Giorgione, Portrait of a Young Man ('Giustiniani Portrait')
Uno de la media docena de obras que se atribuyen con cierta seguridad a Giorgione Gemaldegalerie, Staatliche Museen zu Berlin, Preubischer Kulturbesitz - Photo: © Jorg P. Anders

Enigmas, dudas y opacidad nublan la biografía de uno de los grandes pintores de la historia, aquel a quien llamamos Giorgione, aunque nació en una pequeña villa a poca distancia de Venecia como Giorgio Barbarelli da Castelfranco. Ni siquiera las fechas de venida al mundo y temprana muerte, a los 34 años, están claras. Se aceptan como posibles las de 1477 y 1510, pero nadie puede confirmarlas. Tampoco se sabe con certeza cuántas obras pintó, pero sí que fue admirado y querido por sus colegas coetáneos y vecinos.

Fue de tal intensidad la influencia de este artista misterioso que Tiziano terminó algunos de los cuadros que Giorgione dejó inacabados, decenas de pintores copiaron el estilo durante décadas y otros, sobre todo Pietro della Vecchia en el siglo XVII, falsificaron al menos 50 piezas firmándolas como del veneciano. Así las cosas, sólo es posible atribuir a uno de los grandes artistas de la historia seis obras, entre ellas La tempestad, pintado en torno a 1508 y aceptado como el primer paisaje no religioso del arte occidental.

Opinable o incierto

Las únicas notas biográficas sobre Giorgione proceden del viejo tratado Le Vite de' più eccellenti architetti, pittori et scultori italiani, publicado en 1550 por Giorgio Vasari [primera edición original en el Internet Archive], historiador italiano apasionado pero poco amigo de la exactitud. Lo demás es opinable o incierto: estamos frente a uno de los grandes misterios del arte occidental y, al mismo tiempo, frente a uno de sus grandes prodigios.

Paradójicamente, sabemos cómo era el aspecto del artista, porque aparece en un Autorretrato como David que se le atribuye, aunque, y las perplejidades continúan, no está del todo confirmado que haya partido de sus pinceles. Algunos historiadores han llegado a sostener con argumentos que creían sólidos que Giorgione nunca existió.

Los tres grandes venecianos

La exposición In the Age of Giorgione (En la época de Giorgione), en la Royal Academy of Arts de Londres entre el 12 de marzo y el 5 de junio, plantea todas las dudas, intenta resolverlas —sin conseguirlo, claro: sería una tarea imposible para una muestra de arte— y coloca en el mismo espacio obras de los tres mejores pintores venecianos del siglo XVI: Bellini, Tiziano y Giorgione, los elegantes artistas que hicieron frente y derrotaron mediante el perfeccionamiento del claroscuro y el esfumado a la escuela florentina basada en la precisión de las líneas.

Sólo hay dos cuadros con señales posteriores de época indicando que los pintó Giorgione  Del medio centenar de cuadros que reúne la exposición la gran estrella es, sin duda, el Retrato de un hombre, una de las dos pintura conocidas que tienen una identificación de la época en la parte posterior señalando a Giorgione como autor de la pieza. Propiedad del San Diego Museum of Art (EE UU) es conocido como el Retrato Terris, por su antiguo propietario el comerciante de carbón Alexander Terris. El retrato personifica lo que se llamó en su tiempo la "forma moderna" y guarda muchos parecidos en el uso del esfumado con Leonardo.

El 'Retrato de un hombre joven' llega de Budapest

Del Museo de Bellas Artes de Budapest llega Retrato de un hombre joven, también pintado con toda seguridad por Giorgione. Otras pinturas destacadas son El atardecer, propiedad de la pinacoteca organizadora, una obra que no había sido nunca señalada como del veneciano hasta principios del siglo XX y que todavía hoy no es atribuida con certeza.

Trabajó para mecenas sofisticados que agradecían la poética y sensual sensibilidad del artista Muerto durante una epidemia de peste, al parecer, según Vasari, al ser contagiado por su amante, siendo ambos desconocedores de que ella incubaba la enfermedad, Giorgione fue uno de los primeros pintores en desprenderse del lastre de los temas devocionales o alegóricos, sobre todo porque trabajó para unos mecenas cultos y sofisticados que agradecían la poética y sensual sensibilidad del artista.