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Ocho de cada diez edificios españoles tienen una certificación energética de E o menos, según el último informe del Instituto para la Diversificación y Ahorro de Energía (IDAE). En una escala que comprende como grado máximo A –en este caso no existen los A+ o A++ de los electrodomésticos– y como grado mínimo, G, es complicado extraer conclusiones tomando como referencia únicamente las letras.

Sin embargo, si los edificios tuvieran que examinarse de la materia de eficiencia energética, la nota más alta de la clase (el 84%) sería un 4,3 sobre 10. «Hay que tener en cuenta que el 58% de los edificios españoles son anteriores al año 1980», explica Aitor Domínguez, responsable de certificación del IDAE. Esta fecha es importante porque la primera normativa de construcción que tiene en cuenta criterios de eficiencia energética en España data de 1979.

«El parque de edificios que tenemos hoy en España es bastante viejo. Hay más de 25 millones de viviendas, y de estas 6 tienen más de 50 años». Los factores que intervienen para valorar la eficiencia energética de un edificio son numerosos, pero todos se pueden englobar en dos categorías: el consumo energético del edificio y las emisiones de CO2 derivadas de generar la energía que el edificio necesita.

Un 84% de los edificios españoles tiene una certificación de E o menos El grosor y aislamiento de las paredes, el cerramiento de las ventanas y sus materiales, la resistencia a las temperaturas de los tejados o la existencia, o no, de toldos son factores que determinan la eficiencia energética. Pero también los aparatos de aire acondicionado del edificio o las bombas de calor.

Las dos letras que aparecen en la certificación son la suma de todo cuanto necesita el edificio para calentarse o enfriarse a una temperatura confortable para sus habitantes y cómo de eficaz es para mantener esa temperatura. En esta evaluación, todo se tiene en cuenta, salvo a las personas. «Para valorar la vivienda hay que sacar a la persona de dentro. Todo se realiza con tablas y estimaciones », explica el responsable de certificación del IDAE. «Puedo tener un frigorífico A+++ que uso a menudo y otro muy malo pero que uso menos, ¿cuál de los dos consume menos? Pues el que es más eficiente. La certificación energética de edificios no tiene en cuenta a las personas porque sus hábitos de uso pueden modificar los valores de medición».

Habitos de uso que ayudan a ahorrar

Un estudio que sí tiene en cuenta cómo se utilizan los electrodomésticos es el Índice de eficiencia energética del hogar, un informe que Gas Natural Fenosa publica anualmente desde 2004. En su novena edición, el informe calcula, entre otras variables, cuánto podrían ahorrar los españoles si cambiaran algunos hábitos de uso y mejoraran sus electrodomésticos: 5.500 millones de euros al año.

El estudio señala que una parte importante de mejora se podría conseguir sin que los habitantes gastaran un euro, tan solo asumiendo prácticas de ahorro como programar la calefacción y el aire acondicionado o apagar los aparatos eléctricos que no se estén utilizando –la función stand by puede suponer el 11% del consumo eléctrico del hogar–.

El informe también divide el ahorro potencial por tipos de uso. Los equipamientos eléctricos son los más influyentes: neveras, lavadoras, hornos o microondas podrían ahorrar unos 3.500 millones de euros en total. La iluminación, tanto interna como externa, también ofrece un margen de mejora potencial importante: unos 374 millones de euros al año.

La calefacción y el aire acondicionado supondrían un ahorro de 920 millones de euros en el caso de los calefactores, y unos 480 millones por el aire acondicionado. El último uso que podría recortarse es el agua caliente, que podría ahorrar unos 215 millones de euros al año.