Juliette Binoche: "Actuar significa bucear mucho en uno mismo, a un lugar muy profundo"

Juliette Binoche recibió un premio en el Festival de cine de Marrakech.
Juliette Binoche recibió un premio en el Festival de cine de Marrakech.
GTRES

Aunque tuvo sus reticencias, la francesa Juliette Binoche agradece ahora haber participado en una película de entretenimiento puro como es Godzilla (que llegará el próximo 16 de mayo a las salas españolas). En 2013 encadenó el rodaje de cuatro proyectos de gran intensidad. Participar en la nueva versión estadounidense del clásico de la ciencia-ficción resultó un alivio para una actriz que, con su método interpretativo, hace que la suya sea “una profesión de riesgo”.

Se consolidó a principios de los años noventa como la madre y esposa en duelo de Tres colores: Azul, y fue el vértice de un trágico triángulo amoroso en Herida, roles de una intensidad que nunca ha evitado en su carrera. Asegura invertir casi la misma cantidad de emociones que las mujeres que encarna en pantalla. Si tenía que interpretar a una mujer sin hogar en Los amantes de Pont-Neuf, en 1991, ella pasaba días viviendo en la calle. Su grado de compromiso es tal, que comenzó a dar clases durante años, cumplida ya la cuarentena y sin formación previa, para protagonizar en 2008 un espectáculo de danza junto al bailarín y coreógrafo Akram Khan.

“Hasta ese momento había entrenado mi memoria emocional, pero esa vez tuve que desarrollar mi memoria física. No volvería a repetirlo, ahora que sé el esfuerzo que conlleva. Fue un infierno, pero no sé decir que no a un reto que me plantea tantas preguntas”, explicaba hace unos meses, durante un homenaje a su carrera en Lisboa.

A pesar de ser madre de dos hijos adolescentes, asegura que el permanente movimiento físico y emocional devenido de su carrera no rompe su estabilidad interior. Acompañándose de sus personajes encontró la forma de combatir la soledad de su infancia. Ella tuvo que pagar los platos rotos de un matrimonio fallido pasando una temporada en un internado donde descubrió la magia del teatro. “No es que quisiera ser actriz con 4 años, pero fue entonces cuando descubrí esas necesidades vitales que me llevaron a serlo. Estaba en el colegio y no entendía por qué debíamos estar quietos en un pupitre cuando podíamos estar en movimiento, descubriendo cosas”, recordaba.

De su abuela, una superviviente del Holocausto judío con la que pasó también grandes temporadas durante su niñez, es de quien se contagió ese compromiso político próximo a la izquierda que ha trasladado a su filmografía. De la soledad prematura pasó a recorrer Francia acompañando a su padre durante sus giras teatrales con apenas 11 años. Fue entonces, muy cerca de un escenario, cuando descubrió lo gratificante que llegaba a ser compartir ese proceso íntimo con otros.

Actuar para evitar la soledad

Aunque la pintura y la escultura la tentaron durante su juventud, antes de cumplir la mayoría de edad ya había decidido que su vida iba a estar muy ligada a las tablas. Entre otras cosas, porque era la opción menos solitaria. Pero, como ella misma dice, la vida también tiene su propia opinión sobre cuál debe ser nuestro destino y es por eso que ha aceptado adaptarse a ella cuando ha sido necesario.

Finalmente es el cine, y no el teatro, el que ocupa buena parte de su tiempo. Y es en ese campo donde ha encontrado a muchas de sus parejas sentimentales. El director Leos Carax (Holly Motors) le descubrió las claves del séptimo arte; con Olivier Martinez inició una relación tras conocerse en el set de El húsar en el tejado; y el también actor Benoît Magimel (La pianista) es el padre de su hija menor, Hannah.

“Juliette no es una actriz al uso. Ella es una artista”, nos cuenta, semanas después, uno de los últimos directores con los que ha trabajado, Bruno Dumont, encargado de entregarle un premio en el Festival de Cine de Marrakech, tras haber estrenado juntos recientemente Camille Claudel 1915. Vivir con tanta pasión la que es su carrera no le hace perder cierta perspectiva, y por eso se le antoja hiperbólico que muchas crónicas cinematográficas le atribuyan etiqueta de gran dama francesa. “Simone de Beauvoir y Marguerite Duras, esas son las grandes mujeres de mi país”, asegura la actriz de El paciente inglés.

Aunque nunca se ha puesto tras una cámara, se puede decir que Binoche es directora de su propio camino cinematográfico. En Clouds of Sils Maria, aun inédita en los cines, ha vuelto a trabajar con su compatriota Olivier Assayas. “Habíamos coincidido en otra película y no tuvimos ninguna conexión. Precisamente por eso le propuse que repitiéramos juntos. Estaba incluso enfadada con él. Sé que él  es un director que tiene mucho por ofrecer y me daba rabia que se hubiera perdido conocer a la verdadera Juliette Binoche”, dice entre risas.

