La política es muy cruel.

A Joan Ignasi Pla , el candidato del PSOE a la Presidencia de Valencia, sus adversarios le apodaron Forrest Pla, porque decían que era un tanto límite, y desde entonces carga con el sambenito.

Es verdad que Pla tiene un punto robótico, como si llevara las camisas con la percha puesta, pero de tonto no tiene un pelo.

Le puso Zaplana a dedo y los cadáveres de zaplanistas ya no le caben en el armario.


En 2000 se hizo con el liderazgo regional en contra de Pepe Blanco, que estaba empezando en eso de poner a quien quería Zapatero sin que se notase, y así lleva siete años.

En estas elecciones se la juega, porque una cosa es que no sea tonto y otra que vuelva a perder y tome por tonto a los demás.

Mientras tanto, que le quiten lo bailado.

En Alcoy, donde ya se sabe que moral nunca ha faltado, este pasado sábado le organizaron una paella-mitin a las tres de la tarde con un calor inhumano y apenas si articuló palabra.

Eso sí, dijo que su Valencia es en color y la de Francisco Camps (PP), el presidente de la Comunidad, en blanco y negro, justamente lo contrario de lo que aseguró Camps al día siguiente en otra cumbre del arroz con pollo a orillas del Turia, con motivo de la IV Fiesta de la Familia, un acto amenizado por un tal Vicente Seguí, quien, al parecer, ha ganado Operación Triunfo y se cree con derecho a destrozar los boleros.

A Camps le pasa un poco lo que a Pla, que también le tomaron por tonto.

Le puso Zaplana a dedo confiando en que con él seguiría mandando igual, y los cadáveres de zaplanistas ya no le caben en el armario.

Asombrosamente, con el partido en carne viva y con Carlos Fabra de candidato en Castellón, un hombre que ha demostrado que con la política no se pierde dinero como se creía, el PP va camino de revalidar la mayoría absoluta y hacer inútil el previsible pacto de los socialistas con Compromís, la coalición de Esquerra Unida y los nacionalistas del Bloc.

En el aire está la Alcaldía de Alicante, algo que reconoce el propio Vicente Martínez Pujalte, diputado y mano derecha de Zaplana, que se dejó ver en el acto de Camps.

"Ya no hay campistas y zaplanistas", dice para justificar su presencia.

En estas elecciones se la juega, porque una cosa es que no sea tonto y otra que vuelva a perder y tome por tonto a los demás

Uno no se explica cómo Camps se ha merendado a Zaplana, porque el portavoz parlamentario tiene mucha mejor puesta en escena y cuando quiere tomar un baño de multitudes se lo da con hidromasaje, como en Altea, que allí sí que le aprecian y hasta le perdonan que Terra Mítica sea una ruina, a juzgar por los apretujones y los besos que le dio la militancia el sábado pasado.

Lo suyo fue la discreción. Ni una mención a Camps y muchas medias palabras: "La política no puede ser siempre un jardín de rosas […] Algunos me la guardan […] Lo que no se puede perder es el respeto".
Y así.

Claro que una cosa es establecer que ni Camps ni Pla son tontos y otra sostener que descienden directamente de Churchill.

Mucho más talento político se aprecia en la alcaldesa de Valencia, Rita Barberá , y en su oponente, la ex ministra socialista Carmen Alborch , tan distintas y tan iguales a la vez.

Rita es un huracán que promete viviendas de protección oficial a tutiplén y cine de verano, y que, con un par, inaugura unas ruinas romanas, las de la Almoina, convertidas en museo.

Dicen que quiere ganar las elecciones y luego dejar la Alcaldía, aunque, según Gabriel Elorriaga, "Rita se morirá en política"·

Carmen, además de pisos, propone miles de plazas de aparcamiento, colegios, institutos y residencias de ancianos. Jamás se vio en el mercado central de Valencia a alguien con más donaire repartiendo abanicos.

Es consciente de que tiene el viento en contra.

"Las encuestas electorales nos dan regular, pero la percepción es muy buena", comenta. Sinceridad ante todo.