Alberto San Juan
El actor Alberto San Juan. ELENA BUENAVISTA

Alberto San Juan (Madrid, 1968) afirma estar agotado, exhausto, roto. Su cuerpo parece darle la razón, arrojado sobre un sillón delante de la bandera republicana que luce una de las paredes del Teatro del Barrio, en el madrileño barrio de Lavapiés. Pero arranca a hablar de esta iniciativa política y teatral a la que está entregado y recobra las energías que un minuto antes nadie hubiese jurado que tenía.

Este no va a ser lugar para partidos políticos ni sindicatos

Durante la entrevista, que se desarrolla en el interregno entre la abdicación de Juan Carlos I y la proclamación de Felipe VI, San Juan no deja pasar ninguna oportunidad para hablar de este proyecto. Y aunque aclara que no es suyo -sino una cooperativa abierta a quien quiera hacerse socio y que es una asamblea la que toma las decisiones-, no hay margen de duda respecto a su absoluta implicación.

¿Está cansado?

Estoy destrozado totalmente, enfermo de cansancio. Es acumulación, estoy roto. La decisión de abrir esto fue en septiembre y, desde que inauguramos en diciembre, literalmente he librado tres días en Navidad y tres días en Semana Santa. Pero no solo con mi trabajo en la sala, sino con la obra Autorretrato [de un joven capitalista español], con la que estoy de gira todos los fines de semana. Ahora mismo mi estado es de felicidad exhausta, pero con parar un rato se arregla.

El texto de Autorretrato va cambiando, ¿ya ha introducido la abdicación del rey?

Sí, antes había un momento que decía: "Cada vez son más las voces que le piden a Juan que se eche a un lado y deje paso a su chaval, a Felipe. Que digo yo que si hacemos algo o pasamos, como con el padre". Pues ha llegado ese momento y ahora las instituciones, en una demostración más de su carácter antidemocrático, roban a los ciudadanos la posibilidad de expresar su opinión. Nunca ha habido un referéndum sobre la forma de Estado que preferimos. En 1978 no se eligió al rey Juan Carlos democráticamente, se votó ‘sí’ a todo un paquete, a una Constitución que incluía muchas reformas que la gente ansiaba; y dentro de ese paquete estaba el rey, pero era o todo o nada. O lo tomas o lo dejas.

Estos días ha habido muchos mensajes para Felipe VI, ¿le gustaría dejar el suyo?

Yo le diría a Felipe que me gustaría salvarlo de las garras de un destino tan triste, prefabricado por otros; del destino de ser violentamente domesticado para algo que no ha elegido. Ayudarlo a emanciparse, a ser un hombre libre, un ciudadano más, orgulloso de serlo. Y con el sentido profundo de la dignidad que supone saberse ni más ni menos que nadie, con los mismos derechos y deberes.

Respecto al título de la obra, ¿se considera usted joven?

Esa es una pregunta que hago en escena. Creo que la cronología es una forma de medir la edad del ser humano, pero no la única. Hay cronologías maravillosas, gente que a los 90 años está en pleno vigor intelectual y buenas condiciones físicas; y otros que a los 50 la palman porque su cuerpo no da más de sí. Dentro de eso, por supuesto que soy joven, pero mucho menos que una persona de 20 años. Según las categorías establecidas estoy en la mediana edad. Lo que sí puedo decir es que estoy más feliz en estos cuarentas que en aquellos veintes.

¿Aunque aquellos ‘veintes’ le trajeran muchas buenas cosas?

En aquellos veintes era una persona desorientada y con dificultad para disfrutar de la vida. He vivido un proceso de revolución interna, de emancipación, de liberarme de muchas cadenas que me hacían sufrir. Por ejemplo, los mandatos sociales: tener que competir, que ganar, que ser un triunfador, tener pareja, tener casa, tener coche, ganar dinero, brillar… Esa cosa de que o eres un triunfador o eres un fracasado son mierdas que te hacen sufrir.

¿De eso va esta obra?

De ahí partió la cosa. Si estoy en contra del sistema actual por el cual nos organizamos, que es el capitalismo y causa un enorme grado de dolor, quiero saber qué hay de capitalista dentro de mí. Me he criado en esta sociedad y he asumido e interiorizado como propias muchas de sus características.

¿Se siente cómodo con esa desnudez emocional e ideológica que hace en esta obra? 

