Gabriel Rufián
El portavoz de ERC, Gabriel Rufián, en el Congreso de los Diputados. EFE

Cuando Inma Sanchís lo entrevistó por primera vez en La Vanguardia advirtió que "no tiene cintura", "es suspicaz", "solo ríe cuando habla de su hijo" y "no sirve para diplomático", pero no dijo nada sobre su técnica oratoria, que está causando sensación. A diferencia de los parlamentarios al uso, habla en tono menor, en una singular mezcla de lirismo y dramatismo, realzada por permanente expresión de pena y con una manera muy personal de acentuar, aunque no tan personal como su manejo de los silencios y su sentido del tiempo, completamente ajeno las prisas. "Mientras él termina una frase, terminas tú una tortilla", dijo alguien en tuiter durante su estreno en el debate de Investidura. Consciente de que con su estilo tenía pocas posibilidades de rematar el discurso, dijo lo más importante al principio:

-Yo soy nieto e hijo de andaluces llegados hace 55 años desde Jaén y Granada a Cataluña. Soy lo que ustedes llaman un charnego y soy independentista. He aquí su derrota y he aquí nuestra victoria.

No siempre es así. Aunque con frecuencia funde la retórica con la poética, en algunas intervenciones públicas y entrevistas parece menos afectado, más natural y, en fin, más convincente, sobre todo cuando habla de la dignidad y la decencia o expresa su certeza de que el mundo irá mucho mejor con una Cataluña independiente. Otra cosa es cuando habla de Historia y, en el fragor del combate, compara a la cadenas de televisión actuales con los tanques que entraron en Barcelona en 1939, o cuando sostiene que "la Constitución española es una anomalía dentro de la historia europea, porque es la única constitución europea firmada por fascistas"; olvida que entre los firmantes estaba Jordi Solé Tura, fundador de Bandera Roja, el partido con el que simpatizaban sus padres, que se conocieron en un mitin en Santa Coloma. Él nació en esa ciudad, en un bloque enfermo de aluminosis, y fue al instituto en Badalona, donde también se crió el cantaor Miguel Poveda, con quien tiene razonable parecido: barba cerrada, cara rellenita, ojos grandes, mirada tristona, pelo negro abundante —hacia atrás, hacia arriba— y tendencia a vestir de oscuro.

En 2013, con 31 años cumplidos, se apuntó al independentismo con una organización llamada Súmate, especializada en castellanoparlantes; en 2015 entró en el secretariado de la Asamblea Nacional Catalana y encabezó la lista de Esquerra Republicana. Atrás quedaba una vida laboral precaria, según confesión propia, que empezó descargando camiones, continuó como dependiente en grandes almacenes y culminó, como mileurista, en una empresa del metal. Recién llegado al estrellato político, dijo a Inma Sanchís: "Estoy cobrando el paro, tuve que dejar mi trabajo para dedicarme a esto". Aunque suena rarísimo que uno se apunte al paro por propia voluntad, los 613,05 euros mensuales del desempleo figuran en su Declaración de Bienes del Congreso, junto con 560 euros, en dos cuentas corrientes, y una deuda hipotecaria de 168.965,68 euros. Con ese préstamo, obtenido en 2012, está pagando la vivienda de Sabadell donde vive con su mujer, de la que se enamoró en el metro, y con su hijo Biel, de seis años, al que adora.

Las redes sociales esperan con ilusión su próxima intervención en el Congreso, pero él espera dar pocos discursos en esta cámara, según explicó al recoger la credencial: "Espero estar el menor tiempo posible en el parlamento de un país vecino".

Gabriel Rufián Romero

  • Santa Coloma de Gramanet, 1982.
  • Diplomado en Relaciones Laborales y Máster en dirección de Recursos Humanos (UPF).
  • Cabeza de lista de Esquerra Republicana de Catalunya por la circunscripción de Barcelona y portavoz adjunto en el Congreso.