Sir Arthur Conan Doyle, el creador de Sherlock Holmes, le hizo vivir en una transitada calle del West End, una zona preferida por los londinenses de mayor renta. Holmes no era rico, pero sí sus clientes y él debía recibirles en un sitio adecuado. La mayoría de los relatos se inician con la visita de una persona de la alta sociedad con problemas o enigmas que resolver.

La dirección indica un apartamento en un primer piso (de ahí la letra B del domicilio). La casa era propiedad de la señora Hudson, que alquilaba habitaciones «sólo a caballeros respetables». Tenía dos alcobas, un saloncito común y nada más. Obviamente comían allí y el excusado era común con los huéspedes de otros pisos.

Por la lectura de las aventuras del investigador sabemos que el salón estaba siempre acaparado por todos los artilugios que Holmes empleaba para sus experimentos y aficiones: un pequeño laboratorio, panoplias con espadas, un punching-ball para ejercicios, atriles con partituras para tocar el violín... Una habitación repleta de muebles hasta el agobio y permanentemente desordenada.

La finca es hoy la sede de un museo dedicado al detective. La decoración interior es como los cuentos la definen y ha servido de modelo para películas y series televisivas. La casa de Sherlock Holmes ha sido infinitamente más visitada que la de Shakespeare.