Kysa, 2008
Una de las Polaroid de Benjamin Fredrickson © Benjamin Fredrickson - Courtesy Daniel Cooney Fine Art

Dos fotógrafos que van por el mismo camino —el de la documentación explícita de andanzas sexuales— exponen sendas muestras simultáneas en Nueva York. Uno, Scot Sothern (Pittsburg-EE UU, 1949), ya ha dado mucho que hablar y es un consagrado cronista de los ambientes de la prostitución y el porno. El otro, Benjamin Fredrickson (Minneapolis, EE UU, 1980), debuta como fotógrafo con una serie de Polaroid sobre su trabajo como actor de espectáculos gay y retratos de sus novios.

Pese al terreno común, las exposiciones, que se celebran en la galería Daniel Cooney a partir del 8 de enero y hasta el 28 de febrero, son bastante diferentes. Lowlife, 1985-1991 es un muy conocido repaso de Sothern a los bajos fondos (lowlife) del negocio del sexo. Entre ambas fechas, el reportero documentó con retratos a todas las prostitutas a las que contrató como cliente y fotógrafo.

'Brutal, chocante y honesto'

Las intenciones del autor de los retratos —que empezó a hacer fotos a la brava y con valentía en los años sesenta, recorriendo el mundo con un estudio portátil y vendiendo copias en mano— estaban claras: ser "brutal, chocante y honesto", según afirma en una entrevista con Vice, revista a cuya estética y moral debe bastante. Para que el asunto no se quede en lo chabacano añade un toque presuntamente social, asegurando que desea mostrar lo "jodida que es la vida" para algunas personas que "viven cerca de nosotros".

La serie, sin embargo, adolece de pretenciosidad y una búsqueda fácil de rareza. Las prostitutas de Sothern posan (porque el fotóg5rafo les ha pagado antes, es decir, las ha exp0lotado) montadas en mesillas de televisión, con ridículas medias panty y nada más, en posturas forzadas y sin una gota de humanidad. Tampoco hay mucho más en la técnica: composición pobre y flashazo frontal.

Estadounidenses cuya vida se vende al precio de un Big Mac y un chute Orgulloso de asegurar que ha practicado el sexo e invitado a las mujeres a drogas y bebida que él también ha compartido, Sothern se presenta como un cazador de estadounidenses "que no están bajo el radar" y cuya vida "se vende al precio de un Big Mac y un chute", dicen desde la galería, que califica las fotos de "atemporales, inteligentes y reveladoras" de la personalidad de las retratadas.

Espectáculos gay en el Medio Oeste

El caso de Fredrickson es distinto. Trabajador en espectáculos de sexo gay en directo en clubes del Medio Oeste de los EE UU —la zona menos educada y carente de tolerencia del país—, ha decidido reorientar su modo de ganarse la vida e intentarlo con la fotografía. La colección que expone en Nueva York bajo el título de su nombre, Benjamin Fredrickson, demuestra que tiene cualidades para conseguirlo.

La atracción, el peligro y la necesidad de ser deseado Además de algunas imágenes homoeróticas donde la única gracia es el pene en erección del modelo, las Polaroid del exactor tienen la profundidad de los buenos retratos y el deseo de indagar en el alma de los retratados. Aunque, como anota la galería, "juega en el terreno de la sexualidad", también "explora los instintos humanos de la atracción y el peligro, la emoción del riesgo y la necesidad de ser deseado".

Billetes contra vulnerabilidad

Mientras las prostitutas de Sothern son reducidas por el fotógrafo a la cualidad de peleles pagadas, los gays de Fredrickson han optado por estar ante la cámara. Mientras el primero comparte con sus modelos unos billetes, heroína, alcohol y sexo, el segundo ofrece a los suyos la suficiente vulnerabilidad como para que ellos le paguen con una moneda similar.