Lección de madurez en Mozambique
Clara (izq.) y Sandra rodeadas de niños en una aldea del sur de Mozambique. (N.G.)

Clara tiene 17 años y es de Chamartín. Sandra tiene la misma edad y es del barrio del Pilar. Ambas conviven estos días en Mozambique junto al resto del centenar de chavales de Rumbo al Sur, un programa de tres semanas auspiciado por la Comunidad para que los jóvenes experimenten de primera mano las virtudes de la cooperación.

Llegar hasta aquí no ha sido fácil. Las dos tuvieron que superar un duro proceso de selección entre trescientos aspirantes. Aquí no tienen ni tele ni móvil ni consolas. Se levantan a las cinco de la mañana y tienen asignadas tareas que no pueden postergar. No parece importarles. Se les agrandan los ojos al hablar de la experiencia africana.

En Rumbo al Sur hay un componente aventurero, pero la estancia tiene una finalidad principalmente solidaria. Todos los días los chavales visitan algún proyecto de cooperación. Con el que conocieron ayer, financiado por la Comunidad, se reasentó a más de un centenar de familias afectadas por las fuertes inundaciones del año 2000. Se le dio una hectárea de tierra a cada una, una casa y financiación para empezar una nueva vida. Hoy ya son autosuficientes.

A Clara y a Sandra, sin embargo, lo que más les impresiona no son los programas, sino la gente. «Tenemos mucho que aprender de ellos. Te lo dan todo aunque no tengan nada», cuenta Sandra enseñando un collar que le regaló un niño.

El programa les ha permitido palpar el continente africano: «No sabes lo que andan los niños y lo que trabajan las mujeres hasta que te toca andar y trabajar con ellos bajo la solana». Sandra lo resume en una frase: «Me sorprendió que un niño me dijera que quería ser médico, como yo. Me di cuenta de que él no es ni más ni menos, simplemente no lo tiene tan fácil».