Barack Obama y el papa Francisco
El presidente estadounidense, Barack Obama (i), y el papa Francisco (c) sonríen durante la audiencia privada celebrada en el Vaticano. Gabriel Bouys / EFE

El papa Francisco y el presidente de Estados Unidos, Barak Obama, comenzaron su reunión este jueves en el Vaticano con una seriedad que no suele ser habitual, pero que terminó por convertirse en cordialidad.

"Su santidad es quizá el único en el mundo que debe sufrir un protocolo peor que el mío". Así se despidió el presidente Obama, del papa, arrancándole una sonrisa.

El primer encuentro entre el presidente de Estados Unidos y el papa Francisco había comenzado con el rigor y la seriedad del protocolo, pero el buen humor del mandatario estadounidense y sus frases consiguieron arrancar la sonrisa al pontífice argentino.

Se había previsto un encuentro muy cordial, y hasta jovial, por lo que sorprendió el semblante serio y el simple apretón de manos con el que el primer papa latinoamericano recibió en el Vaticano al primer presidente afroamericano de Estados Unidos.

Obama obsequió al papa con un estuche con algunas semillas de especies que crecen en el jardín de la Casa Blanca  "Es maravilloso conocerle. Muchas gracias", dijo un Obama feliz, que se manifestó honrado por volver a estar en el Vaticano. Mientras, el pontífice argentino se limitaba a un simple "Welcome, president" (bienvenido, presidente). La reunión con el papa duró 50 minutos, mucho más de la media hora habitual en las conversaciones del pontífice con los jefes de Estado y de Gobierno que le visitan. Tras la reunión, los dos salieron más relajados.

Hasta entonces al papa se le había visto muy tenso y serio, una imagen diferente a la que normalmente se tiene de Jorge Bergoglio. Como es habitual, se pasó después al ceremonial del intercambio de regalos y a la presentación de la delegación. Y finalmente se pudo ver al papa sonreír.

Primero por el regalo original que le entregó Obama: un estuche con algunas semillas de árboles y especies que crecen en el jardín de la Casa Blanca y que podrán ser plantadas en la residencia pontificia del Castel Gandolfo. "Si tiene la posibilidad de venir a la Casa Blanca podrá también visitar el jardín", dijo Obama, en lo que significó una invitación informal al pontífice, quien contestó en español con un diplomático: "claro".

Como al resto de mandatarios, Jorge Bergoglio regaló a Obama su primera exhortación apostólica, "Evangelii Gaudium" (La alegría del Evangelio) y un medallón artístico que representa al "Ángel de la Paz", como el mismo papa explicó.

"Seguro que la voy a leer en el Despacho Oval cuando esté frustrado y espero que me tranquilice", afirmó Obama mientras ojeaba el documento ante la mirada divertida del papa. El papa contestó: "Eso espero". Las sonrisas pasaron a risas cuando Francisco entregó a Obama una colección de monedas de su pontificado, pero que se cayeron hasta dos veces en el intento de mostrarlas al presidente de Estados Unidos.

Sin Michelle y sus hijas

El papa utilizó el español, y algunas frases en inglés, para dirigirse al presidente de Estados Unidos, por lo que siempre tuvieron que ser ayudados por dos intérpretes.

Obama también explicó que esta vez no había podido venir con sus hijas y su mujer, como en 2009 cuando visitó a Benedicto XVI. Por ello, al saludarse, Obama y Francisco se estrecharon durante largo tiempo las manos. El mandatario estadounidense le pidió que rezase por él y por su familia, añadiendo, que le tienen que "aguantar".

Obama, acompañado por el Prefecto de la Casa Pontificia, el arzobispo Georg Ganswein, fue escoltado en el palacio pontificio por los "gentilhombres" del papa y la Guardia Suiza y una amplia delegación de la que formaba parte también el Secretario de Estado estadounidense, John Kerry. Francisco recibió a Obama en la Sala del Tronetto, anexa a la Biblioteca Privada, acompañado por Ganswein.

Después pasaron a la Biblioteca privada, donde se sentaron uno frente a otro delante de un escritorio y tras algunos minutos de conversación informal, los fotógrafos, cámaras de televisión y periodistas abandonaron la Biblioteca Privada y comenzó el coloquio privado, con la ayuda de intérpretes.