Sí estoy cómodo, porque aunque es un striptease emocional no cuento nada concreto de mi vida. Hablo de sentimientos. Al principio lo iba a llamar Breve retrato del capitalismo español. Pero, ¿por qué no empezar por mí mismo? Y así se convirtió en Autorretrato. Tenía una utilidad y un sentido dentro del relato porque creo que, si un individuo puede cambiar, un colectivo también es capaz de hacerlo.

Supongo que, como proyecto político y cultural, el Teatro del Barrio tiene algún papel en esa transformación social. ¿En qué consiste?

La idea de la nueva economía social a la que se apunta este teatro -y que sigue la estela de SomEnergia para la electricidad, Fiare para la banca o Eticom para la telefonía- es un nuevo sentido de lo público en el cual los medios de producción no han de ser, por supuesto, de las grandes empresas, pero tampoco del Estado, cuando este es tan fácilmente secuestrable.

Entonces los ciudadanos, directamente organizados en cooperativas interconectadas entre sí, pueden poseer y generar los medios de producción para abastecerse de lo que necesitan, incluyendo cultura. Lorca decía: «Si tuviera hambre no pediría un pan. Pediría medio pan y un libro. Porque necesito comer, pero también necesito saber».

Entonces, ¿cómo funciona?

Aunque lleva seis meses funcionando, los trámites legales para dar de alta la cooperativa son muy lentos. Hemos venido haciendo asambleas informativas desde el primer momento, pero la cooperativa existe desde hace un mes, hasta ahora hemos funcionado como una sociedad limitada.

Ahora se quitará esa sociedad y todo se pondrá a nombre de la cooperativa. Todos los proveedores, los que se puede, son empresas éticas. La intención de este lugar es sumarse a las muy diversas y amplias luchas ciudadanas para construir otro modelo social. Es decir, para hacer política a través de la cultura y de la fiesta.

¿Y cuál es su cometido?

En este proyecto del Teatro del Barrio la cara más reconocible es la mía y a veces se tiende a identificar el proyecto conmigo. Y eso no es así, porque yo no soy el director. De hecho, no hay director: hay un reparto de tareas, hay un consejo rector y hay una asamblea que decide. Yo programo, sobre todo la parte teatral, pero lo hago junto a un equipo. La labor que hago aquí es actuar, dirigir y escribir. Mucha gente me dice "tu teatro", y es una cosa que me ofende porque esto es el resultado del trabajo conjunto de mucha gente.

¿Qué puede aportar una sala teatral en el escenario político actual?

Nos movemos en el campo de las ideas y la información. En ese frente tan importante que es intentar atravesar el estado de alienación informativa y apatía política que sufrimos. El teatro que se produce aquí (Autorretrato, Marca España, Ruz-Bárcenas) pretende aportar información que sirva para tener una visión más clara de lo que pasa; o, al menos, que uno haga el esfuerzo de intentar obtener información y no contentarse con la que sirven los medios.

El Teatro del Barrio no se limita a hacer cultura o pedagogía política: acogió la presentación de Podemos, la gran sorpresa de las elecciones europeas.

Este no va a ser lugar para partidos políticos ni sindicatos. Es un espacio para movimientos sociales que buscan otra forma de convivir más justa y más humana. Pero entendimos que Podemos sí tenía cabida: primero porque era un acto de presentación y, segundo, porque era un fuerza política que surgía de la base, de la ciudadanía y de los movimiento sociales, dentro de una línea que es obligado explorar. Se trata de recuperar las instituciones no para crear una nueva élite, sino para cambiarlas. Es necesario rodear el Congreso, pero también entrar en el Congreso.

Parece convencido sobre Podemos.

Yo he votado a Podemos y es la opción electoral con la que ahora me identifico. Es un partido político porque la ley obliga a ello. Pero no es un partido político con una  estructura jerárquica ni unas listas cerradas ni un dirigente que ordena cómo funcionan las cosas. Es un movimiento en el que solo hay base. Creo en eso.

Y desde sus simpatías personales, ¿cómo interpreta su éxito electoral?

El 25 de mayo quebró el bipartidismo. No ha caído, ahí está, pero quebró, y yo creo que no se va a recomponer. El 2 de junio quebró la monarquía. Va a ser proclamado el príncipe, pero no creo que dure mucho, porque es un reinado que ya empieza débil, para nuestra suerte.

Con esos objetivos políticos tan ambiciosos, ¿no teme la frustración?

