Predestinado quizá, o así lo cuenta él cuando se le pregunta, a ser un chico de barrio trabajador de una fábrica y a la espera de la jubilación, Víctor del Árbol cambió los determinismos que dan los orígenes.

Desde la primera ocasión que se le presentó, entrar en el seminario aunque lo dejó porque se enamoró, hasta ser policía más de 20 años. Y el sueño, la promesa, que esta vez no fue vencida por la resignación: ser escritor.

Con La tristeza del samurái (2011) dejó la policía para dedicarse a la escritura. Con Un millón de gotas (Destino, 2014) se coló en las listas de los más vendidos, dentro y fuera de nuestras fronteras, y con La víspera de casi todo (Destino, 2016) se ha llevado el Nadal.

¿Cómo leería usted su obra si estuviera en el seminario y fueran las letras de otro?
Habría leído la historia de alguien descreído, que cree que somos pasado y estamos marcados por las heridas de nuestra infancia, por los traumas, y que tenemos predestinación hacia y la lucha y el sufrimiento como forma de entender la vida.

Estaba destinado a ser un chico de barrio que trabajaría en una fábrica esperando la jubilación¿Creía usted en eso cuando estaba en el seminario?
Aprendí que la vida es una dicotomía entre la predestinación y el libre albedrío. Al final eres tú quien toma las decisiones.

Usted es el ejemplo...
Yo soy el ejemplo de que las puertas que se abren hay que cruzarlas.

O abrirlas...
Las oportunidades están, pero hay que atreverse a cogerlas. Lo fácil es quedarte en la zona de confort y que vayas hacia el camino que escriben otros para ti, pero hay desvíos y tienes la opción de desviarte. Yo he vivido todas las vidas que se me han presentado.

¿Cuál cree que estaba escrita?
Estaba destinado a ser un chico de barrio que trabajaría en una fábrica esperando la jubilación, casado con hijos... Muy normal, pero a mí nunca me ha gustado ser testigo. Cada vez que he visto una puerta me he salido y he ido hacia ahí. El alma de un artista es la curiosidad y el inconformismo.

¿Y con la búsqueda de libertad?
Yo creo en la libertad. La libertad de decir: sí, la vida es complicada, y puede ser un pasar o un caminar, y yo prefiero caminar.

¿Qué puerta se abrió para decidir ir al seminario?
La persona que más me ha ayudado aparte de mi madre es un sacerdote obrero. Yo vivía en una barriada obrera, él se te acercaba desde la vida, no desde la religión. Era un modelo para mí y pensé: yo también quiero ayudar, ¿dónde hay que ir, al seminario? Pues vamos, yo me hago sacerdote. Pero cuando entras te das cuenta de: con la iglesia hemos topado, el dogma, y cosas con las que yo no encajaba. Tuve hasta una crisis de fe, de yo esto no me lo creo y entró el amor, me enamoré, me marché y me casé.

¿Hasta dónde está aquel seminarista en el escritor que es hoy?
Es una parte fundamental. Te da una formación humanista buenísima y te enseña a ser crítico, introspectivo, te enseña a pensar y reflexionar.

Yo también quiero ayudar, ¿dónde hay que ir, al seminario?, pues vamos, me hago sacerdoteLa reflexión sobre el suicidio a la que nos lleva desde el principio de la novela es poco religiosa...
El suicido en el protagonista no es para escapar, es para salvar a su hijo, que tiene una enfermedad rara. Puedes aguantar el dolor propio pero no el de quien quieres.

¿Por qué este tema, el del suicidio?
La idea de la muerte va unida a la vida siempre. Cuanto más intensa es tu vida más alto es el desgaste. Cuanto más valoras la vida más la muerte. La muerte entendida desde el suicidio también tiene que ver con quienes quieren decidir y ser dueño de tu vida. Si quieres ser dueño de tu vida también de tu muerte. Elegir cuándo vivo y cuándo muero. Esto es propio de la gente que ha vivido muy intensamente. El suicidio es una opción de libertad también.

Da la sensación de que usted a nivel personal lo tiene claro...
No hago apología del suicido, me gusta vivir, pero también tengo claro que quiero tener las riendas de mi muerte. Quiero ser protagonista de mi vida y mi muerte.

