En el hogar de los osos panda

Entrada al Centro para la investigación y la Reproducción del Panda Gigante, cerca de Chengdu
Entrada al Centro para la investigación y la Reproducción del Panda Gigante, cerca de Chengdu
P . Unamuno

De los menos de 2.000 osos panda que se calcula que viven en estado salvaje en el mundo, el 80% habitan en una región montañosa al este de China que en buena parte se corresponde con la provincia de Sichuan. Unos 150 se hallan en la Reserva de Wolong, una extensión de 200.000 hectáreas localizada en las Montañas Qionglai, que forma parte de los Siete Santuarios del Panda Gigante de Sichuan, el hogar por excelencia de uno de los animales más queridos y, desde luego, más cuidados del mundo.

Para verlos más de cerca, basta sin embargo con alejarse 10 kilómetros de la capital de la provincia, Chengdu, una ciudad de cielos grises y crecimiento desorbitado donde se encuentra, digamos, el 'campamento base' de los Siete Santuarios: el Centro para la Investigación y la Reproducción del Panda Gigante (Chengdu Research Base of Giant Panda Breeding), que vino a sustituir al Zoo de Chengdu. Aquí hay actualmente 20 ejemplares de panda gigante y otros 20 de panda rojo, primo lejano suyo con el que comparte el gusto por el bambú y el encontrarse a medio camino, en términos biológicos, entre el oso y el mapache.

Los restos fósiles dictaminan que el panda  gigante vivía en esta parte del mundo hace ya 4.000 años, y Chengdu venía a ser ya entonces el centro de un edén de diversidad biológica cifrada hoy en 73 especies de animales raros y 2.000 de plantas de especial interés. 'Raro' es precisamente el adjetivo que mejor le cuadra al oso panda, un animal que, a pesar de su clasificación taxonómica como carnívoro, se alimenta en un 99% de bambú, tiene una salud quebradiza y se ve en grandes dificultades para procrear.

Su propio aspecto al venir al mundo no puede ser más chocante. Un ejemplar que pesará de adulto entre 70 y 125 kilos nace pareciendo una suerte de 'renacuajo' rosado de poco más de 100 gramos y más parecido a una rata que a un miembro de la familia de los úrsidos. Comenzará a andar, torpemente, a los 75 días, momento en el que la madre comenzará a estimularlo jugando y luchando con él. Eso siempre que haya sido hijo único, porque, de lo contrario, ella suele escoger a una sola de sus crías y abandonar a las demás (no suelen tener más de dos). En libertad, esa circunstancia significa inevitablemente la muerte.

Comer, comer y después, seguir comiendo

En estado salvaje, los panda comen insectos, huevos y posiblemente roedores y crías de ciervo musk, además de cerca de 30 especies de caña de bambú. En recintos como el de Chengdu -que inspiró, dicho sea como anécdota, las películas de Kung Fu Panda- se los alimenta con caña de azúcar, papilla de arroz, galletas especiales con alto contenido en fibra, zanahoria, manzana y batata y, por supuesto, el consabido bambú.

El Panda Base no solo está ubicado dentro de un gigantesco bosque de bambú; toda su actividad gira en torno a la recolección, preparación y transporte en carros del bambú que precisan los panda para subsistir, entre 12 y 38 kilos diarios. Puede decirse que no hacen otra cosa que comer en todo el día: de 12 a 14 horas les lleva ingerir esa ingente cantidad de alimento que, sin embargo, tan poco les aprovecha.

Más de la mitad del bambú que toma el animal -y, curiosamente, toma más cuanto más pequeño es- se transforma en heces que algún visitante está dispuesto a comprar como souvenir en la tienda del recinto. De momento, el sistema digestivo del panda gigante no está plenamente adaptado para asimilar las moléculas de celulosa presentes en el bambú, pues no en vano proviene de una especie carnívora, acaso obligada en su momento a cambiar de dieta, del mismo modo que ahora, "la expansión de la población humana y la destrucción de su hábitat" están amenazando su supervivencia, como ha expuesto en Nature el estudioso Li Ruiqiang.

Tan atareado se halla el panda comiendo que con razón se le tiene por perezoso. Poco más puede hacer aparte de comer y dormir. No obstante, los ejemplares que viven salvajes en el no tan lejano Tíbet y en la cercana Reserva de Wolong son capaces de trepar con garbo a los árboles y nadar de manera admirable. En Chengdu es difícil verlos hacer otra cosa que no sea dormitar al sol (el frío no es problema gracias a su grueso pelaje), deambular breve y arbitrariamente y, sobre todo, comer y comer.

<p>Oso panda</p>

Es enternecedor ver a una decena de crías, como las que se desarrollan actualmente en el centro, enredarse como ovillos mientras juegan, y rodar con graciosa torpeza al encaramarse a un balancín, cosa que un operario graba meticulosamente en vídeo. Pero los ejemplares adultos no parecen mucho más hábiles, salvo cuando se trata de manejarse con el bambú. Sentados relajadamente con las piernas traseras estiradas, manipulan las cañas con la pericia de un banastero; su misterioso sexto 'dedo', que funciona a modo de pulgar, los ayuda en la tarea de extraer por medio de un solo y preciso movimiento los tallos de bambú que se llevan a la boca. Sus dientes y mandíbulas están adaptados para triturar la planta y acceder a su pulpa.

Más de 45 expertos en esta enigmática especie y un auténtico ejército de operarios, como es habitual en toda la China urbana, velan por proveer de alimento, limpiar, investigar y preservar de las enfermedades a los panda de instalaciones como la de Chengdu, que disfrutan de un recinto de 600.000 metros cuadrados donde se reproducen en lo posible las condiciones de vida salvaje.

El Panda Base cuenta en la actualidad con dos animales de notable longevidad. Bing Bing, conocido por su senatorial cabeza redonda y su belleza, nació en agosto de 1986 y tendría por tanto el equivalente a unos 90 años humanos;  la hembra Li Li, que pasó por dificultades en su juventud para ganar peso, pasa de los 65 y ha tenido en los últimos años cuatro crías fruto de tres embarazos.

Los chinos, que han visto en la moneda fuerte de muchos turistas un filón para abastecer las arcas del Centro, ofrecen a los grupos de visitantes una de las experiencias más preciadas, fotografiarse sentado junto a un panda debidamente 'sobornado' con miel. Para ello hay que ataviarse como para entrar en un quirófano: bata, patucos y guantes desechables, no sea que peguemos algo al animal.

El precio de la entrada en este caso se dispara (la ordinaria cuesta 58 yuanes, unos 10 euros) porque conlleva una 'donación' de 200 euros a la Fundación para la Investigación de la Reproducción del Panda Gigante. A cambio, uno puede hacerse todas las fotos que quiera, recibe a la salida otra imagen suya enmarcada y el certificado que acredita su donación y, sobre todo, disfruta del privilegio de abrazar y hacer carantoñas al animal que, quizá por ser tan vulnerable, despierta más simpatías que ningún otro.

La odisea de tener descendencia en cautividad

El panda es de natural solitario. No es raro verlo dar la espalda mientras come, como reclamando un instante de privacidad. En los machos, el olfato es vital para evitarse entre sí y hallar una hembra con la que aparearse en primavera. En cautividad, no resulta tan fácil como parece: solo el 10% lo logran naturalmente, y apenas el 30% de las hembras quedan preñadas. Además, el 60% de los pandas cautivos pierden por completo el deseo sexual. Algunos científicos recurren al porno y les proyectan vídeos de osos copulando: lo que los excita no son las imágenes, sino los alaridos de sus congéneres.

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