Refugiados sirios en Idomeni
Iman, una refugiada que huyó de Siria después de que las bombas destruyeran su casa, cuida de su hija enferma en el campamento de Idomeni, en Grecia. PEDRO ARMESTRE/SAVE THE CHILDREN

Cuando huyes para salvar la vida, cualquier opción es mejor que lo que dejas atrás. Ese es el impulso inicial de los miles y miles de refugiados que intentan escapar del conflicto en Siria y en otros países, burlar a la muerte. Pero la encrucijada no es fácil, especialmente ahora que en Europa se han cerrado muchas fronteras y Bruselas ha dejado en manos turcas el control de los flujos migratorios.

En un momento, además, en el que el precario alto el fuego en Siria amenaza con desvanecerse, ¿qué opciones tienen realmente a día de hoy quienen intentan escapar de la guerra, pese a ser un derecho reconocido en la legislación internacional y europea? "Es el dilema de los refugiados, que ya no tienen practicamente a donde ir", afirma un portavoz de la Agencia de la ONU para los Refugiados (ONU). Los países vecinos, saturados y sin casi ayuda internacional, han ido cerrando sus fronteras, con lo que cada vez es más difícil salir de Siria. Y los que lo consiguen, tienen que elegir entre malvivir en ellos, en unas condiciones miserables y sin ninguna expectativa de futuro, o arriesgar la vida en el mar para intentar el sueño europeo, que les da la espalda.

Porque mientras Europa, un continente de 508 millones de habitantes, ha puesto el grito en el cielo y se ha mostrado incapaz de distribuir entre sus 28 Estados a los más de un millón de solicitantes de asilo que llegaron en 2015, lo cierto es que los países vecinos de Siria acogen a 4, 8 millones de refugiados. Turquía, con 77 millones de habitantes, es el que mayor número tiene, 2,7 millones. Líbano, con una población de 4 millones de personas, es el país con mayor número de refugiados per cápita, 1.048.275. Jordania acoge a 642.868 entre una población de 6,4 millones. Otros 360.000 se reparten entre Irak, también en conflicto, y Egipto.

El "cuello de botella" griego

Por una cuestión puramente geográfica, Grecia es la primera opción de los refugiados para pisar suelo europeo. Pero el cierre de fronteras en cadena, que en marzo clausuró la llamada ruta de los Balcanes, ha provocado un cuello de botella en el país heleno, con más de 55.000 personas atrapadas en campamentos improvisados como el de Idomeni, con más de 12.000. Las condiciones de estas personas son terribles, según denuncian organizaciones como ACNUR y Médicos sin Fronteras (MSF). Primero fueron la lluvia y el barro; ahora es un calor que se está convirtiendo ya en insoportable, y todo sin las instalaciones médicas ni sanitarias necesarias. "Hemos tenido que atender fracturas de huesos causadas por agentes de policía, tratar a niños con heridas en la cabeza por disparos de balas de goma y enjuagar los ojos a bebés rociados con gases lacrimógenos por la polícía fronteriza", explica la presidenta internacional de MSF, Joanne Liu.

Hemos tenido que tratar a nilos con heridas por disparos de balas de goma y enjuagar los ojos a bebés rociados con gases lacrimógenos La policía intenta persuadir cada día a las familias de que se suban a los autobuses con destino a campos gestionados por el Gobierno hasta que se tramiten sus solicitudes, pero "una vez dentro de estos campos, es fácil entender por qué no quieren ir allí", explican desde la organización. En la ciudad de Loannina, por ejemplo, hay 15.000 solicitantes de asilo bajo un sol sofocante por el día y expuestos al frío por las noches. La tiendas de campaña no tienen colchones ni mantas, y solo se les sirve comida y agua dos veces al día.

Pero la peor parte se la llevan las islas griegas, donde tras la firma del polémico acuerdo entre la UE y Turquía, los campos de refugiados se han transformado en centros de detención para todos aquellos que hayan entrado en Grecia después del 20 de marzo, cuando entró en vigor dicho pacto. Estas personas son retenidas a la espera de saber si son devueltos a sus países de origen o a Turquía, considerado un país seguro a raíz del acuerdo, pese a las críticas de la ONU y las organizaciones internacionales.

"En los campos de las islas griegas apenas hay garantías. Las mujeres tienen miedo de ir al baño cuando cae la noche, las madres suplican leche de fórmula para alimentar a sus bebés, y hombres de todas las edades pierden su dignidad luchando por restos de comida o por quién es el siguiente en la fila", afirma Liu. "Las condiciones son de absoluto encarcelamiento y apenas se les provee de información sobre lo que les deparará el futuro", añade Julien Delozanne, coordinador de MSF en Samos. Mientras, en Lesbos, a los que llevan más de 25 días detenidos les permiten moverse por la isla, pero sin ningún tipo de asistencia.

Líbano: condenados a la miseria

Y eso en Grecia, a la que la mayoría, ante la falta de alternativas y rutas seguras, ha llegado poniendo sus vidas en manos de mafias y traficantes de personas. El resultado es que casi 4.000 personas fallecieron ahogadas en el Mediterráneo el año pasado mientras trataban de llegar a Europa, y este año ya han muerto más de 1.300, según ACNUR. Pero la alternativa a Europa se les antoja mucho peor. Tras más de cinco años de conflicto, los refugiados sirios, que han dejado atrás sus casas y pertenencias, ya han agotado practicamente sus ahorros y recursos, por lo que la vida en el exilio les resulta cada vez más dura.

