S osegado, Juan Carlos García Moreno germinó, en diciembre de 1959 y como predestinado, en la calle General Bonanza del barrio de José Antonio, donde habitó hasta los 25 años, en que se casó y se mudó a Rabassa. 

Agente matinal de seguros y padre de una niña, fue secretario nacional de organización de Falange Auténtica («ortodoxa y contemporánea») y ahora ejerce como jefe territorial de Levante (de Cataluña a Murcia), aun sintiéndose «un bicho raro». Es que «se pierde mucha energía diciendo lo que somos».

Consciente de la dispersión del voto falangista, «en el PP y el PSOE», su formación logra «350 votos y pico» en Alicante, suma 200 militantes en la provincia y posee un escaño inmortal en Crevillent: «Pero somos coherentes: no buscamos vivir de la política».

Partidario de que Franco deje de ser hijo adoptivo de Alicante, «pero sin anular la historia», opina, sin embargo, que el nombre de las calles no debe variar: «Convivir es ser maduros. Ninguna de las dos Españas es dueña de la historia».

Hijo «de un rojinegro defraudado por Franco»; aprendiz a los 14 años de la extinta empresa Manufacturas Mediterráneas; carné 23 de los joseantonianos; «cristiano, no católico» y republicano («nadie nombró al jefe del Estado»), rechaza el brazo en alto y «la xenofobia ultra de Democracia Nacional o Valencia 2000».

Rastreador de Europa en caravana, su familia y las pólizas le embargan. «Y el partido», para el que prepara el decálogo de los próximos comicios locales, en una ciudad «gravada por las gigantescas obras municipales y caótica de tráfico». Y donde «se debería usar más la bici y reeducar a la ciudadanía».    

Ex de CC OO, su meta es salvar Falange, para evitar «el uso extremista de sus símbolos» y «la nostalgia».