Bienvenida y Francisca
Bienvenida (izq) y Francisca Navarro contemplan la vida a través del mirador por el que avistan la basílica Santa María. Claudio Reig
Bienvenida y Francisca, Navarro de apellido ambas, tía y sobrina de 104 y 90 años, respectivamente, forman una entrañable pareja desde hace 15 años, fecha en que Bienvenida enviudó.

En aquel momento, Francisca decidió trasladarse a casa de su tía, sita desde hace 60 años en el número 1 de la calle Fatxo, y ayudarla en todo lo que buenamente pudiese. Pese a la avanzada edad y los problemas de movilidad de Bienvenida, su única sobrina no quiere que la trasladen a una residencia porque si la sacan de su casa "se moriría de pena".

Le pido a Dios que me dé fuerzas para seguir cuidándola, ya que, si yo le faltase no le quedaría nadie

"Le pido a Dios que me dé fuerzas para seguir cuidándola, ya que, si yo le faltase no le quedaría nadie", comenta Francisca quien siempre ha dedicado su vida al cuidado de los demás.

La voluntad y la fe de esta nonagenaria no parecen tener límites, habida cuenta de que se levanta a las 6 de la mañana y lo primero que hace es santiguarse en cada una de las ventanas de la casa.

Vida diaria

Estas dos veteranas contemplan la vida a través de una amplia ventana del comedor cuyas vistas dan a la basílica de Santa María. Sin duda, la algarabía que perciben de la plaza del Congreso Eucarístico les reconforta y anima a seguir.

"Vivir aquí resulta muy bonito cuando hay actos, procesiones, en la Alborada... aunque, a veces, la juventud hace mucho ruido por las noches. Desde aquí uno puede ver todo lo bueno pero también todo lo malo", afirma Francisca.

Para Bienvenida el ruido ha dejado de ser un problema desde hace 4 años, momento en el que una bronquitis la dejó postrada en una silla de ruedas y, prácticamente, sorda. A pesar de ello, todavía conserva cierta capacidad auditiva y pasa las horas pegada a un transistor.

Hasta los 100 años iba sola a misa, compraba, limpiaba los suelos, las figuritas del aparador, comía de todo y se bebía su medio vasito de vino

"Hasta los 100 años iba sola a misa, compraba, limpiaba los suelos, las figuritas del aparador, comía de todo y se bebía su medio vasito de vino", señala Francisca. "De todas formas, está hecha de una pasta especial pues tras la enfermedad la dieron por desahuciada y ya han pasado 4 años".

De Oporto a Elche

La vida de Bienvenida arranca en Portugal donde su padre, ilicitano artesano del calzado, emigró "para probar fortuna", según comenta. Nacida en Oporto, con 10 años regresó a Elche tras la muerte de su progenitor. De hecho, todavía recuerda el viaje en tren, de Oporto a Madrid, y posteriormente en "coche de ruedas" hasta Elche.

Ya de vuelta, trabajó de maquinista de zapatos en fábricas. A lo que hay que sumar su arte con el ganchillo, el tratamiento de la guata o, simplemente, coser botones pues había que traer faena a casa para apuntalar los salarios. También era una gran bailaora de sevillanas, ya que vivió un tiempo en Sevilla donde aprendió los compases de este baile.

Bienvenida Navarro conoció a su marido, el tío Segura, tras una nevada. Como su casa tenía goteras, éste andaba quitando hielo a paladas, momento en el que se fijó en la madre de Francisca. Sin embargo, en aquellos tiempos no era preceptivo desposarse con una viuda razón por la cual acabó casándose con la hermana soltera.

Sobrina y protectora

Bienvenida nunca tuvo hijos y de sus familiares directos solamente queda con vida su sobrina Francisca. Ésta nació en el Huerto del Cura (su abuela era hermana del capellán Castaño) quedando huérfana de padre muy pequeña. Tras este suceso, su tía les dio cobijo, hecho que justifica en parte el que ahora no permita que se la lleven a una residencia.

Francisca comenzó a trabajar con tan sólo 6 años en el ribeteado de zapatos. "Siempre he trabajado en talleres y fábricas incluso en la guerra pero entonces fabricábamos balas", apunta. Aquella época la recuerda como la más amarga de su vida: "Quemaron todas las iglesias y se dedicaban a abrir en canal a todos los que no pensaban igual".

En la guerra se pasó mucha hambre, te comías las habas y después hervías las pieles. Aparte de eso sólo comíamos dátiles y lentejas

De hecho, en el transcurso de la guerra fratricida que asoló España de 70 kilos pasó a pesar 40. "En aquella época se pasó mucha hambre, te comías las habas y después hervías las pieles. Aparte de eso sólo comíamos dátiles y lentejas; un pedazo de pan entre la mugre era un manjar", afirma Francisca.

Según atestigua Francisca hasta bien entrados los años 50 no mejoró la situación. "Fíjate que antes sólo habían 3 coches y 2 tartanas en todo Elche; los demás íbamos en bici".

Del progreso, sin lugar a dudas, valora dos inventos por encima del resto: "La nevera que me permite tener todo fresquito y, también, la TV para ver las novelas y las noticias".

A pesar de las penalidades pasadas considera que antes estaban hechos de otra pasta. "Sin ir más lejos, el otro día al ir a misa vi a una mujer pidiendo y le dije que por qué no se ponía a limpiar", ejemplifica Francisca, "y va y me responde que gana más así que limpiando escaleras".

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