Familias de acogida en España: una nueva vida, sin "miedos", para padres e hijos

  • La mayoría de los menores en desamparo en España —unos 22.000— no crece hoy en una familia de acogida, sino en un centro de la Administración.
  • "Tenemos los centros llenos de niños mientras hay padres en lista de espera para una adopción en China, Etiopía o Rusia", explica un padre de acogida.
  • Las familias, que celebrarán un Congreso este mes en Madrid, quieren acabar con el desconocimiento de esta figura de protección, distinta a la adopción.
Aleix, junto a su padre de acogida, Jacinto.
Aleix, junto a su padre de acogida, Jacinto.
SERVIMEDIA

Los padres e hijos que han pasado por un proceso de acogida saben que son distintos. Sin embargo, ellos se sienten como el resto de las familias, y así se lo cuentan a los demás. Esta figura de protección es una gran desconocida en nuestro país, en el que solo entre el 15% y el 20% de los 22.000 menores en situación de desamparo crece hoy en un nuevo hogar, según datos de la Asociación de acogedores de menores de la Comunidad de Madrid (Adamcam). "Es la paradoja de España, tenemos los centros llenos de niños mientras hay padres en lista de espera para una adopción en China, Etiopía o Rusia", explica Jacinto Marqués.

Este vecino de Camporrélls (Huesca) dio un paso adelante en 2003 y se ofreció como padre de acogida. Lo hizo solo y tras pasar años colaborando con distintas organizaciones —MSF, Fundación Vicente Ferrer— en países como Mozambique, India o Nicaragua. Superada la fase de valoración de idoneidad, llegó Aleix, que hoy tiene 23 años y sigue viviendo con él a pesar de su mayoría de edad, ya que Jacinto se ha convertido en su tutor legal: además de provenir de una familia rota —su madre lo tuvo con 13 años—, Aleix tiene una discapacidad intelectual leve, aunque "es autónomo". Vivir juntos fue "un gran cambio" para los dos.

Aleix trabaja en el horno de pan de la Fundació Crisàlida, que Jacinto fundó hace seis años en su pueblo con el objetivo de dar cobertura y promover el desarrollo de personas con discapacidad intelectual, entre ellos la hija de su propia hermana. En este tiempo, no obstante, padre e hijo de acogida no han estado solos. Jacinto ha llegado a hacerse cargo de hasta cinco menores a la vez. Fue solo durante unos dos años, "pero cuatro hemos sido mucho tiempo", revela. El más joven de todos ellos cumplió los 18 hace un mes, y por eso Jacinto está viviendo ahora sus primeros días en un década sin ser padre de acogida.

Para Jacinto, que "nunca" pensó en un vuelco personal de este calibre, la acogida es "un acto de dedicación y de servicio". "Quiero intentar devolverle a la vida lo que la vida me ha regalado, pero no a distancia, en mi casa y con mis manos", apunta. En estos momentos es tutor de tres de los chavales, a los que ha querido dar "una alternativa". Aleix, cuenta, siempre fue consciente "a su manera" de su situación —"Cuando la Administración decide retirar la custodia a una familia quiere decir que como mínimo esa familia es un pequeño infierno"—. Hoy Aleix llama a Jacinto por su nombre de pila, aunque cuando habla con terceros dice "mi padre".

Antes de ser acogidos, los menores desamparados pasan por centros. Y a veces su estancia se alarga demasiado. Patricia estuvo en uno, en Madrid, desde los seis hasta los nueve años. La llevaron sus dos hermanos mayores en vista de que la situación en casa se complicaba por momentos y para que, al menos, pudiera "ir al colegio, tener ropa y comida todos los días". Sus padres biológicos, explica, "no sabían ni que existía". En clase se hizo amiga de un niño que terminó siendo su nuevo hermano. Cuando llegó el momento de salir del centro en acogida la familia de su compañero se ofreció. Al principio "les dijeron que no", relata, pero "tuvieron en cuenta el interés superior del niño" y dejaron a un lado lo demás. Patricia tiene 19 años y sigue viviendo con ellos.



"Hasta que encuentre trabajo, como cualquier hijo", dice. La joven estudia una FP superior en Educación Infantil e incide varias veces en la importancia de sentirse querido, de tener una persona de referencia, del "crecimiento como persona". Admite que los dos primeros años fueron difíciles. "No tenía ni idea de cómo se comportaba una hermana, no sabía qué era un abrazo", recuerda. Para su adaptación fueron fundamentales el apoyo de sus padres, la total disposición del resto de la familia —tíos, abuelos— y la terapia psicológica, que uno de sus profesores y sus nuevos padres se movieron para conseguir, ya que al menos en la Comunidad de Madrid "hay que pedirla".   

El acogimiento de Patricia fue especial, "por la edad que tenía y porque ya había tenido vivencias", pero desde el primer momento fue un acogimiento permanente. Mantiene "poco" contacto con su familia biológica, con un tío y uno de sus hermanos. "No es fácil", añade. Haber sido acogida en una familia, concluye, es "lo mejor" que le ha pasado.
 
Una de las novedades que incluye la nueva legislación de infancia, que entró en vigor este verano, es la "adopción abierta", es decir, la posibilidad de que la familia de acogida acabe adoptando al menor, pero "sin romper lazos" con la familia biológica. Algunos acogimientos pueden acabar en adopción, pero otros se quedan en permanentes. Y, al igual que con Patricia o Aleix, la convivencia puede incluso alargarse al quedarse los hijos con los padres tras la mayoría de edad. Por eso, María Arauz, vicepresidenta de Adamcam —la presidenta es la madre de acogida de Patricia—, llama a acabar con los "miedos" sobre la acogida, por ejemplo, el de que "te quiten" al menor. En el caso de las acogidas temporales, recuerda, las familias ya saben que serán así con anterioridad.

El II Congreso del Interés Superior del Niño, que se celebrará los días 19 y 20 de noviembre en Madrid y que ella coordina, será un paso más. Lo organiza junto a la Asociación Estatal de Acogimiento Familiar (ASEAF). Arauz es consciente de que el tema "suscita interés", pero subraya el "desconocimiento" existente, además de un sistema dividido en 17 partes, ya que las comunidades tienen las competencias en la materia. Los años de crisis no han ayudado tampoco a dar un empujón a las cifras de acogimiento en familias. La nueva legislación, dice Arauz, desjudicializa el acogimiento y prioriza el interés del menor.
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