Ávila, encanto encerrado
La muralla, desde sus 12 metros de altura, permite observar estampas como ésta al atardecer.(P.L.P.)
Al llegar por carretera a Ávila se puede observar toda su monumentalidad. La ciudad moderna está a los pies de una muralla, que ha servido de refugio desde hace siglos a numerosos pueblos que han poblado la Península.

Construida en el año 1090, la muralla encierra una ciudad diferente a la que asoma hacia afuera. Las callejuelas y las casas conservan todavía un aire de plaza fuerte. Entrar por alguna de sus nueve puertas nos traslada a un ambiente más propio del siglo XI.

La escasez de coches hace que la tranquilidad reine en la zona interior. El románico y el gótico se funden por toda la ciudad, pero sobre todo en la gran catedral, construida en el siglo xii a caballo entre ambos estilos. Aunque la ciudad vivió una época de declive, durante el siglo xvi tuvo una nueva etapa de esplendor, que se refleja en una multitud de casas señoriales e iglesias repartidas por dentro y fuera de la muralla, que dan a Ávila el aire de misticismo que tiene la que fuera cuna de Santa Teresa de Jesús.

Tramos visitables

La ciudad posee una muralla completa que recoge la ciudad entera. Actualmente se pueden visitar algunos tramos, desde la Casa de las Carnicerías, la Puerta del Alcázar o el Arco del Carmen. El palacio de los Dávila, adosado a la muralla, la catedral, la iglesia de San Juan, el palacio de los Benavides –actual parador nacional– o, mirando al exterior, la basílica de San Vicente. El convento de Santa Teresa es también una visita obligada, no sólo para conocer la historia de la beata, sino también para observar el altorrelieve del retablo de la capilla mayor.

Chuletón y yemas de la santa

Al visitar Ávila hay ciertos caprichos que no se pueden dejar escapar. Merece la pena hacer un alto en el camino para comer bien. Los restaurantes y asadores repartidos por todos los rincones de la ciudad coinciden en ofrecer un plato estrella: el chuletón de Ávila. Para completar el menú, la carne va generalmente acompañada de una buena sopa castellana. Además, es casi imperativo en toda visita a la ciudad salir de allí llevando bajo el brazo una cajita de yemas de Santa Teresa.