Con aquel uniforme de color naranja se creía un general y el gran escobón, más que una herramienta, un recurso que eliminaría la suciedad del mundo. Un deber y no una obligación, así consideró siempre su trabajo. Comentaba que las jornadas más duras eran después de una nevada y tras una manifestación, con tanto despliegue de papelitos. Atocha y el paseo de las Delicias fueron durante muchos años su centro de acción; el aire libre le daba vitalidad y también muchas arrugas. Casi todos eran ancianos, algunos con graves carencias físicas en un ambiente lleno de accidentes. Ahora los veo y son jóvenes, hay chicos y chicas y llevan chalecos reflectantes. Antes se llamaban barrenderos y ahora del Servicio de Limpieza Viaria. Algunos siempre llegamos tarde, como si el tiempo se empeñase en burlar nuestras ilusiones, «vosotros si que…». Venga, ya vale.