Castilla
Castilla, la patria del Quijote. RIKI RUBIO

Quizá el menos perjudicado por la fortuna de los personajes de Cervantes sea el infinito y hueco paisaje de Castilla, un continente que, como escribió Cees Nooteboom, «está unido a Europa y no es Europa». Pero el vacío es apariencia: el censo castellano es de pobladores, humanos, animales, espectrales y, sobre todo, de tierra polvorienta.

El trazo de don Quijote y Sancho es tan manchego como el queso conservado en aceite o el dulce de membrillo Pese a entrar en Aragón y Cataluña, el trazo de don Quijote y Sancho es tan manchego como el queso conservado en aceite o el dulce de membrillo. Para Flaubert, el Quijote es una «novela de polvo», elemento que Salinas adivina hermanado a las «vagas masas flotantes» de la niebla –merece el plural nieblas: las marítimas son tan densas como las mentales, sobre todo en una tierra irracional «dispuesta a ponerse la soga al cuello por disparates» (Nooteboom)–.

En El coloquio de los perros, Cervantes reduce toda aspiración humana en ese baldío de ensueño a echar la siesta «a la sombra de alguna mata» para poder seguir soñando, acaso con el mismo polvo y la misma niebla. Estamos ante lugares y hombres que, añade Salinas citando a Quevedo, «polvo serán, mas polvo enamorado».

Además de traficantes, pastores y maldicentes, todos nublados de penas, Cervantes puebla el mapa con una infrahumanidad de apropiada chirigota: Caraculiambro de Malindrania, la hechicera Mentironiana, la princesa Antonomasia, Micomicón y Micomicona, el emperador Alifanfarón de Trapobana, Pentapolín del Arremangado Brazo, Bandabarbarán de Boliche, Alfeñiquén y su hija Miaulina, el caballero Paralipomenón de las Tres Estrellas, la giganta Andandona y el gigante Brocabruno, el académico ficticio y redactor de epitafios Cachidiablo...