Serrat - Sabina
Joan Manuel Serrat y Joaquín Sabina, en una de sus actuaciones. EFE / VÍCTOR LERENA

... Pronto se acercaría el momento de la despedida, aunque sólo en apariencia. Durante la interpretación de Más de cien mentiras, Serrat y Sabina aprovecharon para presentar a los músicos que aún no habían mencionado: Antonio García de Diego -guitarras, teclados y voz-, Ricardo Miralles -piano-, Patxi Urchegui -trompeta-, José Miguel Pérez -saxofón- y Roberto Bazán -trombón-.

Con Fiesta, cantada también a dúo, igual que todos los temas que restaban, el adiós parecía inminente, pero aún quedaba Pastillas para no soñar. Entonces sí, durante la coda Serrat tomó unos platillos y Sabina un bombo para darse un paseo por el escenario. La gente, animada por la fuerza de la canción y el desenfado de su letra, se puso en pie para aplaudir a los protagonistas de la noche mientras ellos saludaban.

La primera tanda de bises no se hizo mucho de rogar. Arrancó con Cantares, el himno que Joan Manuel construyó en los años 60 sobre un poema de Antonio Machado. El tema gustó especialmente al público del Palacio de los Deportes, que coreaba con energía a pesar de que ya habían transcurrido más de dos horas desde el inicio de la actuación.

La primera tanda de bises no se hizo de rogar

Después llegó una de las canciones que no podían faltar, Y nos dieron las diez. Al gran éxito de Sabina incluido en el álbum Física y Química le siguió la versión de despedida de Ocupen su localidad. La frase "... A punto está de terminar la función" anunciaba otra vez el adiós. Las luces del Palacio se encendieron, pero aún quedaban varios de los temas más míticos por sonar y, ante la insistencia del auditorio, los cantautores regresaron al escenario.

Les tocó el turno a dos de las canciones más esperadas de Serrat, Paraules d'amor y Lucía. En la segunda sorprendió Joaquín: su voz deshecha pareció adaptarse al tema y, tanto él como El Nano consiguieron conmover una vez más a los espectadores.

La del pirata cojo se escuchó en una versión acortada para el directo. Con ella el público volvió a disfrutar y, por última vez esa noche, a dar botes. El reloj marcaba ya casi la una.

La despedida definitiva llegó a la una de la noche

Algunas personas habían abandonado ya el Palacio de los Deportes cuando sonaron las primeras notas de Calle Melancolía. De ésta y otra de las canciones más hermosas de Sabina, Que se llama soledad, se interpretaron sólo fragmentos. Y, aunque eso da rabia, habían transcurrido ya tantos minutos (casi 180) desde el inicio, que resultaba más que comprensible.

La despedida definitiva llegó a la una de la noche. Cerca de 15.000 personas abandonaron el recinto con los versos de Para la libertad -un poema de Miguel Hernández musicado por Serrat- en la memoria y la satisfacción de haber disfrutado durante casi tres horas de dos de los más grandes cantautores españoles contemporáneos.

Y, a juzgar por cómo se sabían de memoria las letras de sus canciones, la mayoría del público había acudido al concierto por Sabina. Pero su respuesta a lo largo de la noche y la intensidad de los aplausos al finalizar la actuación vinieron a demostrar que los madrileños, en el fondo, quieren y admiran tanto a un papá como al otro.