26 días de cerco al pederasta de Ciudad Lineal: le delataron móvil, gimnasio y adicción al sexo

  • El sumario judicial revela cómo Antonio Ortiz fue identificado por primera vez el 27 de agosto en una parada de autobús.
  • Comenzó entonces un mes frenético de investigaciones que concluyó con un informe policial el 22 de septiembre: era el pederasta de Ciudad Lineal.
  • Habló con su hijo mientras retenía a una niña, los fármacos le subían el deseo sexual, no podía vivir sin el gimnasio y le grabaron al comprar crema para lubricarse.
  • La Policía le pinchó el teléfono el 16 de septiembre y hasta el 17 no detectó que tenía antecedentes penales por abusos sexuales a una niña.
  • Declarará el 5 de diciembre ante el juez de Instrucción número 2 de Madrid.
  • ESPECIAL: 'Operación Candy'.
Antonio Ortiz Martínez, el pederasta de Ciudad Lineal, nada más ser detenido.
Antonio Ortiz Martínez, el pederasta de Ciudad Lineal, nada más ser detenido.
20MINUTOS

En el último mes de investigación, los policías que llevaban desde abril persiguiendo una sombra, fijaron sus ojos en un sospechoso potencial. En 26 días consiguieron juntar pruebas suficientes para justificar a la jueza que instruía el caso que Antonio Ángel Ortiz Martínez, de 42 años, era el pederasta de Ciudad Lineal. El sumario judicial reproduce con todo lujo de detalles ese frenético mes de pesquisas, desde su localización por primera vez el 27 de agosto en una parada de autobús, hasta un informe policial concluyente fechado el 22 de septiembre. Dos días después, caería mientras dormía en Santander medio aturdido por los anabolizantes que tomaba. Este lunes se han cumplido dos meses de su detención.

Su huida a Santander

El 7 de septiembre, Antonio Ortiz cerró la puerta de la casa de sus tíos, a pie de calle en el número 79 de la Bajada de San Juan, un pequeño callejón oculto de miradas indiscretas. Miró a derecha e izquierda, desconfiado, y empezó a andar hacia el gimnasio Núñez, situado en la calle Gutiérrez Solana, a dos kilómetros en línea recta si se baja por la avenida de Los Castros. Antonio llevaba cuatro días ocultándose en Santander, donde Nacho (el hermano de su madre) y su esposa Gladys le habían acogido por una temporada. Antonio contó a sus tíos que en Madrid no había trabajo, y quería probar suerte en el norte reformando viviendas.

Llegó el 3 de septiembre y apenas salía de casa. Estaba harto. Añoraba su PlayStation, tenía que salir a fumar a la acera porque su tío no se lo permitía en casa, y de vez en cuando se acercaba a tomar algo a la cafetería de al lado, de nombre Cilio. Iba al mercado a comprar huevos, muchos huevos para seguir su dieta especial. Su rutina la rompió solo una noche saliendo de copas con su primo. Eso sí, siempre estaba pegado al teléfono, charlando con Rosa, una novieta que tenía en Madrid, que trabaja cuidando perros, que padece bulimia nerviosa, y a la que había conocido hace años en la prisión de Soto del Real, una chica nerviosa "que le rompía la calma".

Antonio quería que Rosa fuera a verle unos días a Santander. Había discutido con su tío Nacho, que se había fumado sus porros sin avisarle. Camino del gimnasio Núñez, Antonio paseaba ensimismado pensando en los ejercicios de musculación que eran un ritual para él, una obsesión. Necesitaba moldear su cuerpo a diario, y llevaba ya una semana sin levantar una pesa desde que dejó Madrid. Aunque estaba intranquilo, y se sentía observado, no le importó que en el gimnasio le fotografiaran para su ficha. Necesitaba apuntarse y sacó un bono para 15 días. Parco en palabras, preguntó a uno de los encargados: "¿En qué momento del día hay menos gente?".

Dos bodas y dos hijos

Los pasos de Antonio fueron seguidos ese día por dos policías, que no le perdían ni un minuto. Para ser exactos, diez policías viajaron con Antonio a Santander, agentes especialistas en seguimientos, algunos de ellos incluso con experiencia en las unidades antiterroristas. Lo seguían día y noche, las 24 horas. Antonio llegó a Santander en un Ford Fiesta, un coche de alquiler que pagó con la tarjeta de su madre. La Policía ya sabía entonces mucho sobre él. Antonio Ángel Ortiz Martínez, 42 años, natural de Jaén. Vive con su madre, María Dolores Martínez del Rey, en el número 5 de la calle Montearagón, en el distrito de Hortaleza (Madrid). Allí tiene una habitación. Justo en la puerta del edificio, la escuela infantil Pequeños Pasos.

