Adiós a Amparo Baró, reina de la comedia y del drama

Amparo Baró en su papel de 'Sole' en '7 vidas'.
Amparo Baró en su papel de 'Sole' en '7 vidas'.
TELECINCO

Vanidosa, algo soberbia, pero insegura. Así se definía Amparo Baró, una mujer de voz inconfundible que aunque "pequeña y fea" —como solía decir— hacía gala de una inusual mezcla de coquetería y sencillez.

Defensora de la izquierda —aunque reconoció haber votado a Mariano Rajoy— era creyente a su manera y discreta hasta el elogio. Consiguió mantener su vida privada lejos de los focos y esa intimidad ha hecho que su fallecimiento, a sus 77 años, tras una larga lucha contra el cáncer, haya pillado desprevenido a muchos.

Más allá de toda apariencia o actitud, era innegable la grandeza de su talento. Escena que pisaba, escena que conquistaba. Se metía al público en el bolsillo con la naturalidad con la que se fumaba un cigarrillo. De una forma magnética, sin hacer ruido, ejerciendo un extraño sortilegio mesmerizante.

Para muchos comenzó a existir como Soledad Huete de Jarana, Sole, la gruñona y 'progre' madre de Javier Cámara en la televisiva 7 vidas, profesional de las collejas. Aquel papel, llegado a una edad donde las actrices sufren la condenación del ostracismo, le regaló uno de los mejores momentos de su vida, profesional y personal.

Su talante cínico y resabiado, su sabiduría digna del diablo —que sabe más por viejo— en medio de un plantel lleno de jóvenes talentos en ciernes (Paz Vega, Gonzalo de Castro, Santi Millán, María Pujalte, Blanca Portillo, Carmen Machi...) conquistaron de inmediato al público.

Fidelidad y una lluvia de reconocimientos

'Sole' permaneció fiel a la serie de Telecinco durante sus 15 temporadas y más de 200 capítulos, y los reconocimientos le llovieron a Amparo: cuatro veces premio a la mejor actriz de la Academia de las Artes y las ciencias de Televisión (2000, 2001, 2003 y 2004); dos premios a la mejor actriz secundaria de la Unión de Actores (2000, 2003) y en 2004 como mejor actriz protagonista; Fotograma de Plata a la mejor interpretación femenina de televisión en 2002...

No mucho más tarde revalidó mérito y popularidad en El Internado, donde durante siete temporadas ejerció de regenta inflexible, pero de buen corazón. Entre una serie y otra, la cineasta Gracia Querejeta le regaló uno de sus mejores papeles: el de Emilia en la película Siete mesas de billar francés (2007) por el que ganó el único Goya de su carrera, a la mejor actriz secundaria.

Ese fue su hito en el cine, pero en el teatro, que fue su escuela y su medio predilecto, ya contaba con dos premios Ercilla de Teatro (1996 y 2005) y otros dos Premios Miguel Mihura (1979 y 1997), el Premio María Guerrero (1999) y la Medalla de Oro del Espectador y la Crítica (1983). Además, el mismo año que ganó el Goya se le concedió la Medalla al Mérito en el trabajo y en 2012 fue condecorada con la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes.

Uno de sus premios más emotivos, sin embargo, fue el que le dieron ya en su retiro, en 2013: el Premio Nacional de Teatro Pepe Isbert, concedido por la Asociación de Amigos de los Teatros de España.

Un vuelco del destino

La televisión le regaló una popularidad que nunca le dio el teatro ni el cine; le llegó tarde, pero a tiempo. Su don en la pequeña pantalla era innato, pero también fruto de una larga y fructífera experiencia ante el patio de butacas.

Nacida en una Barcelona sacudida por la Guerra Civil, Amparo era hija de un aragonés y una valenciana. Tuvo que abandonar sus estudios en Filosofía y Letras por problemas económicos de su familia, pero su paso por la universidad no fue en vano: allí probó el sabor de las tablas en el Teatro Español Universitario.

Llevaba la interpretación en las venas, y decidida a seguir esa vocación, entró en el teatro por la puerta grande, por un vuelco del destino: era 1957 y Amparo Soler Leal, protagonista de Las preciosas ridículas de Molier, causó baja por apendicitis. Adolfo Marsillach la eligió para sustituirla y Baró deslumbró con su talento.

Entró a formar parte del elenco principal de la Compañía Windsor en títulos como Ondina, César y Cleopatra o Alejandro Magno.

Posteriormente, en el Teatro Beatriz interpreta con la compañía Mayrata Oissiedo uno de los papeles protagonistas en La calumnia, que le supone un amplio reconocimiento.

En 1965 formó su propia compañía de la que formaron parte reconocidos actores como Luis Prendes y Manuel Galiana. Entre las obras que llevan a escena destacan Salsa picante, Los buenos días perdidos, Angela María, o Antígona. A pesar de ello, en 1967 se disolvió la compañía por falta de fondos y desde entonces, hasta el estreno en 1987 de Materia Reservada, realizó grandes interpretaciones teatrales, como en La casa de las muñecas de Ibsen, que fue calificada por los críticos como la mejor interpretación de su carrera.

En cine, su primera película coincide con el año de su primer papel en escena, 1957, en el largometraje Rapsodia de sangre de Isasi-Isasmendi. Después trabajó en otras películas como Adiós Mimi Pompón, Tierra de todos, Tres de la Cruz Roja, Tengo diecisiete años, La banda del pecas, El Nido y El Bosque Animado.

En televisión trabajó en registros dramáticos con Aldolfo Marsillach y Jaime de Armiñán, como Estudio 1, Galería de maridos, Las doce caras de Eva y obras como Diálogos de carmelitas o Los buenos días perdidos.

Con la suerte y la risa de su lado

Ya en el siglo XXI, y animada por su papel en 7 vidas, demostró su vis cómica en programas como El club de la comedia. Como ella solía decir, se sentía muy satisfecha de haberse reído mucho durante toda su vida. Consideraba que su popularidad no debía a que se lo hubiera "currado", sino que a la "suerte que le había acompañado durante toda su vida".

Sin embargo, tenía claro que había un momento para todo, también para el retiro: "No me gustaría salir a un escenario arrastrándome. Morir en un escenario me parece una ordinariez y un horror", sentenció.

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