Se supone que iba a ser la legislatura del cambio, pero se ha quedado en el intento. Al menos en lo que a Gobierno se refiere. La XI legislatura de la democracia, la más plural, fragmentada e incierta, termina como empezó, con mucha bronca, muchas incógnitas y una sola certidumbre: la inminencia de unas nuevas elecciones ante la incapacidad de los partidos para llegar a un acuerdo y alumbrar un Ejecutivo con el que echar a andar.

Pero no todo ha sido fracaso. En total han sido cuatro meses en los que la política española ha vibrado como nunca en los últimos años, con nuevos actores y formas que han revolucionado los usos y costumbres de la vida institucional y que han puesto de manifiesto lagunas normativas y enriquecido el debate político. Cuatro meses en los que, en definitiva, muchas cosas han pasado por primera vez.

Para empezar, nunca antes en periodo democrático hubo más de dos partidos repartiéndose el 70-80% de los votos. No es solo que el 20-D arrojase un Parlamento sumamente plural y fragmentado, es que fue la primera vez en más de 30 años que había cuatro grandes fuerzas nacionales repartiendose casi todo el pastel, aunque la segunda fuerza, el PSOE, sacó con sus 90 diputados el peor resultado de su historia, peor incluso que el de 2011 (110), su anterior récord negativo. Y de esos cuatro partidos, además, dos, Podemos y Ciudadanos, eran nuevos y no tenían representación parlamentaria previa, algo sin precedentes.

¿Fin del bipartidismo?

Tampoco nunca antes el partido ganador, en este caso el PP, lo había hecho con tan poco porcentaje de voto (28,72%). Los dos mayoritarios siempre habían obtenido el 80% o más de los escaños del Congreso, y el 20-D solo lograron el 60%. Muchos analistas hablaron entonces del fin del bipartidismo, y la sombra de la ingobernabilidad flotó en el ambiente desde ese mismo día, puesto que ningún bloque ideológico sumaba. Fuera quedaron, por primera vez en democracia, Unió Democràtica de Catalunya, que concurrió en solitario tras su ruptura con Convergencia, y también el BNG se quedó sin presencia en la Cámara tras más de 20 años en ella.

Por primera vez en más de 30 años había cuatro grandes fuerzas nacionales en el Congreso repartiendose casi todo el pastel Las Cortes se constituyeron el 13 de enero y, por primera vez, el presidente del Congreso no pertenecía a la lista más votada, el PP. El cargo, la tercera autoridad del Estado, recayó en el socialista Patxi López, gracias a un acuerdo entre PSOE y C's. Pero ese día aquella no fue, ni mucho menos, la única novedad. La sesión estuvo marcada por las caras nuevas en el hemiciclo, hasta 218 de los 350 diputados, y muchos de ellos trajeron aires de cambio. Menos trajes, menos corbatas, unas rastas y hasta un bebé en las bancadas, el de la diputada de Podemos Carolina Bescansa, que por aquel entonces aún lactaba. También, por primera vez, las lenguas cooficiales del Estado se colaron en la Cámara, algo que no contempla el reglamento, y lo hicieron de la mano de los miembros de las confluencias territoriales de Podemos, que recurrieron a ellas para jurar su cargo.

Echaba así a andar la legislatura, la primera de la democracia que lo hacía con los presupuestos elaborados y aprobados por el Gobierno anterior. Un decisión adoptada por el Ejecutivo de Mariano Rajoy pocos meses antes de las elecciones y que fue muy criticada por la oposición, que la consideraba una medida profundamente engañosa y electoralista.

Candidato a la fuga

Cinco días después, el 18 de enero, Felipe VI iniciaba la ronda de consultas con los partidos previas a designar un candidato para la investidura, una labor que en lo que llevamos de democracia siempre había llevado a cabo otro mocarca, Juan Carlos I. Y también por primera vez, el candidato nombrado por el rey, en aquel caso el presidente del PP, Mariano Rajoy, declinó aceptar el encargo. Lo hizo bajo el argumento de que no tenía el apoyo parlamentario suficiente para ser investido, por lo que Felipe VI se lo pidió al líder socialista, Pedro Sánchez, que sí aceptó.