Su padre murió cuando él era un adolescente. Tiene dos hermanastras, Lola y Andrea. Antonio estuvo casado, con Rosa (no confundir con su última conquista, que se llama igual), con la que tuvo dos hijos, de 17 y 19 años. El pequeño quiere ser Policía. Se divorció en 1999. Sus dos hijos se reparten sus dos nombres de pila. Uno se llama Antonio y otro Ángel. Después mantuvo una compleja y violenta relación sentimental con su última esposa, María Andreina Rondón Ocanto, venezolana de 34 años, con la que se casó en octubre de 2011. Rompieron definitivamente en febrero de 2013, aunque no están divorciados.

En el centro de la imagen, el callejón que da a la casa de Nacho y Gladys, los tíos que acogieron al pederasta de Ciudad Lineal en Santander.

Antonio y Andreina gestionaron una pequeña inmobiliaria, Brysa & Andrea Inmobiliarias SL, de hecho Antonio había sido el apoderado de la sociedad hasta mayo de 2014. También tuvieron otra firma, Automóviles Brysa & Andrea, que compraba y vendía vehículos. Para ganarse algo de dinero también trabajó ocasionalmente en un concesionario de Madrid. Es decir, que dispuso con facilidad de viviendas y vehículos, lo ideal para sus oscuros propósitos. En el Registro Mercantil, aparece además el nombre de Antonio como administrador de una empresa que comercia con aparatos electrónicos, Hardsoft Technology System. Pero fue solo el hombre de paja, el testaferro, la sociedad pertenece a otros.

Primer abuso sexual en 1998

Los agentes le habían fotografiado de arriba abajo. Incluso accedieron a las fotos de su perfil en una red social. Coincidía con lo que buscaban: un tipo fumador, con flequillo, brazos muy musculados, con las venas marcadas, una verruga en el pómulo izquierdo, otra en la parte trasera del cuello, y un gusto por los relojes caros. Depilado. De sus 85 amigos de Facebook, casi todas son chicas atractivas y muy voluptuosas. El círculo se iba cerrando. El 7 de septiembre, el ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, ya sabía que el enemigo público número 1 de Madrid, el mediático pederasta de Ciudad Lineal, estaba cercado. Había indicios muy sólidos, solo faltaba apuntalar más el caso. Días antes, el 2 de septiembre, la delegada del Gobierno había señalado en una entrevista en Telecinco que era importante tener pruebas que no solo detuvieran al pederasta, sino que además lo metieran en la cárcel. Su mensaje no era baladí.

Mientras Antonio se machacaba hasta cinco horas diarias en el gimnasio santanderino, vigilado en todo momento por la Policía (incluso un par de agentes también se apuntaron), los investigadores colocaron otra pieza crucial en el puzle: la ampliación de sus antecedentes policiales y penales: “hay nuevos datos sobre su detención el 27 de marzo de 1998. Los hechos, que policialmente se calificaron como mera detención ilegal, fueron finalmente más graves de lo que aparentaban”, reza un informe policial fechado el 17 de septiembre. En 1998, Antonio había retenido una hora a una niña de siete años en su coche, se había frotado contra sus bragas y había eyaculado encima de ella. Fue condenado a nueve años de prisión. Estuvo encarcelado entre noviembre de 1999 y agosto de 2008 (aunque obtuvo el tercer grado, solo dormía en prisión, en julio de 2006).

Amplio historial delictivo

La Policía ya sabía que era un tipo violento: detenido en mayo de 1998 por amenazas (antes de entrar en prisión por el abuso de la niña); detenido en septiembre de 2007 (cuando disfrutaba del tercer grado) por participar en el cobro de un rescate, un caso que finalmente se archivó. Detenido en septiembre y en diciembre de 2009 por dos atracos. Nuevamente en prisión desde diciembre de 2009 hasta junio de 2011 por malos tratos. Y su actual esposa (no están divorciados), Andreina, que sufrió un aborto en el verano de 2012, le denunció por violencia de género en agosto de 2011 (recién salido de prisión) y en septiembre de 2012. Sus antecedentes no cuadraban hasta la fecha con un depredador sexual en serie. A mediados de septiembre, con la nueva información recibida de abusos sexuales a una niña, todo terminaba de encajar.

