Beyoncé
Beyoncé durante su actuación de anoche en Madrid. EFE/Víctor Lerena

Todas las expectativas se cumplieron el sábado en el Palacio de los Deportes de Madrid con la actuación de Beyoncé. El público acudió a la cita con la diva estadounidense dispuesto a rendirse a sus pies y ella hizo todo lo posible por no defraudarles.

La cantante no sólo empezó puntual, sino que a las 22.00 horas de la noche del sábado -hora a la que estaba anunciada su salida al escenario- ya había interpretado cinco canciones de su repertorio. A lo largo de las casi dos horas que duró el concierto, Beyoncé tuvo tiempo de lucir hasta seis vestidos diferentes, la mayoría de ellos ligeros y con transparencias, pensados para resaltar las evidentes cualidades físicas de la artista.

El repertorio. Beyoncé no quiso hacer esperar a sus fans y comenzó el show nada menos que con Crazy in love, consiguiendo al instante la compenetración con una audiencia enfervorecida. Poco después llegaron Freakum Dress, Green Light y Beatiful Liar, esta vez sin Shakira, anunciando lo que estaba por venir: la mayor parte del repertorio se dedicó a su último álbum, B-Day, con algunas concesiones al pasado. Sonaron Flaws and all, Ring the Alarm, Suga Mama, Upgrade U, Get me Bodied, Listen, Irreplaceable y Deja Vu, un perfecto broche final en forma de bis para una auténtica noche-B.

Concesiones al pasado. Además de Crazy in love, Beyoncé recuperó otros temas de su primer disco en solitario como Baby Boy, Naughty Girl y Me, myself and I. Aunque su mayor concesión al pasado (aún reciente) fue un remix dedicado por completo a Destiny's Child, en el que se fundieron Independent Woman, No, no, no, no, Bills, bills, bills, Soldier, Say my name...

Un show elegante y sobrio. Beyoncé apostó anoche por un escenario limpio y despejado en el que nada le robase el protagonismo. Los que esperábamos humo, derroche de luces, plataformas móviles y hasta fuegos artificiales quedamos muy sorprendidos (en mi caso, gratamente) con la limpieza de su puesta en escena.
Una escalinata con varios niveles situada al fondo del escenario acogía a todos los músicos de la banda (13 mujeres), mientras que la acción principal, salvo raras excepciones, se sucedía en la despejada parte de delante.
Pocas luces, una pantalla al fondo que servía para recalcar momentos puntuales y, por supuesto, una ligera brisa que mantenía el cabello de Beyoncé en posición sexy-flotante fueron los principales recursos del espectáculo, elegante y contenido.

Con un punto cursi. Hubo algunos detalles que rayaron la cursilería como las manos de Beyoncé dibujando un corazón cada vez que cantaba la palabra "love", durante la balada Flaws and all; y, para rematar, las alas de ángel con las que un bailarín envolvió a la cantante al final de este tema. Además, unos labios gigantes con función de sofá acompañaron su interpretación de Speechless.

Los momentos estelares. La voz de Beyoncé estuvo impecable en todo el concierto, aunque en ocasiones su potencia y un exagerado volumen estropearon algunos momentos estelares de la noche. Aparte del acertado comienzo (Crazy in love) y la esperadísima Beutiful Liar, los puntos álgidos del concierto fueron el homenaje a Destiny's Child, el bloque dedicado a Dreamgirls, con una emocionante interpretación de Listen; el apoteósico final con Deja Vu, en el que se echó de menos a Jay-Z; y la balada por excelencia del disco, Irreplaceable. Esta última despertó la empatía del público cuando Beyoncé se lanzó a cantarla en castellano (como en los extras de la edición deluxe de B-Day). Pero el espejismo duró poco y enseguida cambió al inglés, dejando al público con ganas de seguir coreando en su idioma.

Los intermedios. Las seis veces que Beyoncé se cambió de vestido pasaron casi desapercibidas gracias a los bloque musicales que cubrieron su ausencia. Uno de ellos, inspirado en Chicago, consistió en monólogos en inglés de cuatro bailarinas que hubiesen dejado a la ausencia bastante fría si no fuera por sus profesionales contoneos. El más aplaudido sonó a ritmo de La pantera rosa y terminó convirtiéndose en una sesión de breakdance en la que los bailarines dejaron a las mujeres sin aliento (por un momento pareció que a cada paso iban a quitarse una prenda de ropa).

La banda de las mujeres. Como se había anunciado, Beyoncé actuó anoche junto a una completísima banda de músicos compuesta íntegramente por mujeres, muy buenas, por cierto, y con una presencia imponente. Los seis hombres que formaban parte del equipo eran unos esculturales bailarines cuya función era hacer coros y enseñar pectorales a ritmo de breakdance. Merecen mención especial las coristas (que parecían sacadas de Dreamgirls), el saxo y la bajista, una versión femenina de Lenny Kravitz con rastas que presumió de poder tocar hasta con el bajo a la espalda. ¡Eso sí que es girl power!

Ausencia de invitados. No es que fuera muy probable que Beyoncé trajera acompañantes de renombre para su gira española, pero hubiese sido una grata sorpresa ver aparecer a Shakira (salió unos minutos en pantalla), a Alejandro Fernández o a su marido, Jay-Z, en algún momento del show. Ninguna de las estrellas con las que comparte los créditos de su disco se dejaron ver ayer en el Palacio de los Deportes, ¿tal vez para no quitarle brillo a la protagonista?

Se echó en falta. Sobre todo, que Beyoncé preparara para la audiencia española los cuatro temas en castellano que aparecen en la versión deluxe de B-Day. A la salida del concierto, más de uno criticaba que no hubiese sido capaz de dedicar al público una sola palabra en español, ni siquiera para saludar o despedirse. Esto provocó que la gente no disfrutara suficiente de algunas escenas como la inspirada en los cabarets, y que Beyoncé tardara cinco minutos (con pequeño enfado de por medio) en conseguir que la gente cantara con ella el estribillo de una de sus canciones. Estuvo divina, se sintió reina y disfrutó de reinar ante una audiencia tan nutrida, aunque por momentos hubiese estado bien que dejara su pose de estrella para emocionarse y dedicarle algún gesto imperfecto a sus seguidores.