Almond Garden, 38
Una de las mujeres afganas presas retratadas por Gabriela Maj posa en la cárcel con su bebé © Gabriela Maj. Excerpted from the book 'Almond Garden'. Published by Daylight Book.

Antes de salir de la cárcel de mujeres de Kabul, la fotógrafa Gabriela Maj recibió un mensaje que le hacía llegar a hurtadillas, gracias a la mediación de la intérprete, una de las internas a las que acababa de retratar y entrevistar: "Por favor, no dejes que los guardias hagan copias de mis fotos. Me venderán a otros hombres".

En un país como Afganistán, donde hasta 2009 no estaba tipificado el delito de violación o cualquier otra forma de abuso sexual, ni tampoco el maltrato y el acaso a mujeres eran considerados penalmente punibles, es fácil entender el temor de la valiente joven interna que acababa de hablar con la reportera. La arbitrariedad es el sistema rector de las actuación policial, legal, penal y penitenciaria.

'Delitos morales'

La reportera, polaco-canadiense, presenta en Almond Garden (Jardín de almendros). La belleza del nombre, traducción Badam Bagh, el nombre afgano de la cárcel de mujeres de la capital, suena especialmente incongruente. Se trata de un reportaje desgarrador que Maj llevó a término, entre 2010 y 2014, tras obtener un inesperado permiso de la administración afgana para entrar y retratar la prisión y las internas encarceladas por "delitos morales" basados en una figura legal vaga y sujeta a interpretaciones muy distintas fundamentadas con frecuencia en el capricho: el zina. Este precepto coránico establece como prohibida y delictiva cualquier tipo de relación sexual entre personas que no estén legalmente casadas. Abarca el sexo premarital y el adulterio.

Es el primer registro fotográfico de las mujeres presas en Afganistán Durante los siguientes cuatro años la reportera viajó por Afganistán para retratar y entrevistar a las mujeres encerradas en varias prisiones del país, entre ellas la penitenciaría femenina de Badam Bagh, en las afueras de Kabul, la más grande para mujeres. El proyecto de Maj, que ahora publica en libro la editorial especializada en proyectos relacionados con derechos humanos y minorías Daylight Books [164 páginas y un PVP de 45 dólares], es el primer registro sobre las experiencias de las mujeres encarceladas en Afganistán.

Evitar represalias

Las fotos de las presas, inquietantes porque sabemos de la injusticia —ninguna de estas mujeres, casi siempre jóvenes, estaría encarcelada en ningún país con leyes justas y libertades individuales garantizadas—, son también hermosas merced a la mirada compasiva que aplica la reportera. Los nombres de las mujeres, cuyas fichas personales aparecen al final del libro, no se emparejan en ningún momento con las imágenes para preservar la identidad y evitar a las protagonistas represalias de las autoridades penitenciarias o judiciales.

Los guardias consideraban irrelevante lo que tres mujeres pudiesen hablar En compañía de una intérprete, también mujer, Maj consiguió mediante la conversación pausada y sin prisas que los guardianes de las cárceles, todos hombres, se cansaran pronto de lo que consideraban un charloteo entre mujeres y abandonaran la "escolta" de la visita. "Mi sensación era que sin la compañía de ningún tipo de seguridad, una mujer, aunque fuese extranjera, no sería considerada una amenaza por los guardias. Tenía razón: pasaron por alto mi presencia porque consideraban irrelevante lo que tres mujeres pudiesen hablar".

El pasaporte polaco, un aliado

Maj se encontró con una inesperada ventaja añadida para llevar adelante el reportaje: su pasaporte polaco. Las autoridades afganas, como le confesaron, confiaron en ella por su procedencia y por la común historia compartida de Polonia y Afganistán de resistencia a la invasiva opresión soviética. Una vez ganada la confianza de los guardias y sus superiores, no tuvo problemas para entrar en las cárceles y regresar a visitar a las presas con casi total discrecionalidad.

