Hemingway en papeles: de joven 'odioso' a alcohólico pesimista

  • La prolija exposición por primera vez del archivo personal del escritor revela la intimidad de una persona dolorida, violenta, genial y compleja.
  • 'Hemingway: entre dos guerras', en el Museo Norman de Nueva York, aprovecha la manía del autor de guardarlo todo: cartas, fotos, cuadernos, recortes...
  • Cuando su entonces amigo Scott Fitzgerald le sugirió numerosas correcciones al manuscrito de 'Adiós a las armas', Hemingway le contestó: '¡Vete a la mierda!'.
Hemingway en torno a los cuatro años, con un rifle de juguete en las manos
Hemingway en torno a los cuatro años, con un rifle de juguete en las manos
The Ernest Hemingway Photograph Collection. John F. Kennedy Presidential Library and Museum

En julio de 1918 Ernest Hemingway (1899-1961) era voluntario de la Cruz Roja en el frente italiano durante la I Guerra Mundial. Tenía 18 años y resultó gravemente herido por fuego de mortero cuando regresaba a la cantina con chocolate y cigarrillos para animar a los soldados destinados en el frente. Con las piernas semidestrozadas por la metralla —fue operado varias veces y estuvo seis meses internado en un hospital—, el joven de Chicago, hijo de un médico y una intérprete profesional de música clásica, ayudó a otros heridos antes de recibir atención sanitaria él mismo.

"Cuando vas a la guerra siendo un chico", escribió poco después, "tienes la ilusión de que eres inmortal, crees que matarán a otros, no a ti. Cuando resultas herido por primera vez la ilusión se desvanece y entiendes que tú también puedes morir". La letra con la que anotó la reflexión en uno de sus cuadernos es legible pero zigzagueante y está escrita a lápiz, instrumento que usaría durante toda su vida, incluso en los manuscritos literarios, porque le resultaba más cómodo para borrar y corregir.

Manías, neurosis, sueños, pesadillas...

La caligrafía sinuosa, el contenido seco y desprovisto de ornamento alguno y la simpleza de la mina de carbón como medio transmisor esquematizan la figura de un escritor cuya figura se acerca a la de un mito. Todos parecen saber que Hemingway era grande y vehemente, pero pocos conocen las manías, neurosis, sueños y pesadillas del hombre —una persona  dolorida, violenta, genial y compleja— tras la figura. La exposición por primera vez de los archivos personales del autor de las novelas Adiós a las armas (1929), Por quién doblan las campanas (1940) y El viejo y el mar (1952) y de algunos de los relatos cortos más impecables del siglo XX, permite un viaje interior del que es posible salir con una radiografía bastante exacta.

Ernest Hemingway: Between Two Wars (Ernest Hemingway: entre dos guerras), hasta el 31 de enero de 2016 en la Biblioteca y Museo Morgan de Nueva York [entrada general: 18 dólares], es una prolija muestra dividida en media docena de secciones que saca a la luz centenares de documentos, diarios, fotos, cartas y objetos que el escritor, como gran cacharrero que atesoraba todo —desde una factura de hotel hasta anotaciones en servilletas de bares, entradas a corridas de toros, billetes de tren...—, dejó un gran repertorio de posesiones tras suicidarse de un tiro en la boca en Cuba en 1961.

'Oficio de solitarios'

La mayor parte de los papeles del Premio Nobel de Literatura (1954) —no lo fue a recibir, pero envió un mensaje en el que aseguraba que escribir es un "oficio de solitarios" que "deben afrontar cada día la eternidad"— están depositados en la Biblioteca y Museo Presidencial John F. Kennedy, institución a la que fueron donados por la viuda del autor, Mary, en agradecimiento por la intervención de JFK, gran admirador de Hemingway, para que ella pudiese viajar a La Habana a recoger las posesiones del suicida. Tras su paso por el Morgan, Ernest Hemingway: Between Two Wars se expondrá en la institución depositaria, que ha colaborado cediendo todo el material de la muestra.

La exposición tiene un objetivo: "revela al hombre detrás del mito, sus luchas y triunfos" y "ofrecer una visión íntima de uno de los grandes iconos de la literatura americana", dicen los organizadores. Para Peggy Fogelman, directora interina del Morgan, es imposible resumir la importancia de Hemingway en la historia de la literatura, porque sus cuentos y novelas "forman la base misma de la narrativa moderna".