Hasta 14 medicamentos

Antonio seguía con su rutina en Santander. Gimnasio y muchos huevos para comer. El 18 de septiembre saltaron las alarmasAntonio Ortiz era un obseso de la musculación y quería unos pectorales perfectos. Dejó la casa de sus tíos y viajó a Madrid. Pasó por Móstoles y Alcorcón. Luego visitó una vivienda de la calle Barco, en el barrio de Malasaña, para "echar un polvo" con su amiga Rosa. "Te violo 20 veces y me voy", la dijo antes por teléfono. Todo en el mismo día, una jornada que definió perfectamente sus gustos: drogas y sexo. Antonio consumía Stonazol, Oxaver, Proviron, Boldabal, Testosteron, Porviron, Parabolan, Carnicor, Winstrol… hasta 14 medicamentos que le ayudaban a ganar masa muscular, un cóctel muy peligroso que provoca un aumento de la agresividad, el deseo sexual e incluso erecciones persistentes, con periodos de disfunción eréctil. Todo ello aderezado con periodos de excitación e insomnio. También tenía Tamoxifeno, un fármaco que se receta a hombres y mujeres que han sufrido un cáncer de mama, y que Antonio al parecer usaba para ensanchar sus pectorales, de los que se sentía muy orgulloso.

Su teléfono le sitúa en el lugar y las horas

Tenía tres terminales para una sola línea (625…), aunque utilizaba sobre todo un Sony Xperia Z, línea que estuvo pinchada por la Policía desde el 16 de septiembre. La línea había pertenecido con anterioridad a un tal Javier, que fue detenido junto con Ortiz en septiembre de 2009 cuando ambos intentaron robar en una clínica veterinaria. El 22 de septiembre otro informe policial destacaba que "el número intervenido ha realizado comunicaciones posicionado directamente en el lugar y entorno temporal de cada hecho investigado": Coslada el 11 de julio de 2013; la avenida de Arcentales el 24 de septiembre de 2013; calle Torrelaguna el 10 de abril de 2014 por la mañana; calle Cidamón y metro de Canillejas el 10 de abril de 2014 por la noche; calle Luis Ruiz el 17 de junio de 2014; Moratalaz el 8 de agosto; y calle Gomeznarro el 22 de agosto de 2014.

Ortiz había usado su teléfono los días y en los lugares en los que se produjeron las cinco agresiones sexuales y otros dos intentos no consumados. Hubo un tercer intento, el 25 de agosto de 2014, "pero no hay posicionamientos relevantes", reza el informe policial.

Habló con su hijo mientras tenía retenida a una niña

El cruce de datos permitió incluso a los investigadores deducir claramente el recorrido que hizo Ortiz nada más secuestrar a la niña del 10 de abril de 2014 en la calle Cidamón. La pequeña, María, de 9 años, hizo con los agentes una simulación del trayecto. Declaró que cuando la raptó y la metió en el vehículo hizo una parada para meterse en un portal y salir acto seguido. Esa parada, según el posicionamiento del terminal, fue en la calle Montearagon, donde vive su madre. La sangre fría de Antonio era tremenda. Había subido para coger las llaves de la casa donde pensaba llevar a la niña.

María desapareció en torno a las 20.40 horas del día 10 de abril, y apareció asustada y desorientada a la 1.10 de la madrugada del día 11. En total, cuatro horas y media en poder del pederasta. En ese intervalo a Antonio le dio tiempo a llevar a María al piso donde abusó de ella, darle tres pastillas de Orfydal, un potente tranquilizante ansiolítico que la menor se tuvo que tragar si agua, desnudarla en la cama (como declaró la pequeña), agredirla, ducharla y lavarla, amenazarla por intentar vomitar en el suelo de la habitación del piso, y dejarla abandonada en la puerta de un bar justo en la estación de Metro de Canillejas. Y en esas cinco horas fue capaz de hacer seis llamadas. Una a las 21.24 horas a su madre, seguramente para cerciorarse de que el piso donde quería llevar a María estaba vacío. A las 22.32 horas Antonio, ya con la niña en el 'piso de los horrores', habló por teléfono con su propio hijo, y luego con una de sus múltiples amigas, una tal Yessica

Todas las piezas encajan: los dos coches

El 23 de septiembre, todas las piezas del puzle parecieron encajar: su descripción física, sus antecedentes policiales, el posicionamiento de su móvil (que le sitúa en el lugar de los delitos y en la franja horaria de los mismos), su rápida huida a Santander (justo días después de ser identificado un par de veces en la vía pública), su adicción a los gimnasios, y que había tenido en su poder dos coches de la misma marca descritos por dos de sus víctimas: un Toyota y un Citröen. Llegar hasta estos vehículos no fue nada fácil.

