Nuevo cine-bistrot Zumzeig, en Barcelona.
El nuevo cine-bistrot Zumzeig invita a ver las películas de otra manera.

Poco más de 300.000 personas fueron al cine en el peor fin de semana de la historia de las salas españolas, en junio de 2012, con una recaudación total de dos millones de euros. Los datos de 2013 no han sido mucho mejores: en el peor fin de semana, en mayo, se recaudaron tres millones y medio, según la empresa medidora de audiencias Rentrak Europa. Ambas cifras están muy lejos de los beneficios que el cine había llegado a generar, pues estas ganancias las producía una sola película taquillera.

¿Por qué las butacas están vacías? Los motivos que la industria esgrime son la pérdida de poder adquisitivo de la población y el hábito de las descargas y los visionados on line, aunque también las decisiones del Gobierno: con la subida del IVA, en septiembre de 2012, España habría escalado posiciones hasta situarse entre los diez países con el cine más caro de Europa. Las perspectivas no permitían contradecir a los más pesimistas hasta el otoño pasado, cuando productores, distribuidores y exhibidores se reunieron en la Academia del Cine de Madrid para abordar la situación de forma conjunta.

De allí surgió una certeza –hay que bajar precios– y una idea: la Fiesta del Cine. En ese fin de semana, del 21 a 23 de octubre, se vendieron más de un millón y medio de entradas a 2,90 euros, siete veces más que en el anterior. Las colas desorbitadas aparecieron en la prensa como si se tratara de un suceso extraterrestre y abrieron un interrogante: ¿se puede recuperar al público perdido?

Público, trabajadores y profesionales han puesto en marcha iniciativas innovadorasLa incógnita se resolverá con la guerra de precios que ya han iniciado los dueños de las multisalas, y que tiene traducción en una nueva iniciativa: los Miércoles al Cine. Ese día, las entradas en las salas adheridas (306 por el momento) tendrán un precio de entre 3,90 y 5 euros. Sin embargo, los cines tienen otra dimensión de la que poco se habla. Mientras que el sector se ha mantenido inmóvil y las salas han quedado desérticas, público, trabajadores y profesionales han puesto en marcha iniciativas innovadoras que proponen más que un simple abaratamiento de las entradas.

Inspiración e innovación

Los premios y la calidad de las películas ya no garantizan su comercialización. El productor franco-catalán Esteban Barnatas conoce las dificultades de muchos cineastas españoles para proyectar sus obras. A menudo, directores premiados se encuentran con las puertas cerradas y sus filmes terminan peregrinando por centros culturales, museos y cinetecas, mientras se abren paso sin aranceles por Europa. "Quería poder mostrar películas de calidad en un cine creado para ellas, donde tuvieran la importancia que se merecen", cuenta Esteban, que hace cuatro meses vio su sueño hecho realidad.

Zumzeig se inauguró en el barrio de Sants de Barcelona, lejos de los circuitos culturales establecidos. Su ubicación –poco convencional pero bien comunicada– no fue al azar, pues todo en este cine persigue un nuevo modelo. La cartelera está compuesta por "películas sorprendentes, de autor, largometrajes de vídeo artistas y documentales", y también nace con vocación social: "Temas como la ecología o los desahucios están en la calle y el cine puede ser un lugar neutral para que la discusión continúe después de la película". Con 70 butacas, Zumzeig ha sido ideado para albergar "una experiencia de cine total", y ha contado con Philip R. Newell (cofundador de Virgin y director de grabación de discos de Mike Oldfield y The Who) para diseñar el sistema de sonido.

Buscó la inspiración en cines de toda Europa y América. "En Lausanne (Suiza) está el Zínema, un miniplex de dos salitas con veinte butacas cada una. Hacían desayunos y sesiones de dibujos animados para niños. Todo era muy pequeño, pero se notaba el amor que había detrás". Y en Bruselas, "el Cinema Nova es un proyecto asociativo que se instaló en una fábrica okupada. El que te vendía el tique era el mismo que lo validaba y después hacía la proyección. Todo requería un ritmo pausado".

Puede sonar provocador, pero creo que compartir pantalla es un lujo que hay que recuperar"En definitiva, Esteban Barnatas vio el potencial de espacios híbridos donde no solo se va a ver una película y el espectador no siente que sobra una vez ha pagado. Esa, precisamente, es la esencia del cine-bistrot que regenta, donde barra y pantalla son uno y se sirven productos de proximidad, buenos vinos y cervezas artesanales. "Lo importante es poder debatir sobre la película y la zona del bar lo propicia. Puede sonar provocador, pero creo que compartir pantalla es un lujo que hay que recuperar". Al contrario que muchos colegas de su sector, no es partidario de prohibir las descargas, "hay que ofrecer algo nuevo y Zumzeig no se puede descargar".