Acaba de cumplir cincuenta años y en este encuentro en Marrakech en donde se desarrolla la entrevista mantiene la misma melena corta que ha lucido tantas veces en pantalla. Asegura que su condición de actriz ha sido el motor para muchos de sus cambios personales a lo largo de estos años.

Un repaso a su carrera

Usted ya ha tenido oportunidades de participar en grandes producciones del cine comercial ¿Por qué decidió que era el momento de aceptar un proyecto como Godzilla?

Recibí una carta bellísima del director (Gareth Edwards) y así es como me convenció. Fue divertido formar parte de su proyecto, no me arrepiento en absoluto. Necesitaba cambiar de aires tras haber encadenado personajes bastantes intensos. Me sentía noqueada y aún me siento así.

En el pasado, le dijo no a Steven Spielberg para formar parte del reparto de Jurassic Park...

Lo rechacé simplemente porque ya había dicho que sí a Krzysztof Kieslowski para rodar Tres Colores: Azul y no me imaginaba a mí misma diciendo: “Bueno, adiós, me voy a hacer Jurassic Park…”. Estaba muy honrada con que Steven Spielberg contara conmigo y me dijera que me iba a divertir mucho trabajando en esa película, pero no pudo ser. Ahora con Godzilla ya tengo mi cinta taquillera. Me he quitado la espina (ríe).

Es usted una actriz con Oscar que nunca ha vivido en Los Ángeles.

Porque en realidad nunca fui a Hollywood a trabajar. Lo que ocurrió en esa época es que algunas producciones estadounidenses venían a Europa a rodar y me fichaban. Incluso Godzilla ha sido rodada en Vancouver (Canadá). Así que mi situación siempre ha sido muy diferente a la de irse a hacer las Américas. Nunca me llamó la atención eso de hacer dos películas comerciales para luego poder permitirte el lujo de estar en una de cine de autor. Para otros parece un chollo. No para mí.

A juzgar por sus palabras durante su homenaje en Lisboa, define la llamada de su profesión casi como otras personas entienden una vocación religiosa.

Sí, pero más que como una religión lo que siento es un fuego interior al que no hay que ponerle grandes nombres. Es sencillamente una llama que se tiene o no se tiene, y que te hace tomar decisiones de una forma determinada. En mi caso actuar significa bucear mucho en uno mismo, a un lugar muy profundo, a recovecos muy profundos de uno mismo. Me costó un tiempo manejar esa situación tan intensa y tan física. No es siempre algo que puedas analizar o intelectualizar. Tienes que escarbar en ti mismo y sentir.

¿Ha tenido, en algún momento, que elegir entre su vida personal y familiar?

Me considero una madre luchadora. Peleo por ser buena madre y a la vez no evito desarrollar lo que es mi pasión, porque ser actriz es parte de mí también. Tengo que tomar lo que la vida me ofrece y combinar las situaciones dispares y disparatadas que conlleva rodar durante todo el año por todo el planeta. Siempre he podido manejarlo sin tener que elegir. Mis hijos aceptan que tienen una madre especial, pero es que ellos también son unos chicos especiales. Viajan a menudo conmigo. Otras veces deciden no hacerlo y nos vamos adaptando a la situación de unos y otros. La vida es movimiento. Creo que la mejor madre es aquella que se adapta a las circunstancias y los mejores hijos hacen lo mismo.

En una de esas películas que tiene por estrenar, Mil veces buenas noches, da vida a una importante fotógrafa de guerra que se enfrenta precisamente  a la situación de tener que elegir entre su profesión y la estabilidad de su vida familiar.

El personaje cambia su postura ante su trabajo y su uso con la cámara a lo largo del filme. Preparándome para la película conocí a un reportero gráfico que decidió parar de hacer este trabajo porque le resultaba demasiado duro en lugares tan peligrosos. Llega un momento en que se plantean su vida y preguntan por qué tienen que estar en un sitio así. Cuando llegas a un lugar en pleno conflicto bélico te sientes enfadado, quieres mostrar al mundo la verdad de lo que ocurre… pero llega un momento en que pones tu vida en peligro, o que te conviertes en testigo permanente de mucho horror.  Necesitas parar y plantearte lo que quieres hacer con tu existencia y las cosas que deseas mostrar a otros sobre el mundo.

¿Con quién contactó para entender al personaje?

Parte de mi investigación pasó por conocer a Lynsey Dyer, una fotógrafa de guerra que ha viajado a Afganistán en varias ocasiones. Evidentemente no es algo que haga de forma improvisada y es impresionante cómo prepara cada uno de sus viajes, porque es consciente de que hay un enorme peligro en cada uno de ellos.

Que la protagonista de este conflicto sea una mujer marca la diferencia en la película.

Hay diferencias muy grandes en esta situación según el género. Vives  una pasión profesional que es peligrosa y a su vez quizá desees formar una familia. Es algo que pocos aceptan cuando este conflicto lo vive una mujer. Todos pensarían que hay una mala madre en un reportero gráfico de guerra, pero jamás que haya un mal padre.

