«No sé si seré maestra toda mi vida», dice Esther mientras cruza las piernas. Esta profesora de educación especial en Secundaria se siente «desmotivada» por lo difícil que le resulta que los adolescentes se interesen por las cosas. «Yo intento transmitirles pasión por aprender, y lo único que quieren es cumplir los 16 años para poder irse del instituto y hacer un módulo para trabajar en seguida donde sea», dice con decepción.

Son alumnos «que sufren  un pequeño retraso o tienen problemas en casa. Es lo más gratificante según cómo está hoy la educación. Necesitan más ayuda que cualquier otro y cada pequeño progreso es mucho». Aunque piensa que la familia no los anima, también culpa a la sociedad: «Ya no interesa tener una buena colocación o el placer de aprender, sino mantenerte con cualquier empleo».

Este año ha opositado para intentar conseguir una plaza fija en la enseñanza pública. No tiene muchas esperanzas en lograrlo, pero le quita drama a la situación: «Seguiré como interina. Dentro de dos años volveré a intentarlo». Suspira. Cada año se piensa dos veces si seguirá como maestra e incluso tiene en mente «montar una floristería».

Madrid me gusta por... Pasas inadvertido

Y no me gusta por... La indiferencia de la gente

Admiro a... Mi madre, por su fuerza ante la enfermedad de mi abuela

No me gustan... Los hipócritas