El ex espía ruso Alexander Litvinenko murió envenenado por ingestión de polonio en Londres el 23 de noviembre de  2006. Su muerte recordó a los episodios más oscuros  de la guerra fría. Se multiplicaron las cábalas sobre la autoría, y algunos apuntaron a la posible implicación del Gobierno ruso, objetivo de los dardos de Litvinenko.

Tras la tormenta, sin embargo, vino la calma, y hubo quienes pensaron que había un acuerdo tácito para no enturbiar más las aguas.

Por eso sorprendió tanto que ayer la Fiscalía británica, meses después de recibir el informe de la Policía, presentara cargos contra el ex agente de seguridad (y también ex miembro del KGB) Andréi Lugovói. La Fiscalía no se quedó ahí, sino que pidió a Rusia la extradición del sospechoso, que se reunió con Litvinenko varias veces a finales de 2006, incluido el día en que el ex agente asesinado fue hospitalizado.

Rusia y Lugovói reaccionaron inmediatamente a la noticia. La Fiscalía rusa dijo, por vía oficial, que no habrá extradición que valga. Lugovói, que abandonó los servicios secretos rusos en 1996 para ingresar en la empresa privada, se declaró inocente y aseguró que la acusación tiene un trasfondo político.

También dijo que pronto hará una declaración «que causará conmoción en la opinión publica británica».

Restos de polonio

Con as o no en la manga, las pistas apuntan en su dirección y en la de quienes le acompañaron en sus reuniones con Litvinenko. Los detectives hallaron restos del isótopo polonio 210 en los aviones en los que voló a Londres y regresó a Moscú, y en las habitaciones del hotel en el que se hospedó.

Ahora queda por ver, si las pruebas son concluyentes, si el Gobierno ruso accede a que  Lugovói sea juzgado en su propio país. Putin lavaría la sombra de la sospecha y estaríamos más cerca de saber qué pasó con Litvinenko.

Un historial más que sospechoso

El Gobierno de Putin reacciona furioso ante cualquier posible implicación en la muerte de Litvinenko. Éste acusó a la FSB (ex KGB) de estar detrás de los atentados de Moscú que provocaron la segunda guerra chechena. Similar acusación hizo el periodista Artyom Borovik, que murió en un misterioso accidente de aviación en Rusia en 2000. Los partidarios de la conspiración también gustan de recordar al disidente búlgaro Georgi Markov, muerto en 1978 en Londres, supuestamente al inyectarle  el  KGB ricino con un paraguas.