¿Es importante para usted, en estos momentos, abordar cierto tipo de temas en sus películas?

Estar en unas películas en vez de en otras es en sí mismo una declaración de intenciones y una postura política por parte del actor. Sí que me preocupo de dar visibilidad a ciertos temas, porque cuanto más se hable de ellos habrá más gente que esté al tanto de lo que ocurre. Soy de las que creo que en el cine podemos cambiar ciertas mentalidades y evitar que muchas situaciones e injusticias permanezcan en la ignorancia.

La vida a los 50 años

Si la vida la ha hecho adaptarse a distintas circunstancias, ¿en qué cree que ha cambiado la Juliette Binoche de hace dos décadas con respecto a la actual?

Espero que haya muchas diferencias. Intento estar abierta a cualquier tipo de cambio que sea positivo. Pasar por este mundo sin atreverse a hacer cosas tiene que ser un modo de existencia horrible, porque en realidad no estás viviendo. Si te arrojas hacia un reto, aunque te traiga consigo momentos duros, estás forjándote una vida. Así es como he logrado una veteranía que ahora me permite desarrollar mi vocación en condiciones distintas a como lo hacía al principio.

Antes daba lo que me pedían y ahora voy donde quiero ir. Elijo más aspectos en torno a mis proyectos. Por ejemplo, llamo a alguno de los cineastas con los que he trabajado para que escriban el guion de alguno de ellos. O propongo una idea inicial propia y escojo a un director concreto para que lo convierta en una película suya, como me ha ocurrido con Olivier Assayas. El único con el que me dejo guiar por completo es con Michael Haneke. Voy por donde él dicta porque sé que es importante su método de trabajo. Aunque incluso a él mismo le agrada que lo sorprenda de vez en cuando.

Entonces ¿ha cambiado la relación que mantiene con los directores?

Antes era muy obediente. Quería ser buena, quería sentirme querida, ser vista y reconocida. Como una niña que desea la aprobación de su padre. Después de un tiempo eso dejo de ser suficiente. La vida es muy corta y tienes que ponerte en marcha para no ser un sujeto pasivo de tu propia existencia. Hace tiempo que me di cuenta de que estoy aburrida de ser una criatura y quiero ser una creadora. Podemos decir que me he convertido en una especie de productora creativa de mis películas más que una simple actriz. Es la forma en la que mi pasión me ha obligado a evolucionar una vez más.

¿Cómo se siente ante el aluvión de homenajes que está recibiendo en estos últimos meses?

Homenaje es una palabra difícil para mí. Es como si viniera de otro tiempo. Así que decir que es un honor es complicado. Honor es otra palabra extraña. Cuando me proponen asistir a estos tributos me parece bien. No voy a decir: “No, gracias. Aún no tengo edad para ello” (ríe). Solo pienso que he sido muy afortunada hasta ahora en mi carrera y que sigo teniendo mucha pasión acerca de lo que hago. Si además estos homenajes me dan la oportunidad de presentar mis nuevas películas… bienvenidos sean.

¿En qué quedó el proyecto que iba a rodar con la española Isabel Coixet?

Estaba deseando trabajar con ella, pero creo que no va a lograr encontrar la financiación para el proyecto. Ahora mismo es un asunto bastante complicado lo del dinero que dan las televisiones para la industria del cine. Y una situación bastante dramática también. Se busca ir a lo seguro y contar cosas más ligeras y cómicas. Te puedo decir que esta historia de Isabel era bastante… fuerte.

Hay una crítica constante a algunos mercados, como el español o el francés, con respecto al elevado número de películas que se ruedan al año. ¿Cree que al cine de su país le sobran estrenos?

Sí. En Francia es muy sencillo hacer una primera película como director, pero precisamente por eso luego es más complicado hacer una segunda. Hay tantos filmes con los que compites que es complicado que tengas un éxito a la primera. Tener tantos títulos diferentes al año es una lucha que, paradójicamente, perjudica  a los nuevos talentos.

Binoche se moja: sus películas favoritas

Pocos artistas serían capaces de contestar cuál de sus trabajos es su predilecto. Tras unos instantes de reflexión, Juliette Binoche se atreve a darnos una breve selección de siete títulos que considera imprescindibles para resumir sus casi tres décadas de carrera. Estos son, en orden cronológico:

  • Los amantes del Pont-Nef (1991), de Leos Carax, ambientada en el puente más antiguo de París.
  • Tres colores: Azul (1993), primera parte de la trilogía de Krzysztof Kieslowski.
  • El paciente inglés (1996), con la que logró un Oscar a la mejor actriz secundaria de la mano de Anthony Minghella.
  • Código desconocido (2000), primera colaboración con el austriaco Michael Haneke
  • Mary (2005), en la que interpretaba a María Magdalena para Abel Ferrara.
  • El vuelo del globo rojo (2007), remake del clásico de los años cincuenta de Albert Lamorisse.
  • Camille Claudel 1915 (2013), acerca de la amante del también escultor Auguste Rodin y dirigida por Bruno Dumont.
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