Agotados sus ahorros y sin recursos, la mayoría de las familias viven con menos de cuatro dólares al día Líbano, por ejemplo, acoge más de un millón de refugiados pese a tener solo 4 millones de habitantes. El 70% de estos acogidos está viviendo por debajo del umbral de pobreza nacional, situado en 3,84 dólares diario. No hay campos oficiales y pueden vivir donde quieran, pero la falta de recursos, unido a que desde el año pasado tienen que renunciar a la búsqueda de trabajo para poder renovar el permiso de residencia, está provocando que muchos abandonen unas viviendas cuyo alquiler ya no pueden pagar, pasando a vivir en asentamientos informales, refugios colectivos, garajes, edificios sin terminar y colegios abandonados, sin las mínimas condiciones de abrigo, alimentación y agua.

El 75% de las familias compran comida a crédito, según ACNUR, que denuncia su endeudamiento progresivo para cubrir necesidades básicas como el alquiler, la alimentación y la atención médica, una situacion que, ante las dificultades para hacer frente a los pagos, genera desconfianza y deteriora las relaciones con la comunidad local. El 39% no recibe asistencia sanitaria por el alto coste de los tratamientos y cada vez son más los que se ven obligados a sacar a sus hijos de la escuela para enviarlos a trabajar en condiciones de explotación en el mercado de trabajo informal. Los más empobrecidos recurren a la mendicidad.

Cada vez son más los que se ven obligados a sacar a sus hijos de la escuela para enviarlos a trabajarLa situación en Jordania no es mucho mejor. De los 643.000 refugiados acogidos, el 86% vive con menos de 3,2 dólares al día. La mayoría viven fuera de los campos y comparten espacios, recursos y servicios con sus anfitriones jordanos, lo que ha empujado hasta el límite de su capacidad a todos los servicios públicos, incluyendo la salud o la recogida de residuos. No obstante, Jordania ha tomado nuevas medidas para mejorar las oportunidades laborales de los refugiados sirios en el país, lo que supone un gran avance en su camino a la autosuficiencia.

Turquía: muertos a tiros en la frontera

En cuanto a Turquía, en quien la UE ha delegado para contener a los refugiados a cambio de dinero y de facilitar la eliminación de visados para sus ciudadanos, dista mucho de ser un país seguro para los solicitantes de asilo, según muchas organizaciones internacionales. Para empezar, Human Rights Watch (HRW) y el Observatorio Sirio de los Derechos Humanos han denunciado que en los últimos cuatro meses al menos 16 personas, entre ellas tres niños, murieron por disparos de las fuerzas fronterizas turcas cuando intentaban cruzar al país otomano.

¿A qué esperamos para dar una respuesta coherente y a la altura de los valores fundacionales de la UE? De los 2, 7 millones de refugiados registrados en Turquía, solo 272.000 residen en campos oficiales, lo que significa que el resto tienen que salir adelante sin ningún tipo de ayuda ni apoyo social, sin recursos y sin conocimiento del idioma. Hasta hace poco no tenían acceso al trabajo, pero desde enero el Gobierno ha regulado para que los que lleven al menos seis meses puedan solicitar permisos para hacerlo legalmente, con lo que se les brinda la oportunidad de salir del agujero del trabajo ilegal con salarios miserables en el que muchos están sumergidos para poder sobrevivir. Fuera de los campos, además, la sanidad y la educación son algo inalcanzable para ellos.

"La vulnerabilidad en los países de primera acogida se ha disparado", explica Maria Jesús Vega, portavoz de ACNUR España. Y en parte se debe a la actual falta de financiación de la ayuda humanitaria, que es la que sustenta a muchos refugiados. En 2015, por ejemplo, los llamamientos de las agencias de la ONU para ofrecer ayuda tanto en Siria como en la región apenas recibieron el 62% de los fondos necesarios. Esta vulnerabilidad, unida a la pérdida de esperanza en vislumbrar un futuro mejor, es lo que empuja a muchos a abandonar los primeros países de asilo en busca de una oportunidad en Europa, aunque muchas veces el precio sea la muerte.

Una crisis de valores

"Estamos ante una crisis de valores y de solidaridad", señala Vega, para quien la situación es "perfectamente gestionable" por Europa si hubiera la voluntad política necesaria. "Distribuir un millón de personas entre la población de 28 Estados es manejable", insiste. Pero en lugar de ello, la respuesta europea y de la comunidad internacional es "débil y desigual". A su juicio, supone "un fracaso estrepitoso" que ataca a "los pilares fundamentales sobre los que se creó la propia UE y los Tratados internacionales de derechos humanos".

"Se está cuestionando el sistema de asilo", basado en la legislación que la propia Europa creó para ayudarse a sí misma con la crisis de refugiados que créo la II Guerra Mundial. "¿Qué mensaje estamos lanzado al mundo?", se pregunta Vega. "Tenemos las herramientas, los convenios y las resoluciones... ¿A qué esperamos para dar una respuesta coherente y a la altura de los valores fundacionales de la UE? Si no lo hacemos por ello hagámoslo por nosotros, porque esto nos va a rebotar como un boomerang".