Desde que quiso ser escritor hasta hoy ¿pensó muchas veces que no era posible?
Cada día. Desde que tengo uso de razón siempre he querido ser escritor y la única persona que no se ha reído de mí es mi madre. Me dijo: pelea por eso. Y yo no sé desligar la vida de la escritura. Pero cuando decides que vas a vivir tu vida tienes que entrar en un sistema que te va a llevar a eso y que te desanima, porque yo conozco más el fracaso que la victoria, yo y todos. Nos construimos a base de derrotas. La clave es resistir. Claro que ha costado y sigo pensando que no lo conseguiré...

¿Lo sigue pensando?
Sí, por muchas traducciones que tenga, y los cientos de miles de libros vendidos fuera. Después de ganar el Nadal me fui a la sección de clásicos y dije; ahí quiero estar. Esto es lo que quiero y a veces pienso que no lo conseguiré. Ahora todos me dicen que he logrado lo que soñaba y no es verdad, el éxito no depende de los demás, depende de ti. Tú sabes en tu interior si has llegado donde querías, y yo sé que no, que no he llegado donde quería.

Eso pasa a la mayoría de quienes crean...
Tú peleas con tu propia incapacidad. No compito con nadie más que conmigo. El único límite que me pongo es no caer en la pornografía emocional, sentimental o violenta, no caer en los clichés de lo fácil.

Quiero tener las riendas de mi muerte El otro personaje de la novela se aferra a la vida de manera desesperada, ¿cuánto lo ha visto en la cárcel, gente que quiere suicidarse y gente que se aferra a lo que sea?
Haber trabajado de poli tantos años te da la ventaja de conocer las fronteras de la normalidad. La gente por la calle camina con normalidad, cree que no hay peligro. La ventaja de haber trabajado de policía es que tienes unas gafas nocturnas y ves lo fácil que es que todo se rompa por una discusión, un accidente, lo fácil que es que todo se rompa. Te acercas a las personas cuando están en el límite y eso te obliga a ti mismo a ponerte en tu propio límite. Yo conozco cosas de mí que no conocería si no hubiera sido poli.

¿Ha rozado muchos límites?
Sí, rozas límites éticos y morales, te cuestionas qué es la cobardía, la valentía, la ira. Cómo hay dolores que puedes absorber con naturalidad, pero hay cosas que no puedes como la violencia infantil. No soy capaz de procesarlo.

¿Se tuvo que sujetar para no traspasar los límites?
En lo emocional, para no venirme abajo y pensar que el mundo es una mierda y está podrido, porque la vida no es así aunque haya hongos. A la vez eso hace que pienses en tu propia vida. Se te dibuja un panorama que no crees en casi nada.

¿Llegó a tanto?
Sí, salvo en familia y escritura. Tienes que hacer un ejercicio de volver a conectarte con los otros.

¿Le salvó escribir?
Para mí la literatura me conectaba con la parte que más me gusta de mí mismo. Y me ayudaba a no pensar en esa otra parte de mí que se iba quedando por el camino.

Antes dijo que su madre ha sido la única que no se ha reído de su vocación, ¿no le tomaban en serio en la policía?
Para la gente era un hobby, no entendían que para mí no es un hobby sino una pasión. En este mundo aprendemos lo que es la resignación. Confórmate, no pudo ser. Incluso al empezar a publicar la gente no se lo tomaba en serio hasta el día que me dije que me iba.

¿Qué dicen ahora los que no tomaban en serio?
Me hace muy feliz cuando vienen compañeros y me dicen que para ellos soy un ejemplo. Admiro a la gente que lucha por sus sueños. No digas que no puedes, di que no quieres, que eso no te empuja suficiente para dejarlo todo. Ellos han entendido que no podía hacer otra cosa que seguir mi pasión. Yo siempre he tenido claro que sería escritor.

La única persona que no se ha reído de mí es mi madre¿Por qué tanta presencia el pasado?
Porque somos historia, pasado. Nos pasaron unas cosas que nos condicionan. El pasado es un relato.

Un relato que rehacemos...
Como nos conviene. Hacemos elipsis que nos vienen bien. Está lleno de mentiras, idealizamos la infancia o lo contrario. Somos lo que somos porque venimos de dónde venimos, pero ¿qué queremos ser?, para eso hay que soltar lastre. Si no serás siempre el niño que fuiste, el adolescente, tendrás siempre las mismas heridas, las culpas...

Como este país...
Este país no puede cerrar heridas porque no reconoce que las tiene.