Eran conocidos en medio mundo y me habían hablado maravillas de ellos desde Bombay hasta San Juan de Puerto Rico. Entre los establecimientos que la, presunta y falsamente progresista, piqueta pública se llevó por delante, había el restaurante Dos Hermanas, propiedad de la madre de una buena amiga mía, María Morales, a la que hace años, demasiados, que no veo, partidaria de un lógico saneamiento de la zona. Ahora, tras ochenta años de vida, van a hacer desaparecer las atracciones Caspolino de la plaza Gal·la Placídia. Cientos de miles de niños barceloneses, entre ellos yo mismo y mis hijos, han disfrutado de ellas. Si el terreno donde se ubican está calificado como de equipamientos, que el Ayuntamiento preste el servicio público de mantener las instalaciones. Su utilidad está más que demostrada. De no hacerse así, los huesos de Gal·la Placídia, ciudadana barcelonesa, se removerían en su tumba. Y además se cometería una barbaridad.