Cierres y shocks

Otras iniciativas han nacido a raíz de la clausura de una sala. "Fue un shock cuando supimos que cerraba. El Renoir era el único cine de Mallorca que ponía versión original. Fue como una agresión personal", asegura Pedro Barbadillo, uno de los impulsores de Cineciutat. Todo empezó con una comida organizada por vecinos y fieles para despedir el Renoir de Palma, en mayo de 2012: "Vino muchísima gente, así que cogimos una servilleta e hicimos cuentas: había una base social para reabrirlo". Tras una negociación, las propietarias Mercasa y Altafilms aceptaron la cesión de la sala. "En menos de dos semanas habíamos recaudado 100.000 euros en cuotas, nos constituimos como la asociación Xarxa Cinema y un mes después abrimos. Desde entonces se han recuperado cinco de los seis puestos de trabajo", explica Barbadillo.

El sistema es sencillo: las cuotas de los socios (1.300 en la actualidad) y los abonos anuales permiten que un cine cooperativo y sin ánimo de lucro se sostenga y ofrezca entradas a precios asequibles (4 euros para socios). La comunidad cinéfila fue clave para el éxito, pero también los extranjeros (un 30% de los residentes en Palma, que no irían al cine de no ser en versión original) así como la gente que, según Barbadillo, "apoya un modelo de gestión cultural radicalmente democrático". Los asociados deciden las películas que quieren ver y más de 100 voluntarios gestionan la sala. "El socio es copropietario de un cine libre de intereses comerciales e institucionales. En tiempos difíciles, en los que se habla de asuntos de primera necesidad, la cultura tiene poco que esperar del sector público o del comercial. Si no actuamos, acabaremos yendo a ver cine a Perpiñán", sentencia. Cineciutat ofrece talleres, concursos... y ha recibido el apoyo de asociaciones profesionales, cineastas como Agustí Villaronga (Pa negre) y David Trueba o actores como Joseph Fiennes.

Ejemplo vecinal

Lo que empezó con una recogida de firmas, se ha transformado en la Asociación Cines Zoco Majadahonda, que ha vuelto a abrir el cineSu ejemplo ha calado en otras localidades. El pasado abril, el empresario Enrique González Macho anunció el cierre definitivo de casi todas las salas Renoir (solo 20 de las 200 seguirán). Entre los perjudicados estaban los cines de Majadahonda, que desde 1999 ha abastecido de películas de autor y en versión original a este municipio del noroeste de Madrid y alrededores. Delia Mateos, vecina y espectadora habitual, formó parte de la movilización vecinal con la que se intentó impedir el cierre. Lo que empezó como una recogida de firmas, terminó transformándose en junio en la Asociación Cines Zoco Majadahonda, que ha conseguido volver a abrir sus puertas imitando el modelo de Cineciutat. "Los propietarios rechazaron nuestra propuesta, pero aquella reunión nos sirvió para conocer las entrañas financieras del cine", relata Delia Mateos.

La ayuda técnica necesaria llegó a través de la colaboración ciudadana: expertos en finanzas, leyes, comunicación y cine empezaron a trabajar de forma voluntaria. Ahora, la sostenibilidad del proyecto está cerca de ser una realidad: la asociación cuenta ya con más de 1.178 adscritos y hacen falta entre 1.300 y 1.500; cifra que, aseguran, será alcanzada. "Zoco fue de los primeros mini centritos comerciales con bares, tiendas y un cine, está en el centro del pueblo. Todos tenemos ciertas necesidades culturales que queremos satisfacer sin tener que ir a otra ciudad", opina.

Los Cines Zoco Majadahonda apuestan por entradas a un precio asequible y por una cartelera plural y abierta a la participación. "La gente sabe que no es un eslogan. El Zoco es un cine de los ciudadanos para los ciudadanos. Los beneficios, si los hay, repercutirán en mejoras de las tarifas y en la cartelera". El apoyo de actores como Carlos Iglesias y Juan Diego –también vecinos de la localidad– promociona la iniciativa, pero según Delia somos los ciudadanos quienes tenemos que defender la cultura, "nadie va a hacerlo en nuestro lugar".

