Francis Picabia - The Spanish Night, 1922
'La noche española', pintada por Francis Picabia en 1922 Museum Ludwig, Köln Sammlung Ludwig © 2016 ProLitteris, Zurich

Misterioso —"el diablo me sigue día y noche porque teme estar solo", decía—, implacable —"soy un monstruo (...), entre mi cabeza y mi mano siempre está la cara de la muerte"—, soberano —"un espíritu libre se toma libertades incluso con la libertad"— y revoltoso —"sólo son necesarias las cosas inútiles"—. Francis Picabia (1879-1953) es uno de esos artistas que pasaron por el mundo como torbellinos, rompiendo moldes y desacomodando escuelas. Ningún estilo le satisfacía y tomó la lógica decisión de agotarlos todos con ferocidad y premura para dejarlos abandonados.

Tomando como premisa la agitación vital y artística de Picabia —que fue impresionista, estuvo en el núcleo natal del dadaísmo y luego circuló por el postimpresionismo, el surrealismo, el cubismo, el fovismo y la abstracción— y con uno de sus más conocidos aforismos sobre la búsqueda perpetua como lema, "Nuestras cabezas son redondas, de modo que podemos cambiar de dirección", el museo Kuntshaus de Zúrich presenta, del 3 de junio al 25 de septiembre,  una de las mayores retrospectivas dedicadas nunca al artista. La muestra, coorganizada con el MoMA de Nueva York, viajará a esta pinacoteca del 20 de noviembre al 19 de marzo de 2017.

'Artista crucial'

Con más de 200 obras —en el MoMA el número será aún mayor: 250—, la retrospectiva coincide con el centenario del nacimiento del dadaísmo, del que Picabia fue uno de sus pivotes centrales, pero quiere, sobre todo, alejar del incalificable creador la tara de una subvaloración que ha pervivido en el tiempo dada la renovación permanente y la militancia seguida del casi inmediato distanciamiento de tantas escuelas. En el museo suizo, propietario de una de las más importantes colecciones del mundo sobre dadaísmo —fue en Zúrich donde se gestó la vanguardia de la mano del círculo de amigos del libertario Tristan Tzara—, definen a Picabia como un "artista crucial" del siglo XX.

Hijo de un español que hizo fortuna con el azúcar en Cienfuegos (Cuba) Criado en la familia acomodada de un español que había acumulado una fortuna con el azúcar en la provincia cubana de Cienfuegos, Picabia estudió en la Escuela de Artes Decorativas de París desde los 17 años. Vendió con éxito sus primeras pinturas, claramente impresionistas, pero pronto rechazó el estilo por entender que se trataba de un género "decorativo" para amoblar los salones de la burguesía.

'Cubismo órfico' en Nueva York

En 1913 viajó a Nueva York, donde llamó la atención del legendario mecenas y marchante —y futuro pionero de la fotografíaAlfred Stieglitz, que propuso al joven una exposición en el Armory Show, la galería más avanzada de la ciudad. Picabia presentó piezas de gran tamaño que incorporaban elementos cubistas y experimentaban con los colores brillantes y el movimiento de las formas. Llamaron al estilo, menos sombrío que el practicado por Picasso al otro lado del Atlántico, cubismo órfico, porque pretendía añadir al estilo un carácter tangible y alegre.

Soy como un nómada viajando por  ideas, ciudades y países Comenzó entonces el tránsito de Picabia por el mundo —"me siento como un nómada, viajando por las ideas al igual que viajo por ciudades y países", escribió—. Con la I Guerra Mundial asolando Europa y dado su antibelicismo radical, pasó unos meses en Barcelona antes de establecerse en Zúrich, en la neutral Suiza. Allí se integró activamente en el círculo dadaísta —ya conocía a Tzara por vía postal—, participó en la revista 391, donde desarrolló su interés por los objetos impresos, el grafismo y la poesía visual en la imágenes mecanomórficas que se encuentran entre sus series más famosas.

'Regreso al orden'

Separado de los dadaístas por las tensiones internas de un colectivo que contenía el germen nihilista de la autodestrucción, en 1921 "regresó al orden", como decía con humor, con una reversión nostálgica a la figuración naturalista. Entre 1923 y 1926, de nuevo en movimiento entre estilos, creó murales y collages como Femme aux Allumettes, influida por las obras automáticas del surrealismo, pero también se dedicó a la crítica social con la serie provocadora Monster y Transparencias, con reelaboración de elementos clásicos.

Pintó con un esmalte que se usaba para pintar los casos de barcos También experimentó con la técnica, empleado un esmalte que se usaba para la pintura de cascos de barcos, escribió guiones para ballets y se involucró en la película Entreacto (René Clair, 1924), un corto dadaísta en el que también participaron Erik Satie, Man Ray y Marcel Duchamp también estaban involucrados.

Prefiguró el arte pop

A partir de 1925 Picabia abandonó el ajetreo de París y se refugió en la Costa Azul, donde participó activamente en la vida social de la alta burguesía. Las décadas de los años treinta y cuarenta fueron un período de experimentación con la descaradamente erótica y políticamente controvertida serie Pin-Ups, en la que se apropió de elementos de revistas y publicaciones para crear obras que prefiguran el arte pop, como La adoración del becerro, una reflexión amarga sobre la grotesca idolatría social. También desarrolló abstracciones en las que eran patentes las referencias sexuales a falos y vulvas.

En 1951 sufrió un derrame cerebral y murió dos años después, a los 73 El amplio recorrido culmina en los cuadros de puntos y las hondas superficies azules de reducción formal extrema que pintó en los últimos años de su vida, tras someterse a tratamiento psiquiátrico contra la neurastenia y desviarse buscando reposo de la angustia de sus temas. En 1951 sufrió un derrame cerebral que le dejó severos efectos y en 1953 murió, a los 73 años de edad.

Cuestionó como pocos creadores del siglo XX el fundamento de lo moderno Los organizadores de la retrospectiva destacan que la obra de Picabia "sigue estando llena de sorpresas". A lo largo de su vida, añaden, se enfrentó contra los mecanismos que conceden aceptación y valor económico al arte y puso en tela de juicio "las distinciones entre el arte de alto nivel y el kitsch y señaló el conservadurismo de la supuesta radicalidad". Ejerció la autocrítica "con humor mordaz" y "cuestionó como pocos creadores del siglo XX el fundamento de lo moderno".