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Gancho de metal con connotaciones sexuales, localizado por una expedición a Papúa-Nueva Guinea en 1912 © Staatliche Museen zu Berlin – Preußischer Kulturbe-sitz, Ethnologisches Museum, Foto: Claudia Obrocki

Si un nativo de la cuenca del río Sepik, el más largo de Papúa-Nueva Guinea, toca un instrumento musical, lo hace con la creencia de que uno de sus antepasados habla a través del sonido. Si una nube descarga lluvia, pensará que un ancestro está de mal humor y tiene algo que reprochar. Si un niño cae al suelo y se hace daño, estará seguro de que a alguno de sus predecesores no le gustó su comportamiento.

En el país con la mayor diversidad cultural del mundo y donde solamente el 18% de los más de siete millones de habitantes vive en ciudades, la zona del Sepik es la más aislada: hasta el siglo XIX fue pasada por alto por viajeros y exploradores, que no creyeron que nada interesante o valioso pudiese medrar en aquellas intrincadas montañas selváticas, volcánicas y altamente sísmicas. A esa reclusión debemos que la cuenca fluvial sea un tesoro cultural para la humanidad.

Más de 220 obras de arte aborigen de las comunidades sepik —como se las conoce en etnografía— se muestran hasta el 14 de junio en la exposición Tanz der Ahnen (La danza de los ancestros), organizada por el museo Martin-Gropious-Bau, uno de los que componen la red de centros públicos de arte de Berlín.

Persona, animal, vegetal, mineral u objeto

Es la muestra más ambiciosa celebrada nunca sobre las fascinantes tallas de madera y otras muestras artísticas con el frescor añadido de lo cotidiano de una cultura que, pese a las 200 lenguas distintas que hablan sus integrantes, mantiene con extrema pureza la esencia secular de deificar a los antepasados como creadores del mundo y todo aquello que lo puebla, sea persona, animal, vegetal, mineral u objeto.

Los estudiosos relegaron el arte sepik a la condición de  'primitivo' La riqueza expresiva de los sepik llamó la atención a comienzos del siglo XX a los primeros exploradores que se animaron a ascender por el río que vertebra la zona, un cauce de 1.200 kilómetros flanqueado por bosques húmedos tropicales que nace en el macizo central de la isla. Aunque aquellos primeros viajeros, casi todos alemanes, hablaron desde un primer momento de un "arte sepik", los círculos académicos se mostraron reservados y se quedaron en la cómoda y aséptica etiqueta del "primitivismo", que extendían con unificadora insensatez a todos los continentes —excepto a la vieja y culta Europa, desde luego—, como si los aborígenes no gozaran del derecho de ser artistas.

Área pantanosa y comunidades autárquicas

El valle del Sepik es un área pantanosa habitada por pequeños grupos tribales autárquicos, en general pacíficos y cómodos en su soledad. La diversidad cultural que se deduce de la riqueza lingüística es notable: las comunidades no son homogéneas y pueden tener modos de vida diferentes pese a que están separadas por pocos kilómetros de distancia. Sin embargo, hay un rasgo común: todos los sepik creen que el mundo fue moldeado por los ancestros y sus hazañas.

El río, las chozas, las danzas, el día, los animales... Todo es obra de los ancestros Desde el medio ambiente —el río y las laderas que lo enmarcan— hasta las casas de los hombres —las chozas de las tribus, colocadas en los terraplenes que conducen al Sepik—, desde los lugares para los ritos —las superficies planas en medio de cada aldea para las danzas colectivas donde los bailarines encarnas a los ancestros con máscaras pintadas de tonos vibrantes y adornadas con pedrería—, desde los animales hasta el día y la noche... Todo es obra, según la cosmogonía sepik, de quienes vivieron antes.

Figuras humanas complejas

En la selección que muestra Tanz der Ahnen el motivo más repetido es el de la figura humana, común a todas las culturas, pero de singular importancia para los sepik, que muestran en cada estatuilla a los fundadores masculinos o femeninos de los asentamientos y las comunidades humanas. Como se considera una falta de respeto representar de modo directo a los ancestros, el arte etnográfico del pueblo está basado en los patrones complejos que parecen rodear a las figuras humanas.

Decoran las tallas con adornos de hojas de palma y combinan  pintura y escultura Las piezas son fascinantes por su riquísima decoración, la diversidad de tamaños y la mezcla de géneros creativos: mientras en el arte occidental la pintura y la escultura suelen mantenerse estrictamente separados, los nativos de Papúa-Nueva Guinea las combinan, decorando tallas con adornos de hojas de palma, que también son utilizados para revestir los edificios ceremoniales.

Tambores, postes, máscaras...

En la muestra destaca una gran embarcación, una piragua, postes pintados, puertas de las casas de los hombres —los sepik residen en dependencias separadas según el sexo—, enormes tambores, figuras de ancestros poderosos, máscaras espléndidamente ornamentadas y objetos usados solamente durante ciertos cultos secretos, como el de tránsito entre la niñez y la edad adulta.

Hasta la década de 1920 el arte sepik no circuló por las galerías europeas Las primeras exposiciones científicas a la cuenca del Sepik fueron organizadas por entidades alemanas entre 1910 y 1913. A partir de la década siguiente, el arte aborigen de la zona empezó a circular por galerías de arte europeas y fue ensalzado por los artistas de las vanguardias, que se apropiaron de sus cánones con el mismo afán que emplearon con las africanas.