Hollande, ante el reto de acallar la división interna y sacar a Francia de su irrelevancia en Europa

El Secretario General del palacio del Elíseo, Jean-Pierre Jouyet, anuncia la nueva lista del Ejecutivo en París (Francia).
El Secretario General del palacio del Elíseo, Jean-Pierre Jouyet, anuncia la nueva lista del Ejecutivo en París (Francia).
EFE

La Quinta República está en crisis. Francia atraviesa su periodo político más convulso desde los años 80 del siglo pasado, década que coincidió con el renacimiento del Partido Socialista de la mano del presidente Mitterrand. Ahora, 35 años después, otro socialista, otro François aunque con bastante peor prensa y dicen que mucha menos grandeur ocupa El Elíseo: François Hollande.

Desde que en 2012 sucediera al conservador Nicolas Sarkozy en la presidencia, su mandato está siendo un campo minado: lo que algunos interpretaron como el renacer de Francia, el contrapeso europeo a la omnipotencia de la Alemania de Merkel y el fin de las políticas de austeridad, parece haberse convertido en todo lo contrario: declive económico, ascenso de la extrema derecha, un partido socialista dividido y un Gobierno débil que trata contra viento y marea de sacar adelante las reformas (en forma de control de gastos) que saquen a Francia del estancamiento financiero y moral.

La penúltima crisis la ha protagonizado este verano el primer ministro Manuel Valls, ideológicamente ubicado en la derecha del PSF y cuyo ímpetu reformista probruselense choca con los principios de los partidarios del ala más izquierdista del partido; una división que pone de manifiesto la histórica brecha que desde hace décadas separa a los militantes socialistas del país vecino, como analiza el investigador Dídac Gutiérrez en un reciente artículo sobre los sucesos políticos de estas últimas semanas.

Estas desavenencias son, en el fondo, las que han llevado a la dimisión en bloque del Gobierno y la configuración de un nuevo Ejecutivo ('purgado' de rebeldes, con el liberal Emmanuel Macron como nuevo titular de Finanzas); decisión con la que Hollande y su lugarteniente Valls esperan activar las medidas de su Pacto de Responsabilidad. Un paquete de medidas propuesto en abril con el que pretenden ahorrar 50.000 millones  en tres años en gasto público así como fusionar regiones e incentivar las ventajas fiscales de las empresas, entre otras propuestas de ajuste que la facción más proteccionista del PSOE, con el ya exministro de Economía Arnaud Montebourg a la cabeza, rechaza.

Un duro para una giro reformista aún por concretarse

Manuel Valls, categórico exministro del Interior y el político socialista más valorado por los franceses en las encuestas, fue la persona designada por un declinante Hollande acosado por los malos resultados electorales en provincias y por líos de faldas para dar un nuevo impulso a su mandato. Fue en abril de este año. Valls, con un discurso entre lo catastrofista y lo ecuménico "la izquierda puede morir si no se reinventa y renuncia al progreso", afirmaba este verano en una entrevista en El País asumió la responsabilidad de devolver a Francia a la senda del crecimiento.

Un desafío complejo, agravado tras el éxito sin precedentes del Frente Nacional en las elecciones europeas de mayo, que dejó al país en estado de shock político, incapaz de erigirse en faro moral de la izquierda europea que no comulga con la Europa de los recortes y al mismo tiempo defender su vocación europeísta (en el sur de Europa, y particularmente desde España, el advenimiento de Hollande se interpretó como un cuchillo que partiría el 'eje Merkozy').

Las ideas de Valls que apela constantemente al coraje para hacer frente a los cambios van en la dirección que propone Bruselas, pero tratando al mismo tiempo de impregnar su mandato con el halo del socialismo clásico de los González, Palme o Brandt, que cita a menudo como sus referencias ideológicas.

Pero apenas cinco meses después de su nombramiento, Valls se ha precipitado por la misma senda negativa en las encuestas que su padrino político Hollande. Su popularidad ha caído en picado, en buena parte por la sensación de inmovilidad que refleja el Gobierno. Una parálisis que podría tener su fatal corolario (a pesar de la aparente cohesión que destila el nuevo Ejecutivo) para los intereses socialistas en las trascendentales votaciones que les esperan en la Asamblea Nacional, donde las voces internas discrepantes se alzan cada vez con mayor vehemencia.

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