Los investigadores dieron con un Citröen Xara Picasso color gris (el coche que describió la niña agredida el 22 de agosto) en una web de anuncios el 16 de septiembre. El vehículo había pertenecido a la empresa Autos Quality Tormes entre el 13 y el 27 de agosto (Antonio agredió a otra niña el 22 y lo intentó con otra el 25). Antonio tenía relación con ese concesionario, ya que la empresa informática de la que era administrador le había comprado dos coches recientemente. A mediados de septiembre, el coche pertenecía a otra mercantil, Pluscarperfecto, administrada por un tal Conrado, el mismo Conrado que el 18 de septiembre hablaba por teléfono con Antonio. El día 22, la Policía se llevó el Citröen para intentar hallar pistas, con la excusa de que tenía una orden de embargo de un juzgado de Tarragona. Conrado avisó rápidamente a Antonio al teléfono que ya estaba pinchado por los investigadores, sin sospechar las verdaderas intenciones de los agentes.

En cuanto al Toyota (descrito por la víctima del 10 de abril), la exmujer venezolana de Antonio había tenido un Toyota Célica hasta octubre de 2013, cuando lo vendió a una empleada suya marroquí. Esta solo lo tuvo un mes, hasta noviembre de 2013, para revenderlo a Autos Quality Tormes y pasar luego a manos de Antonio (este tenía en su poder varias multas de velocidad de este coche, y había mantenido una aventura con la empleada hasta diciembre de 2013). Antonio se deshizo del Toyota en mayo de 2014 (después de la agresión de abril), vendiéndolo a la empresa Buy Easy Car.

56 sospechosos cualificados

El trabajo ha sido arduo. "Extenuante", señala a 20minutos un agente. Se empezó con centenares de sospechosos. Luego se hizo una primera criba de 56 sospechosos cualificados, con nombres y apellidos. Y se siguió y fotografió a 24 de ellos, además de a Ortiz. Finalmente la lista se redujo a tres, y luego a dos: Antonio y otro individuo que se dedicaba a fotografiar a pequeños en parques infantiles. Los movimientos de este segundo sospechoso también levantaron muchos interrogantes, ya que vivía en Boadilla, aparcaba su coche en Aluche y luego se iba en metro hasta Hortaleza, donde fotografiaba discretamente a menores.  Incluso estuvo en un par de parques donde se produjeron los secuestros. En una identificación rutinaria, los agentes le encontraron Orfydal en un bolsillo (ya se sabía que el pederasta drogaba a las niñas), pero no tenía verrugas.

Para ver la magnitud del caso, solo para investigar una de las agresiones se analizaron 97.594 números telefónicos. Sin olvidar que el 20 de junio un anónimo llamó a la sala del 091 desde una cabina de la calle Santa Susana, justo al lado de donde la madre de Antonio tiene otro piso, asegurando "soy el de las noticias, el pederasta, lo siento, lo siento, no puedo controlarme". Una llamada que no llevó a ningún sitio en la investigación.

El dibujo de la casa

Esta crónica tiene desgraciadamente víctimas, niñas inocentes que sufrieron a manos de un depredador, pero cuya valentía las convirtió en heroínas. Es el caso de María, la testigo TP3, la niña española de 9 años secuestrada el 10 de abril. Su mente lúcida ayudó mucho en la investigación. Una vez identificado Antonio a finales de agosto, la Policía investigó los inmuebles de su madre, e inspeccionó la casa donde se sospecha que cometió al menos dos de sus abusos: el 4A del número 3 de la calle Santa Virgilia.  La Policía tenía controlada la vivienda: "se ha verificado que se encuentra desocupada, aunque con suministros. Se está reformando y pertenece a la madre", señalan las pesquisas policiales incluidas en el sumario.

