Muere Ana María Matute: la escritora de la imaginación y una de las pocas mujeres académicas

  • "A mí que me llamen Ana María y ya está" decía la autora con su humildad a '20 Minutos' cuando publicó 'Paraíso inhabitado'.
  • Hasta el final ha mantenido viva su actividad creadora: tenía escrita otra obra.
  • A los 17 años escribió su primera novela, y hasta los 85 no recibió el merecido Cervantes: al menos llegó.
  • Ana María Matute: un hada en el bosque.
Fotografía de archivo (12/11/2011) de la escritora Ana María Matute cque ha fallecido en Barcelona a los 88 años. La autora de Olvidado rey Gudú, que recibió el Premio Cervantes hace tres años, trabajaba actualmente en otra obra literaria.
Fotografía de archivo (12/11/2011) de la escritora Ana María Matute cque ha fallecido en Barcelona a los 88 años. La autora de Olvidado rey Gudú, que recibió el Premio Cervantes hace tres años, trabajaba actualmente en otra obra literaria.
Sergio Barrenechea / EFE

"A mí que me llamen Ana María y ya está" decía con ese gesto de niña que la acompañó hasta el final, porque la escritora y una de las pocas que entraron en la Academia (sillón K en sustitucion de Carmen Conde) cuando ésta era institución de hombres no quería ni siquiera apellido.

Frágil pero curtida a fuerza de una vida complicada, Ana María Matute (Barcelona, 1925) no descansó jamás. La muerte la ha encontrado con su resistencia de siempre y su refugio: la imaginación, que en ella era igual a literatura. De la buena. De la que se hace a fuerza de respeto, horas pegadas a una silla, talento y una fantasía que ha salvado todas sus letras y su propia vida.

De hecho, y así nos lo decía, no quería ni de lejos un hombre sin imaginación: "Es que eso no es un hombre, es un tronco. O, bueno, sí es un hombre, pero a mí no me conviene". Tenía más 83 años cuando hablaba así. Seguía publicando esta autora que a los 17 años ya tenía lista su primera obra, pero que no pudo hacerlo hasta varios años después porque necesitaba el permiso de su padre. Ése era el mundo machista en el que tuvo que pelear Ana María, un espíritu rebelde e inconformista.

Pequeño teatro era aquella primera obra de casi adolescencia, publicada tiempo después. Antes ya había editado uno de sus libros más fascinantes y cautivadores, Los Abel, con la que fue finalista del Nadal, gallardón que se llevaría con Primera memoria en 1959.

Su actividad no cesaría jamás, ni en las aparentes pausas 'materiales' (fue larga su depresión), ni siquiera entre entradas y salidas de los hospitales. Con su muerte se ha sabido que tenía nueva obra terminada. Su salud frágil no dejó nunca de darle sustos, desde que a los cinco años una infección intentó acabar con ella.

"Los niños asombrados: esa expresión es mía"

La propia Matute fue quien bautizó así a los niños de su generación, los pequeños que asistieron a la guerra civil y la sobrevivieron con las cicatrices inevitables. Tenía once años cuando le estalló en la mirada aún de niña la guerra, y con aquellas imágenes ya tatuajes convirtio el horror en materia narrativa. No evitó nunca aquel pasado.

Con cierta ironía al preguntarle sobre los niños de hoy, tan alejados de la infancia de su tiempo, decía: "No sé si la televisión y la tecnología le han robado la imaginación a los niños. Lo que sé es que yo no les he robado nada".

Moderna y rebelde, y también, o quizá por ello, 'rara', ella misma reconocía cómo los años restan extrañeza: "Siempre he sido la rara, aunque me sentía más rara cuando era joven. Luego, a medida que te haces mayor, vas asumiendo esas cosas".

Fue su afán por escribir y refugiarse lo que logró que hasta 2013 con El aprendiz  (nueva edición de sus cuentos) siguiera publicando. Y no era sencillo. En 2008 cuando editó su última obra, Paraíso inhabitado, su máxima angustia era morirse sin haberla terminado: "Creo que por eso la terminé, porque me daba miedo morirme".

Una novela, Paraíso inhabitado, que reúne todas las etapas de Matute: la escritora de la fantasía, la de la realidad y la de lo cotidiano. "En este libro hay cosas de mí como la pasión por los cuentos y lo liberador que es para mi personaje que la castigaran mandándola al cuarto oscuro".

"La primera vez que lloré leyendo un libro fue con Cervantes"

Y curiosamente fue el premio que más tarde recibió: a los 85 años, cuando ya contaba con varios de relevancia, como el Nacional, el Nadal o el Café Gijón.

"La primera vez que lloré leyendo un libro fue con la muerte de Don Quijote" confesó la autora que pese a la veteranía reconoció sentirse nerviosa ante la lectura del discurso. "Yo no leo bien en voz alta" comentó la autora de Olvidado rey Gudú, su obra favorita.

"A mí que me dejen con mis antiguallas" decía la autora que tuvo una vida personal compleja: durante años estuvo alejada de su hijo.

No eran tiempos en los que una mujer pudiera separarse de su marido y no pagar peaje. Casada a los 27 años con un hombre que no llevaba muy bien el éxito de su mujer, tuvo con él un hijo. El arma con el que él apuntaría a su pecho: le quitaron la custodia cuando se separaron en 1963. Ana María Matute no sólo fue una escritora precoz.

Tras unos años alejada del niño logró recuperarlo. Aquella "niña asombrada" luchó duro por su hijo y no cerró las puertas al amor. Volvería a casarse y esa vez ya sí duraría siempre: hasta la muerte de él, en 1990.

Ana María Matute, que había nacido un 26 de julio añadiría un triste recuerdo a la fecha: el fallecimiento de su segundo marido. Pese a su fragilidad, la autora sobrevivió a casi todo, con razón ella misma decía que lo suyo era "una mala salud de hierro": 88 años ha estado en pie de guerra.

Mantuvo intacta también su humildad y su pequeño gran mundo, no hubo teatro ni fuegos artificiales que la movieran de ese suelo del que sus pies no se despegaban.

Cuando anunciaron el fallo del Cervantes, preguntaba: "¿Yo?, ¿de verdad?, ¿seguro?". Siempre al margen, una vez asumida la noticia, dejó clara su independencia: "Yo no escribo para ganar premios. No entro en esas filas".

Cuánto habría que aprender de aquella actitud, de aquella humildad, de aquella ausencia de vanidad... Talento y esfuerzo, la clave sin secreto, el sello y la diferencia. No hay adiós para Matute, porque aunque sea tópico y típico, no hay otro modo de decirlo: quedan sus letras. Quedan.

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