El FMI y el Banco Mundial (BM) dieron hoy el pistoletazo de salida a su reunión conjunta de primavera con un tema inusual en la agenda y que involucra sexo, dinero y a un ex alto funcionario de la administración estadounidense.

El principal protagonista de la historia es Paul Wolfowitz, el presidente del BM, envuelto en un caso de presunto nepotismo que amenaza con costarle el puesto.

En el otro extremo de la polémica está Shaha Ali Riza, una ciudadana británica educada en Oxford que creció en Oriente Medio y que se ha hecho famosa esta semana por su relación sentimental con Wolfowitz.

Las generosas condiciones de su traslado desde el Banco Mundial al Departamento de Estado en septiembre del 2005, redactadas personalmente por Wolfowitz, han desatado el escándalo que promete acaparar la atención de la asamblea que se inaugura hoy en la capital estadounidense y que se ha traducido en una presión creciente para que el presidente del BM dimita.

La posición de Wolfowitz ahora es simplemente insostenible


En concreto, el ex "número dos" del Pentágono, quien libra desde su llegada al Banco Mundial hace dos años una campaña implacable contra la corrupción, ordenó incrementos salariales para Riza próximos a los 61.000 dólares, lo que ha dejado su remuneración anual en 193.590 dólares libres de impuestos.

La decisión, señalan distintos analistas, resta a Wolfowitz la autoridad moral necesaria para continuar con su misión a favor del buen gobierno en el mundo en desarrollo.

"Wolfowitz ya llegó al Banco en una posición moral débil, como uno de los arquitectos de la guerra en Irak, pero su posición ahora es simplemente insostenible", dijo a Efe Kenneth Rogoff, profesor de la Universidad de Harvard y ex economista jefe del Fondo Monetario Internacional (FMI).

Según Rogoff, Wolfowitz no hará más que dañar la institución si decide aferrarse al poder.

El académico se suma así al creciente coro de voces que piden la dimisión del funcionario de 63 años.

Los llamamientos para que Wolfowitz tire la toalla llegan desde el interior del organismo, las páginas editoriales de periódicos como el Financial Times y The Guardian y organizaciones no gubernamentales como el Center for Global Development.

Apoyo del Wall Street Journal

Wolfowitz, de todos modos, también tiene sus aliados, como el diario financiero The Wall Street Journal, que defendió esta semana en su sección editorial, de perfil conservador, la permanencia del ex funcionario de Defensa en el Banco.

Según el Journal, la verdadera disputa de fondo gira en torno al intento de Wolfowitz de hacer que el Banco y los países a los que les presta dinero asuman su responsabilidad por los resultados de sus proyectos, sobre todo al "exponer y castigar" la corrupción.

El Gobierno estadounidense, que tradicionalmente designa al presidente del Banco en un "pacto de caballeros" que otorga la dirección del FMI a un europeo, también ha expresado su apoyo a Wolfowitz.

Así, tanto la Casa Blanca como el Departamento del Tesoro manifestaron ayer que respaldan al hombre a quien el presidente de EEUU, George W. Bush, se refiere afectuosamente como "Wolfie".

Mientras tanto, los ministros de Finanzas y gobernadores centrales presentes este fin de semana en Washington han optado por la cautela y han evitado hacer comentarios, al escudarse en la socorrida frase de que "hay una investigación marcha".

El Consejo Ejecutivo del Banco, integrado por 24 directores que representan a los 185 miembros del organismo y el encargado de decidir qué medidas tomar, ha prometido actuar con "celeridad".

El consejo, que funciona por consenso, parece estar dividido sobre qué decisión adoptar.

Se prevé, además, que el representante estadounidense en el Consejo ejerza una influencia significativa en las deliberaciones.

Pero distintos observadores apuntan que ese énfasis en el consenso implica que si el Consejo se vuelve contra Wolfowitz es probable que éste dimita.

Al final, puede que sea Wolfowitz el que se vea obligado a decir la última palabra sobre su propio destino.

Eso, precisamente fue lo que sugirió la ministra de Desarrollo alemana, Heidemarie Wieczorek-Zeul.

"Llegados a este punto, mi conclusión es que es él quien tiene que decidir por sí mismo si, en relación con este error, puede desempeñar sus obligaciones con credibilidad", apuntó