Miriam Moraleda, víctima de violencia machista
Miriam, en el último piso en el que intenta ocultarse de su agresor, su expareja, que ya está libre tras cumplir ocho años de prisión. JORGE PARÍS

Y van diez mudanzas en ocho años. A cuestas con una sola maleta de ropa, con Nheyla de una mano y con Aaron, de la otra. Tirando para adelante por el camino de una vida en la espantada constante. Este último salto, si cabe, con más miedo que nunca. Porque él ha salido de la cárcel tras cumplir ocho años de condena por clavarle un cuchillo en el vientre que casi la mata delante de los dos guardias civiles que le llevaron a recoger sus cosas a casa cuando ella le denunció por amenazas de muerte. 

Y ahora que él anda libre, Miriam empieza otra condena.

No digas dónde estoy, por favor. Si me encuentra me mata No le ha dado tiempo ni a poner bombillas en el modesto minipiso de un barrio cualquiera, de una ciudad cualquiera, en el que se acaba de instalar hace escasos 12 días. Un piso de alquiler social que paga a medias con una fundación privada, Toda Ayuda, dedicada a buscar soluciones de vivienda a personas en situación de extrema vulnerabilidad. "No digas dónde estoy, por favor, que si me encuentra, me mata". Esta mujer de 44 años, morena, bajita, segura y fuerte, no lo dice gratuitamente. Hace tres años se enteró de que él estaba de permiso porque fue a buscarla a casa de su madre. "Cuando llamé a pedir explicaciones a la Guardia Civil ya me avisaron: escóndete que te mata".

En el Día Internacional de la lucha contra la violencia machista, 25 de noviembre, siempre se denuncia la funesta lista de mujeres asesinadas por sus parejas —48 fallecidas en lo que va de 2015, una cada semana— pero a penas se habla de las supervivientes como Miriam, las que se quedan a las puertas de la muerte. De ellas no existen cifras oficiales, ni estudios. Por ese motivo, el observatorio de la violencia doméstica y de género del Consejo General del Poder Judicial se ha propuesto visibilizarlas y se ha comprometido ha realizar en 2016 una investigación sobre los homicidios y asesinatos en tentativa de la violencia de género. Quieren saber cuántas son en España y cómo es su vida después de una agresión tan brutal.

La vida de Miriam es muy dura, sin paliativos. Si es complicado sostener el estigma de ser una víctima del malos tratos, en desamparo y sin ayudas públicas, más lo es si una tiene que mantenerse siempre alerta ante cualquier posible encontronazo con su agresor.

Solo su madre sabe que se ha instalado en este barrio tranquilo de grandes avenidas que le hacen sentirse un poco más a salvo. "A mí es que no me gustan las zonas con calles estrechas. Me producen ansiedad. Aquí puedo ver bien quién viene, si viene de frente, y si hiciera falta puedo salir corriendo". Lo tiene todo muy calculado. También le gusta que el portero automático tenga cámara incorporada. Así puede ver quién llama a su puerta.

Nunca se acostumbrará a vivir con miedo, dice. Aunque con los años empieza a ponerse retos como ir a lugares con alguna aglomeración. Las fuezas las saca de sentirse "una superviviente total" y de cuidar de sus hijos, hoy tumbados viendo la tele en la cama de mamá, pese a ser lunes, a la espera de que llegue el empadronamiento que permita otra nueva escolarización. 

No me gustan las calles estrechas. Me producen ansiedad Miriam dice que "están bien" todos los minutos de silencio de los políticos, "pero que no hay ayudas para las supervivientes de la violencia de género". Cuando ella salió del hospital permaneció un tiempo en una casa de mujeres maltratadas. Después tuvo acceso a tres años de renta mínima. "Pero eso se acaba y te dejan con un: búscate la vida". Difícil si se pretende encontrar trabajo portando las 24 horas un pulsador para avisar a la Policía en el caso de que él aparezca. "Cuando les digo que vivo amenazada, que tengo riesgo vital, nadie me contrata". Y ni pensar en recibir pensión alimenticia por los hijos de ambos. Y eso que sale de prisión cobrando el paro, pero ni un euro para Nheyla y Aaron. Y, mientras tanto, la administración lo único que le propone es que renuncie a su custodia. "¡No gracias!". Si es que ellos son los que la mantienen viva.

La sentencia judicial por tentativa de asesinato le condenó a Andrés a ocho años de prisión, que cumplió íntegramente, y a diez años alejamiento, una orden que caduca en 2017. Y, ¿después? Miriam se encoje de hombros, pero con voz decidida contesta: "Soy víctima y estoy cumpliendo condena. Yo no pedí que me apuñalara, ni que mis hijos tengan que ser tratados como bichitos raros en el cole porque nadie debe de saber dónde viven, porque yo estoy amenazada... Y lo peor es que mi condena no terminará hasta el día en que él se muera".