Nunca antes hubo un presidente del Congreso que no perteneciera a la lista más votadaEn los días previos, con la sombra de la ingobernabilidad acechando, hubo bastante jaleo debido a la situación si precedentes y la falta de desarrollo del texto constitucional, que dejó entrever algunas lagunas como, por ejemplo, que no haya un plazo fijado sobre cúanto se puede demorar la celebración del debate de investidura. Mucho se habló y escribió entonces sobre el papel del rey, hasta el punto de sembrarse la polémica por supuestas presiones encubiertas al monarca para que convocara elecciones sin proponer candidato, con el consiguiente malestar de la Casa Real, según publicó entonces El Mundo.

Debate de investidura inédito

Pero esas presiones, si las hubo, no consigueron nada, y Sánchez se sometió a la investidura. Era la primera vez que lo hacía un candidato no era el del partido más votado, sino del segundo. Nuevo fue también el hecho de que lo hiciera sin un pacto previo que le garantizase ser investido presidente del Gobierno. Y desde luego, tampoco el resultado tuvo precedentes: el candidato no logró los votos suficientes, ni a la primera, que exigía mayoría absoluta, ni a la segunda, en la que bastaba la mayoría simple. Por primera vez.

Por primera vez el candidato que intenta la investidura no era el del partido que ganó las elecciones Inédita fue también la bronca a cuenta de los sillones del hemiciclo, a cuenta de un primer reparto de los asientos que suponía mandar al gallinero a buena parte de los diputados de Podemos, tercera fuerza tanto en votos como en escaños. Una polémica que acabó en final feliz para los morados gracias al acuerdo entre los partidos.

Y pese a la ausencia de Gobierno, la legislatura avanzaba con una actividad parlamentaria frenética. También constituía una important novedad, ya que nunca antes ha habido actividad legislativa antes de que hubiese Ejecutivo, antes incluso del debate de investidura. Decenas de iniciativas y proposiciones todas destinadas a morir antes de ver la luz, junto a la legislatura.

Conflicto de competencias

La principal consecuencia de un Congreso a pleno rendimiento conviviendo con un Gobierno en funciones ha sido el primer conflicto de competencias entre ambos poderes del Estado, el Legislativo y el Ejecutivo, un asunto aún no resuelto que ha acabado en el Tribunal Constitucional (TC), a petición del Congreso. El conflicto deriva de la negativa del Gobierno en funciones a someterse al control del Parlamento, que la oposición al completo exige, y que el Ejecutivo considera que no procede al tratarse de una Cámara distinta a la que le otorgó su confianza.

El Constitucional tendrá que resolver, por primera vez, un conflicto de atribuciones entre el poder legislativo y el ejecutivo El TC nunca se ha visto en la tesitura de tener que resolver un conficto de estas carácterísticas. Y aunque el recurso aún no se ha elevado, pues está en tramitación, se espera que una vez llegue al tribunal, este resuelva en uno o dos años. No servirá, pues, para resolver el asunto en esta legislatura que muere, pero sí servirá para sentar jurispredencia para ocasiones futuras.

Por último esta legislatura, la más breve de la democracia española, es la primera en la que no se consigue formar Gobierno y se tienen que convocar nuevas elecciones, que se celebrarán el próximo 26 de junio.

En definitiva, iba a ser la legislatura del cambio, esa palabra que no han dejado de repetir los protagonistas de esta historia. Y pese a todo, puede que, en parte, así haya sido. Habrá que esperar para ver si este ha venido para quedarse. De momento, algo no ha cambiado, y es que nunca antes en España ha habido una gran coalición entre derecha e izquierda, ni ha gobernado un partido que no sea el que consiguió más votos. Pero ya se sabe que para todo hay una primera vez.