Amigo de artistas en París

El recorrido se inicia tras la I Guerra Mundial, cuando el joven aspirante a escritor decide establecerse en París con su primera esposa, Hadley. En 1922 se establece en la Ciudad de la Luz, que entonces cobijaba a una pléyade de artistas renovadores y con ansias de eternidad. El estadounidense se integra en el movimiento y seduce y es seducido. Se hace amigo de, entre otros, James Joyce, Ezra Pound, Gertrude Stein, Pablo Picasso, Juan Gris, Joan Miró y F. Scott Fitzgerald. A este último le retiró la palabra eternamente con una escueta nota ("¡vete a la mierda!", decía) cuando Fitzgerald le devolvió el manuscrito de Adiós a las armas con numerosas correcciones de estilo.

Sobre aquellos días felices Hemingway escribiría: "Si tienes la suerte suficiente de vivir en París siendo joven, vayas donde vayas la ciudad irá contigo, porque París es una fiesta que se desplaza". Fue en la capital francesa donde depuró su estilo, que despojó de todo artificio como puede comprobarse en los manuscritos de las novelas y cuentos expuestos en Nueva York: casi todos los adjetivos aparecen tachados, eliminados como innecesarios ante el poder de los sustantivos.

Escribía de pie para estar alerta

En esta labor de purga sintáctica jugaba un papel importante la forma en que Hemingway escribía, siempre de pie y con las hojas sobre un atril. Hacerlo sentado, aseguraba, adormece los sentidos e impide el estado de alerta y la aplicación de las normas que había aprendido, cuando tenía 17 años y trabajaba como redactor becario, en el diario The Kansas City Star. Incluso siendo un narrador idolatrado y famoso siempre las recordó y citó como sus verdaderos mandamientos: "usa frases cortas", "evita el empleo de adjetivos" y "elimina toda palabra superflua".

La tremenda exposición también incluye pasaportes caducados; fotos de todas los conflictos que cubrió como enviado especial —desde el de Grecia y Turquía de 1922 a la Guerra Civil española y la II Guerra Mundial, donde algún alto mando del Ejército de los EE UU le calificó como un "brillante estratega militar" y "el hombre más valiente sobre la faz de la Tierra"— y le ayudaron a conformar el estilo "vigoroso y atlético", como dirían los críticos, que le convirtió en un referente para su generación y las siguientes —la mejor novela negra, por ejemplo, bebé directamente en su laconismo de las líneas de Hemingway; instantáneas de safaris de caza mayor y pesca de altura, disciplinas que practicó asiduamente.

'Hacer que la vida esté efectivamente viva'

Destacan las numerosísimas cartas —el literato fue un corresponsal impenitente—, entre ellas una en especial emotiva en la que explica a sus padres por qué escribe de la forma en que lo hace: "Como ven, en todos mis relatos, estoy intentando captar la sensación de la vida real, y no solo de describir la vida o criticarla, sino de hacer que esté efectivamente viva. Para que cuando alguien lea algo escrito por mí, pueda experimentarlo realmente. Y eso no se logra si no se incluye lo malo y lo feo tanto como lo bello"...

El espectador comprueba cómo el muchacho que era definido por sus compañeros de secundaria como "egotista, dogmático y bastante odioso" va tomando la forma del gran Papá Hemingway, seudónimo entre cariñoso y temible que la aplican amigos, críticos y lectores a medida que el alcoholismo se convierte en dependencia, los ataques de ira inmotivados se repiten y el miedo avanza en su interior.

Cuando se mató en Cuba todos hablaron de una depresión profunda. Tenían razón, pero sólo en parte: en realidad la padecía como resultado de una enfermedad hereditaria que sólo fue comunicada públicamente por uno de sus biógrafos en 1991. Tanto el escritor como sus dos hermanos, también suicidad, habían heredado del padre hemocromatosis una enfermedad metabólica que impide la síntesis del hierro, conlleva un grave deterioro físico y mental e impedía a Hemingway ejercer su gran pasión: escribir a lápiz, de pie y de forma clara y neutral.

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