El camino de transformación es absolutamente posible y está en nuestras manos, pero es largo. Y por el camino pasan muchas cosas, pero es necesario disfrutar. El aspecto lúdico y del placer es fundamental: por eso en el teatro organizamos baile con orquesta los viernes y apostamos por el bar como lugar de encuentro. La lucha política tiene que ser placentera. Aunque sea dura, te haga perder muchas tardes, te dé disgustos o puedas sufrir: hay gente que pierde la vida por la lucha política. Pero puede estar llena de alegría, de amor, de disfrute, de cachondeo. Yo no concibo la lucha política sin cachondeo, lo cual no le quita rigor ni profundidad.

¿Diría que existe un boom del teatro social o político?

Sí. Pero en todos los ámbitos sociales: en el teatro, en el periodismo, etc. Hay mucha gente que se va quedando fuera. Y además, vamos tomando conciencia de que hay una situación de abuso por parte del poder instituido hacia los demás que no se puede soportar. A partir de 2010 ha sido un shock tras otro y lleva un tiempo reaccionar.

¿Y cómo fue su descubrimiento de que quería hacer algo más?

Estaba trabajando con obras que llevaba toda la vida queriendo hacer, textos de Pinter, de Shakespeare... pero sentía la necesidad de hacer otra cosa, de hablar de lo que pasa, porque estoy en una situación que se podía definir casi como de guerra.

El cine no parece que siga ese mismo camino político.

El cine lo hará más tarde. En el documental se están haciendo cosas maravillosas. El cine de ficción tiene el problema de que necesita dinero y eso significa recurrir a un crédito de un banco privado, anulando gran parte de la libertad para hacer cosas en cine y en televisión. Afortunadamente las nuevas tecnologías permiten hacer películas más baratas, pero no distribuirlas.

Ya que hablamos de dinero, ¿las deudas acabaron con Animalario?

Creamos una estructura demasiado grande sin tener pasta. Llegamos a tener a cuarenta personas trabajando a la vez: con dos obras en gira, una oficina abierta, un almacén… Y después de 15 años en que no paramos de trabajar, de hacer una obra cada año, de ganar un montón de premios y todo eso, el balance económico fue que los socios -Andrés [Lima], Willy [Toledo] y yo- debíamos 60.000 euros. No solo por eso nos hemos separado, sino también por la evolución natural de cada uno. Pero la presión de la deuda pesó mucho.

¿Le gustaría volver a trabajar con ellos?

Para mí Animalario es mi escuela de teatro y, en gran parte, mi escuela de vida. Y Andrés Lima y el resto de compañeros son mis maestros. Personas a las que amo y amaré siempre. Me gustaría y lo intentaré. No quiero perderme el placer de volver a trabajar juntos aunque sea ocasionalmente.

¿Tiene alguna película a la vista?

Las ovejas no pierden el tren, dirigida por Álvaro Fernández Armero. Yo soy uno de los protagonistas en una historia que tiene ocho o diez actores principales. Y también La ignorancia de la sangre, solo fueron dos días de trabajo pero muy bonitos, con Juan Diego Botto, que apenas habíamos coincidido y fue muy placentero, y con el director Manuel Gómez Pereira, que es un tipo maravilloso. Ese papel lo iba a hacer Hugo Silva, y para sustituirlo me tuve que teñir el pelo y poner una faja.

Eso significa que, tras unos años en el dique seco, le están saliendo más cosas en el cine.

Desde La isla interior, de Félix Sabroso y Dunia Ayaso, hace unos cinco años, el único papel gordo que he hecho en una película con una producción razonable y que sirva para vivir es esta de Fernández Armero. Ha sido una bendición del cielo, porque tenía unas deudas muy elevadas con amigos y he podido solucionarlas. Ahora solo tengo las de los bancos. Primero se paga a los amigos y, luego, a ver cómo nos libramos de los enemigos.

Un verano de música y fiesta

En la calle Zurita 3 de Madrid, en el local que durante años ocupó la sala Triángulo, tiene ahora su sede el Teatro del Barrio. Abrió el pasado mes de diciembre, aunque la cooperativa que lo sustenta no obtuvo forma jurídica hasta primavera. Ahora, una aportación de 100 euros -reembolsables si se decide abandonar- permite a cualquiera convertirse en socio. Ya hay 150.

Gracias a ellos se han producido tres obras que volverán a partir de septiembre (Marca España, Autorretrato de un joven capitalista español y Ruz-Bárcenas) y una programación que durante este verano adquiere un carácter más lúdico: mucha música (swing, baile con orquesta, flamenco...); las obras En construcción (julio) y Tres en coma (agosto) y las jornadas culturales de Senegal, entre otras actividades. www.teatrodelbarrio.com