Gracias a este papel, Natalie Portman ha sido nominada como mejor actriz a los Critics Choice Awards, los Premios del Sindicato de Actores (SAG), los Bafta, los Globos de Oro y los Óscar. Aunque Emma Stone le ha ganado la partida en todos los casos –probablemente también se hará con la estatuilla dorada de la Academia–, cuando uno va a ver Jackie, la expectación es grande.

Sin embargo, el primer contacto con el personaje es más que extraño. Jacqueline Kennedy abre la puerta al periodista Theodore H. White, de la revista Life, y comienza a hablar, pero su dicción es extraña. Habla lentamente, marcando mucho las palabras, con un tono esnob y una cadencia que parece artificial. ¿Por qué han nominado entonces a Natalie? Es una gran actriz, pero aquí parece sobreactuada.

Por supuesto, uno no tarda mucho en imaginar que lo más probable es que Jackie hablaba con ese peculiar acento. Efectivamente. Si ven algún vídeo de Jacqueline Kennedy (ejercicio de documentación más que recomendable antes de ver la película), descubrirán que Natalie no solo se parece a la célebre primera dama sino que clava de manera pasmosa tanto su estilo como su forma de expresarse.

Aquí es precisamente donde viene el gran problema para el espectador español temeroso de la VO. La película es, casi al cien por cien, Natalie Portman y su esfuerzo por transformarse en la copia exacta de Jackie. Sin embargo, todo eso se pierde con el doblaje. En la versión española su voz vuelve a ser la de Nuria Trifol, su dobladora habitual, muy buena pero que en este caso –probablemente para evitar confusión o incluso un resultado ridículo– opta por eliminar cualquier tipo de peculiaridad en la pronunciación, perdiéndose así uno de los grandes valores del largometraje.

Natalie no solo se parece a la célebre primera dama sino que clava de manera pasmosa tanto su estilo como su forma de expresarse

El biopic relata el papel de Jacqueline Kennedy tras su llegada a la Casa Blanca y en los momentos inmediatamente posteriores al asesinato de JFK, todo ello estructurado en torno al citado encuentro con Life Magazine, que es donde se producen algunos de los diálogos más brillantes del filme, con una elegante y calculadora mujer que controla en todo momento los términos de la entrevista. En este punto se concentran los momentos más ligeros, e incluso a veces cómicos, de una película por lo demás elegante, sobria y dolorosa.

Hay otros dos escenarios recurrentes en el relato, la mil veces versionada escena del asesinato de John Fitzgerald Kennedy, que en esta ocasión se muestra de cerca, con crudeza, desde la perspectiva de Jackie, y la grabación de un programa de 1962 en el que Jacqueline mostraba a los espectadores los cambios que había realizado en la Casa Blanca (es sencillo encontrar el original en internet y comprobar la extrema fidelidad con la que se ha reproducido este histórico documento audiovisual).

Al margen de la escrupulosidad con los detalles, que muchos no apreciarán, a la película le cuesta en ocasiones crear situaciones de interés, algo a lo que el montaje y los saltos temporales, que a menudo parecen arbitrarios, no ayudan. Por fortuna, en el centro siempre está Natalie para levantar cada secuencia, brillante en el papel de una mujer que la sociedad estadounidense consideraba "tontita", frívola y derrochadora pero que, en su duelo, luchó del modo más inteligente posible para convertir a su marido en leyenda. Lo consiguió. Usando sus propias palabras, Jackie transformó su hogar en Camelot y a su difunto esposo, en el rey Arturo.