Además, "la distribución interior es compatible con la descripción que ha dado una de las víctimas". El exterior de la finca, la calle, "encaja plenamente con el dibujo hecho por una de las niñas", relata el informe policial. Un edificio en forma de herradura con el portal en el centro, con una entrada con gálibo para acceder al aparcamiento. La descripción del portal también es la misma. La puerta del trastero, blanca con letras desordenadas, también está en la declaración de la menor. La niña había hecho dibujos del portal, la casa y la calle. Y el portero de la finca ya les ha informado de que una chica limpia la casa y que lo más probable es que Antonio y su madre se instalen en el piso en pocas semanas. Aunque la verdad era que solo la madre pensaba irse a vivir allí con su marido, el padrastro de Antonio. Madre e hijo habían discutido.

La testigo TP3

María describió con muchos detalles la casa, el portal y la calle del edificio, y eso que había sido obligada a tomar tres pastillas de ansiolíticos. Entre el 18 y el 19 de septiembre los investigadores vuelven a repasar con la niña sus recuerdos de aquel fatídico día. Todo cuadra, hasta la descripción de los buzones y los botones para ciegos que tiene el ascensor. María lo ha bordado. Es valiente. Ha recordado 41 elementos clave. Incluso del coche. Los agentes ya sabían desde abril que buscaban un Toyota. El padre de María dibujaría incluso un retrato robot del sospechoso que se asemeja bastante a Antonio. La Policía trabajó con cinco retratos, pero ninguno fue enviado a las comisarías para evitar filtraciones.

El socio 7332

Antonio no fue localizado hasta finales de agosto. Su última agresión, perpetrada el 22 de ese mes, fue fruto de un impulso depredador más que de un plan preparado. A las 17.54 horas salió del gimnasio Smart Gym, en la calle Malagón, 2. Es el socio número 7332. Un local frecuentado por policías, justo al lado de la sede central de la Policía Nacional. Antonio es un tipo arrogante, sabía que la prensa ya le apodaba "el pederasta de Ciudad Lineal" y no le importó seguir en la boca del lobo. Utilizó su teléfono a las 17.59 horas. Cogió su Citröen Xara Picasso y en cinco minutos llegó a la calle Gomeznarro. Antes de llegar, una cámara del complejo policial de Canilla grabó su coche a las 18.02 horas.

Puso sus ojos en una niña delgadita, mulata, que se había caído de la bici, se había enfadado con su tío por reírse y se fue a mear escondida entre dos coches. Antonio decidió entonces actuar. Eran las 18.10 horas. La engañó diciendo que iban a dar una sorpresa a sus abuelos y la metió en la parte posterior de su vehículo. La menor, Gloria, dominicana, se asustó, pero obedeció y se percata en la verruga de su cuello, en su ropa deportiva y en que su agresor tiene una mochila, una botella de agua y una toalla. También huele a tabaco y le llama la atención las llaves del vehículo, con un llavero plástico verde que lleva un número. El coche tiene una pegatina de un toro. “Ponte en el suelo del coche, que no te vea nadie”, le espetó Antonio.

El Citröen Xara Picasso, que conducía Antonio, grabado por una cámara del complejo policial de Canillas minutos antes de secuestrar a la niña del 22 de agosto.

Antonio estaba violento y desesperado. E hizo algo que le perdió. Aparcó en segunda fila en la calle Machupichu y entró en una tienda de chinos a comprar una crema Nivea. La necesitaba para lubricarse. Cerró el coche para que la menor no huyera. Pagó siete euros por la crema pero tocó sin querer un bote de champú, donde dejó una huella parcial, una huella que no sirvió a efectos de la investigación. La cámara del chino no le grabó, porque no funcionaba. Pero la cámara de un cajero cercano y la cámara que lleva un autobús que se cruzó con él si consiguieron grabar parte del vehículo. No la matrícula (la Policía pediría ayuda al FBI para que le ayudara a ampliar las imágenes captadas, sin éxito). Antonio llevó a la niña a un descampado de la calle Mequinenza tras meterse por el hueco de una valla. Una hora después soltó a la pequeña, que salió corriendo. Tras consumar su agresión, llamó a su último ligue, Rosa, con la que habló durante otra hora.