Sesión doble

La innovación también puede emerger de la nostalgia por tiempos pasados. Phenomena Experience mira hacia las sesiones dobles de los cines de barrio y recupera los clásicos comerciales de las décadas de los setenta, ochenta y noventa. "Ni de lejos pensábamos que sería tan exitoso. La gente sí quiere ver cine, lo que dicen los catastrofistas es falso", afirma su impulsor, el cineasta Nacho Cerdá. Phenomena ofrece pases dobles a 9 euros, permite la entrada de comida y bebida y asegura una diversión llena de recuerdos. "Superman, Indiana Jones, E. T., Gremlins... La gente grita, ríe, patalea, son como niños porque apelamos a otra cosa". O lo que es lo mismo: varias generaciones se agolpan a la entrada de un cine para volver a ver en pantalla grande las películas con las que crecieron. "La primera sesión fue en Barcelona, en diciembre de 2010, con el programa doble de Tiburón y Alien. El octavo pasajero. La reacción del público fue bestial".

Su fórmula es la misma desde hace más de cuarenta años: sesión continua todos los días a un precio popularLa iniciativa, que no cuenta con ninguna subvención ni ayuda, tuvo su inicio en los cines Urgell de Barcelona hasta que el Grupo Balanyà, propietario de la sala, tomó la decisión de cerrar debido a las pérdidas. Desde entonces, las sesiones Phenomena Experience no han dejado de esparcirse por el territorio y ganar adeptos: van por la cuarta temporada en tres años y han proyectado una media de noventa películas por semestre, vistas por unos 30.000 espectadores. Su sede actual son dos salas barcelonesas (los cines Girona y el Comedia), pero ya organizan pases en Madrid, Zaragoza e incluso tours por 15 ciudades españolas. "Es algo insólito y queremos ir más allá de los blockbusters, ampliarlo a Serie B, grindhouse, ciclos temáticos y maratones", comenta Cerdá.

Existen algunos cines que llevan décadas con una propuesta diferente. La sala Cinestudio D’Or de Valencia posee una trayectoria inexplicable para muchos. Su fórmula es la misma desde hace más de cuarenta años: sesión continua todos los días (una película taquillera y otra de autor o independiente) a un precio popular de entre 4 y 4,5 euros. Fundada en 1952, Cinestudio D’Or ofrecía, como tantas otras salas en las grandes ciudades y poblaciones periféricas, sesiones dobles económicas y reestrenos. La primera sacudida llegó en los años ochenta, con la irrupción de los videoclubes. La afluencia de público bajó de tal manera que el cine estuvo a punto de cerrar, pero la familia Fayos (que lo gestiona desde 1972), se empeñó en resistir la embestida y siguió programando películas alternativas a las comerciales: "Así que en los noventa ya era una opción distinta a los grandes cines", cuenta su community manager.

Precisamente las redes sociales han permitido alargar la vida de este cine: "Hay muchos universitarios que buscan buen cine a buen precio y gracias a Internet han conocido la programación". El público "de toda la vida", el de más edad, también se ha mantenido según fuentes de la sala. "Una de las costumbres casi imprescindibles es llevarse el bocadillo o las palomitas hechas de casa. Es habitual escuchar el sonido de las latas de refresco abriéndose al comienzo de cada proyección". Para los responsables del Cinestudio D’Or, el modelo de explotación comercial de las multisalas "causa cierta sensación desagradable en el público, que ha perdido el vínculo emocional con su cine". Puede que ese modelo de explotación sirviera para épocas de bonanza. Puede que, además de echar de menos el cine, el público añore una forma especial de vivirlo.

Las cifras de un sector que se resiste a morir

A mediados del año pasado corrieron ríos de tinta debido al informe que la consultora PwC realizó por encargo de la Federación de Cines Españoles (FECE) y la Federación de Distribuidores Cinematográficos (FEDICINE). El estudio tenía el objetivo de evaluar los efectos de la subida del IVA y el escenario resultante no pudo ser más catastrófico: el impuesto obligará a cerrar 859 salas (el 21% de las 4.044 existentes entonces) y sus 1.000 pantallas. Desde entonces, los datos oficiales que se refieren a 2012 muestran un descenso en todas las áreas: largometrajes producidos (199-182), cines (876-841), salas de exhibición (4.044-4.003), millones de espectadores (98,3-94,2) y un importante descenso de la recaudación.