La colección de libros del Cementerio de Torrero que edita el Ayuntamiento de Zaragoza ha amplíado su colección con la publicación de un nuevo volumen dedicado a quien fuera trabajador del recinto funerario durante 54 años y último jefe de la oficina de este equipamiento municipal, Pedro Villasol.

El texto, obra del doctor en Historia por la Universidad de Zaragoza, Víctor Manuel Lucea, realiza un repaso a la vida laboral de Villasol a partir de las conversaciones mantenidas con el homenajeado.

El libro, titulado "Pedro Villasol, 54 años trabajando en el cementerio de Torrero", se estructura en cuatro apartados: Un hombre curioso, El cementerio de Torrero, Cambios en los usos funerarios y ¿En qué andas, Pedro?.

Además se incluye una introducción en la que ya se apuntan los rasgos principales de la personalidad de Villasol, quien ha sido una pieza clave en el cuidado y clasificación de numerosos documentos y libros del cementerio, que han servido en muchos casos para recuperar la memoria de estas instalaciones, que -en palabras de Villasol— ya no son un "archivo de muertos" sino un espacio más de la ciudad que queda integrado en la misma, al estilo de lo que ocurre en otras grandes ciudades.

Desde su recién estrenada jubilación ha recordado cómo llegó al cementerio de Torrero, siendo muy joven, y cómo fueron sus inicios como ciclista, llevando recados y documentación desde su centro de trabajo a la sede del Ayuntamiento, en la plaza del Pilar.

Su bici, una Orbea con parrilla, le permitía llevar paquetes, pero también le daba una gran autonomía para moverse por la ciudad y por sus alrededores.

PROGRESIÓN

Poco a poco fue ocupando puestos de más responsabilidad, y paso a ser escribiente, listero y auxiliar, hasta culminar su vida laboral como jefe de la oficina del cementerio. Pero en todas las etapas, tuvo la misma curiosidad y el mismo tesón, dice el autor del libro.

Eso le permitió conocer el trabajo de los enterradores, dominar los procedimientos de la oficina o, por encima de las exigencias laborales, rescatar los libros del cementerio (a los que incluso puso tapas nuevas para protegerlos) y la memoria de miles de represaliados, cotejando los datos de los libros con la información que cruzaba en el juzgado.

El día a día y los encargos que llegaban al cementerio le fueron poniendo ante los ojos la historia de este recinto a la par que la trágica crónica de los hechos que habían desgarrado el país a partir de 1936.

Un hecho fortuito, como la ampliación del cementerio por la parte trasera del monumento a Costa, le llevó a descubrir la tapia que sirvió de paredón, donde durante años se fusiló a los condenados y represaliados. Un lugar, por otra parte, que los más mayores conocían y que respetaron de manera singular en homenaje a los casi tres mil asesinados, que en la actualidad se recuerdan en el Memorial.

La misma mecánica le permitió descubrir, a finales de los 70, las zanjas en las que estaban enterrados los militares pertenecientes a la bandera de Sanjurjo de Navarra, que fue salvajemente aniquilada para evitar que sus integrantes se sublevaran.

No había constancia documental, pero la capacidad de observación de Pedro permitió la aproximación a la improvisada fosa común, porque recordaba que en sus primeros años, de vez en cuando, veía ramos en el suelo, en algún andador de la zona. Al principio, pensaba que eran flores que se habían caído de algún sitio, pero los enterradores de más edad le decían que los dejara en el suelo, sin darle más explicaciones. Eran tiempos de silencio, ha señalado el Ayuntamiento de Zaragoza en una nota de prensa.

Crónica negra

Los diferentes siniestros que conforman la crónica negra de la ciudad le llevaron a vivir en primera línea y a organizar en el cementerio perfectos dispositivos para asumir los hechos luctuosos que conmocionaron a Zaragoza, como los incendios de Tapicerías Bonafonte, del Corona, y de la discoteca Flying, o la tragedia del Yak 42. En todos ellos se pudo prestar el servicio preciso y acoger a los miles de zaragozanos que se desplazaron hasta el recinto funerario en señal de solidaridad y de duelo.

Su última etapa de vida laboral coincide con la mejora de la gestión del cementerio de la mano de las nuevas tecnologías, con su mejora urbanística y de servicios, con la recuperación de la memoria y el realce del patrimonio artístico del camposanto, algo en lo que Pedro Villasol ha estado implicado y ha participado activamente, como da fe el libro que desde hoy integra la colección de volúmenes sobre el Cementerio de Torrero.

Esta nueva obra de la colección del libros del cementerio la ha editado el Ayuntamiento con la colaboración de Serfutosa, y pretende dar a conocer el cementerio más allá del complejo de servicios funerarios, como recinto de historia, patrimonio y señas de identidad de la ciudad.

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