Por intentar escapar de una situación de maltrato, la condena puede ser de hasta 15 años de cárcel La mayoría de las presas relatan que sus "crímenes morales" vinieron precedidos por matrimonios forzados, esclavitud doméstica, malos tratos físicos cotidianos, violaciones con o sin embarazo o prostitución obligatoria. La arbitrariedad con que los tribunales dictan sentencias bajo el precepto del zina —que la jurisprudencia coránica amplía también a una amplia gama de comportamientos sexuales: desde las relaciones lésbicas hasta el magreo y que también se aplica, aunque no esté anotado en el Corán, a los intentos de huida, consumados o no, de las mujeres que quieren escapar de los escenarios de la atrocidad— queda claro en la enorme diferencia de las penas impuestas, que pueden oscilar entre 5 y 15 años de cárcel no de acuerdo a posibles agravantes sino a la potestad o talante del tribunal de turno.

Rechazadas por las familias

Las fotos de Almond Garden muestran a las mujeres, a menudo con sus hijos —deben ingresarlos porque nadie de otro modo se haría cargo de ellos, ya que las condenadas con marcadas como apestadas sociales y sus familias las rechazan—, enfrentadas a la cámara de una forma directa y en actitudes que van de la serenidad al reto. Tomados con gran angular, los retratos exponen también los entornos de las celdas, los espacios que las condenadas personalizan como pueden, con cortinas de encaje hechas jirones, fotos personales pegadas en las paredes, jarrones con flores de plástico y, en ocasiones, electrodomésticos como frigoríficos y monitores de televisión.

No constan la identidad, la edad o el delito por el que han sido encerradas Los tonos brillantes de la ropa de las mujeres afganas, el rebosante colorido de los tejidos y la ausencia de las típicas barras de las prisiones —las celdas con más bien como pequeños cuartos— parecen desmentir que las condiciones de vida sean duras, pero el sufrimiento de las reclusas se adivina en algunos gestos abatidos y, sobre todo, en la lectura de los testimonios de cada una. Sin posibilidades de acceder a servicios médicos o psicológicos, las presas han sido cosificadas hasta el extremo: ni siquiera hay fichas sobre su entrada en la cárcel, no se conoce oficialmente su identidad, edad, procedencia o circunstancias del delito por el que han sido encerradas.

'Tumba en vida'

"Casi siempre rechazadas por las familias, la cárcel se convierte para estas mujeres en una tumba en vida. Al ser puestas en libertad deben enfrentarse a la ira acumulada por los familiares y están en peligro real de ser asesinadas, violadas o torturadas a no ser que sean capaces de encontrar sitio en alguno de los pocos refugios para mujeres amenazadas que hay en Kabul".

Los cuerpos de las mujeres son algo que se puede comprar y vender Las voces de las decenas de presas que aparecen en Almond Garden "son un testimonio de los abusos contra los derechos humanos que muchas mujeres afganas siguen sufriendo" y también "una llamada a la acción para el necesario apoyo de la comunidad internacional". Mientras el zina siga siendo la "base fundamental" para "perpetuar un sistema de violencia legitimada contra las mujeres" habrá pocas posibilidades de cambio, escribe Maj en el libro. "Si las mujeres tuvieran la libertad de elegir a sus parejas, ya no sería responsabilidad del Estado salvaguardar su virginidad. Mientras la libertad de elegir sea negada, la violencia y el sufrimiento seguirán existiendo, y mientras los cuerpos de las mujeres sean considerados como algo que se puede comprar y vender, esta guerra en nombre de la moral va a continuar", añade.

Los agresores, impunes

Para la fotógrafa es especialmente dramática la situación de vulnerabilidad a la que se enfrentan las mujeres que huyen de sus hogares para escapar de abusos. "La policía las rastrea como si las criminales fuesen ellas y a menudo terminan en prisión, mientras que sus agresores quedan impunes", dice Majac, que pone énfasis en la corrupción que campa por sus fueros en las cárceles —los guardias incautan los teléfonos móviles de las presas una vez a la semana y les obligan a pagar si desean recuperarlos—, la exención de culpa a los culpables de crímenes de violencia de género y el peligro añadido por los talibanes, que han asesinado, desde 2008, a varias de las primeras mujeres policía afganas en llegar a grados de mando.