbies es una prioridad. Junto a ellos, el poder de los supermercados debería pararse. En sus palabras, no es posible que su responsabilidad sobre los escándalos de productos y marcas propios nunca haya sido castigada. Además, cree que debería destinarse mucho más dinero para que las autoridades lleven a cabo controles del mercado y las investigaciones correspondientes.

Pero si algo se puede hacer para mejorar la seguridad alimentaria es ejercer presión. Defiende el poder de las asociaciones de consumidores como FoodWatch que "llevan acciones bastante efectivas". Pero, si hay algo que Christophe Brusset tiene claro es que el consumidor es quien tiene el verdadero poder a través de su cartera.