Un jurado popular enjuiciará en la Audiencia Provincial de Granada del 23 al 27 de junio a la mujer, de iniciales M.D.R.L., acusada de asesinar con una escopeta de caza a su marido en la localidad granadina de Charches, en El Valle del Zalabí, y ocultar el cadáver después de que tuviera conocimiento de que le había sido infiel, según han informado a Europa Press fuentes del caso.

La Fiscalía pide para ella una pena de 18 años y nueve meses de prisión, por un delito de asesinato y otro de tenencia ilícita de armas, con la circunstancia agravante de parentesco y la atenuante de confesión, además del pago de una indemnización a la madre del fallecido de 60.000 euros.

Según consta en el escrito de acusación provisional del Ministerio Público, al que ha tenido acceso Europa Press, la procesada, de 45 años, contrajo matrimonio con F.M.E. a la edad de 15 años, fruto del cual tuvieron dos hijas, que tienen actualmente 26 y 21 años. La mujer convivía con su marido y su hija menor en la segunda planta de una vivienda en Charches, en el término municipal de Guadix.

Aproximadamente en el mes de agosto de 2012, la mujer tuvo conocimiento de la infidelidad de su esposo, por lo que, "humillada y despechada por la traición", en el mes de mayo de 2013 tomó la decisión de matarlo.

En los días previos al 12 de mayo, la procesada, que carecía de permiso de armas, había tomado una escopeta de su marido —aficionado a la caza— que éste guardaba en un armario y la escondió detrás de un sillón cargadas con dos cartuchos y preparada para ser disparada en cualquier momento.

Finalmente, esa noche del 12 de mayo, después de pasar todo el día junto a su esposo y tras cenar juntos en la casa de su suegra, la mujer, "movida por los celos y con el firme propósito de acabar con la vida" del hombre "procedió a ejecutar un plan perfectamente trazado", consciente de la gravedad y de las consecuencias de lo que iba a hacer.

Al regresar a su domicilio cerca de la media noche, ambos se acostaron en la cama de matrimonio que compartían desde hacía años. La acusada esperó a que su marido estuviera "profundamente dormido" para llevar a cabo su plan.

Así, "aprovechándose" de la situación "de absoluta indefensión" en que se hallaba, siendo las 2,30 horas, sacó la escopeta de su escondite y, "actuando con sumo cuidado" para que él no la descubriera, le acercó el cañón a la cabeza y "con absoluta frialdad" efectuó dos disparos que le causaron la muerte de manera instantánea.

Tras comprobar que su esposo estaba muerto, la inculpada desarmó la escopeta, la volvió a colocar en el armero y pasó el resto de la noche sentada en un sofá del salón, hasta que a las 7,30 horas llamó a la puerta un compañero de trabajo del marido quien, extrañado por la tardanza de éste, le preguntó por él, a lo que ella contestó que ya se había ido.

Después de que sus hijas se marcharan a trabajar y, con la seguridad de estar sola en la vivienda, la mujer arrastró el cadáver de su marido desde el dormitorio gasta un garaje al que da acceso una puerta situada en el recibidor de la casa y trató de subir el cuerpo en el maletero de un todoterreno. Como no pudo, colocó entonces el cadáver en el maletero de otro vehículo, un Citroen C15 que se encontraba en el garaje, para lo que se ayudó de una cuerda.

A continuación se subió al coche y, con intención de esconder el cuerpo sin vida del esposo, se desplazó hasta un lugar conocido como 'Rambla del agua', y se apeó para sacar el cadáver, que dejó caer por un barranco muy escarpado y resbaladizo, auxiliándose con la cuerda de nuevo. Tapó el cuerpo con varias piedras de grandes dimensiones y con vegetación y lo dejó "completamente oculto".

Después regresó a su domicilio y "con el malogrado propósito de borrar las huellas de su crimen", tiró las vainas de los cartuchos percutidos entre la vegetación existente en un callejón situado frente a su vivienda, y guardó en unas bolsas las sábanas manchadas de sangre y los restos de la cabeza de su marido que aún quedaban en el dormitorio para, posteriormente, quemarlos en la chimenea de una caseta de aperos propiedad del matrimonio, donde también fregó las manchas de sangre del coche.

Tras limpiar los restos de sangre que quedaban en el dormitorio, cambió también de sitio una de las mesitas de noche, porque presentaba impactos de los disparos, e incluso llegó a pintar con dos capas de pintura las manchas de las paredes, que previamente había intentado eliminar con un estropajo. También cortó las partes del colchón con sangre, las quemó en una estufa y escondió el resto del colchón en un trastero.

Sobre las 18,30 horas, sus hijas regresaron al domicilio y "preocupadas por extraña desaparición de su padre", lo pusieron en conocimiento de la Guardia Civil, a la que presentaron denuncia el 14 de mayo.

En los días posteriores a la desaparición, la acusada, "con aparente tranquilidad", participó activamente en las labores de búsqueda del marido. El 16 de mayo la Policía Judicial de Guadix tuvo conocimiento de que se había utilizado la chimenea de la caseta de aperos, y, ante los "evidentes indicios" de que la desaparición del hombre no había sido voluntaria, la mujer, "angustiada", confesó los hechos y llevó a los agentes al lugar donde había ocultado el cadáver, y fue detenida.

La acusación particular eleva su petición a los 21 años de cárcel, 20 por el crimen, y otro año más por el posible delito de tenencia ilícita de armas.

Posición de la defensa

La defensa, por su parte, sostiene que la inculpada fue sometida desde el comienzo del matrimonio a malos tratos, y que en la vida familiar predominaban las agresiones, amenazas, insultos, así como las vejaciones del marido hacia ella, de las que eran testigos, y a veces víctimas, las hijas.

Sin embargo, "fuera por miedo, temor, dependencia emocional hacia su agresor, o distorsionada percepción de la situación, estos hechos nunca fueron objeto de denuncia", señala su abogado, Jesús Huertas, en su escrito de defensa, al que ha tenido acceso Europa Press.

Ya en el mes de agosto de 2012, cuando la acusada tuvo conocimiento de la infidelidad de su marido, al menos, con una prostituta de la zona de Guadix, su vida se centró, "exclusivamente", en controlarlo de diversas maneras. Esa situación se convirtió en "una absoluta obsesión" para la mujer, la cual dedicaba gran parte de su tiempo a controlar los movimientos de su esposo.

Además, "más allá de deponer su actitud", el marido la potenció, haciendo cada vez más frecuentes los encuentros con su amante, que, "en vez de silenciar y ocultar a su esposa", eran trasladados a ésta, "acompañándolos de reproches y vejaciones hacia su mujer, cuando le resaltaba las virtudes de su amante y le recriminaba a ella sus defectos".

Incluso, según señala el letrado de la mujer en su escrito, llegó a invitar a su esposa para que lo acompañara al club de alterne y así poder conocer a la mujer con la que, a cambio de una contraprestación económica periódica y continuos regalos, mantenía una relación extramatrimonial.

La "intensidad emocional" de los hechos que estaba viviendo ("obsesión" y "celos" ante la actitud de su esposo) unido a su "cada vez más afectado estado anímico" provocaron una "importante merma en sus facultades intelectivas y volitivas".

Por ello, su defensa solicita que sea condenada a cuatro años por un delito de asesinato, aunque teniendo en cuenta que concurren en este caso, además de la agravante de parentesco, las atenuantes de confesión, anomalía o alteración psíquica y obcecación, y al pago de una indemnización de 30.000 euros.

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