La pequeña, de 11 años, aportó detalles muy precisos: su agresor sudaba a través de su camiseta de tirantes; de una bolsa de deporte sacó una toalla enrollada y no paraba de beber de una botella de agua. Estaba claro. Va a un gimnasio. Antonio lo volvió a intentar el 25 de agosto. Amplió su radio de acción y regresó a Coslada, donde había empezado un año antes. Se fijó en una niña española de 8 años que regresaba de comprar el pan. Se acercó a ella y la llamó. Le preguntó su nombre y la menor se lo dijo, Alex. "Ven niña", le dice con una sonrisa, "ayúdame a llevar unas bolsas al coche". La chiquilla no aceptó y se fue corriendo.

Una identificación rutinaria en una parada

El 27 de agosto la 'operación Candy' estaba en su máximo apogeo. Centenares de agentes patrullaban varios distritos de Madrid intentando localizar a un determinado sospechoso: varón, de entre 35 y 40 años, pelo rubio, corto por los lados y un poco más largo por el flequillo, entre 1,75 y 1,80 de altura, musculoso, con una verruga en el pómulo izquierdo y que podría llevar ropa deportiva y una mochila negra porque frecuenta un gimnasio. A las 17.10 una pareja de agentes identificó a un sospechoso que cumplía todos los requisitos en una parada de la EMT, de la línea 73, en la glorieta de Pilar Miró. Le piden el DNI: Antonio Ortiz Martínez. En la cartera lleva una tarjeta del gimnasio Smart Gym. Los agentes le notaron nervioso y ya en el coche patrulla comprobaron que tenía antecedentes policiales. Le siguieron discretamente. Se fue al gimnasio y a las 21 horas regresó a lo que parecía su domicilio, en la calle Montearagón.

Simultáneamente, muchos policías llevaban un par de días peinando los gimnasios de tres distritos: Hortaleza, San Blas y Ciudad Lineal. El 28 de agosto un inspector del grupo de atracos, que se sumó voluntariamente a la búsqueda, entró en el gimnasio Smart Gym y se fijó en un tipo con brazos musculosos, venas marcadas, y un par de verrugas. El olfato no le falla. Le sigue. Todos estos elementos se ponen en conocimiento de los investigadores. Puede ser él. Se decide pararle de nuevo. Por la tarde una pareja de agentes le dio el alto en otra una identificación rutinaria. Pero Antonio les miente. Dice que no tiene coche, pero está un par de horas deambulando sin sentido por las calles y al final se monta en un vehículo. Se siente vigilado y duerme esa noche en el coche. Es él. La presión es insoportable. Antonio decidió entonces huir a Santander, donde llegaría el 3 de septiembre.

El informe definitivo

El inspector jefe que llevaba la investigación concluyó el 22 de septiembre que había que actuar cuánto antes. "La madre de Antonio tiene previsto mudarse al piso de Santa Virgilia el próximo mes, lo que podría suponer la destrucción de pruebas en la vivienda". Así se lo comunica a la jueza que instruye el caso, que además acababa de volver de vacaciones. Es ahora o nunca. La Policía cree que tiene todo lo que necesita. Seguía espiando telefónicamente a Antonio, que se quejaba de que cobra el paro con retraso, de tener un descubierto en la cuenta bancaria y de estar hasta las narices de dormir en un colchón en el pequeño salón de la casa de sus tíos. Discute con su primera esposa, que le llama porque hay que pagar lo libros de texto a uno de sus hijos.

La Policía decide acabar con sus 'sufrimientos'. Se tomó la decisión el 23 de septiembre, cuando todos los medios de comunicación cubrían el anuncio de dimisión del ya exministro de Justicia, Alberto Ruiz-Gallardón. Ese mismo día 23, la Policía recibe un informe que acredita que la novia actual de Antonio, Rosa, consume con receta médica Lorazepam (el Orfydal), la misma sustancia con la que fueron drogadas dos de las niñas. La última pieza del rompecabezas (luego se descubriría que la madre de Antonio también lo tomaba). A las 22.47 del día 23, horas antes de su detención, Antonio habla de anabolizantes con su novia Rosa, de lo propenso que es a que se le formen coágulos en la sangre y que tuvo un "microinfarto cerebral". Es su última conversación. Los GEO despertaran a Antonio a las 7.30 de la mañana del día 24 rompiendo la puerta del domicilio de sus tíos, cuando está durmiendo en el colchón del salón. "Cómo te muevas te mato, hijo de puta", le dice el primer agente que se le echa encima. Aquí acaba la crónica de un depredador.

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