Marsella
Imagen del puerto y la ciudad vieja de Marsella. WIKIPEDIA/Thomas Steiner

Nos subimos al AVE en Madrid y salimos fuera de nuestras fronteras. Fijamos nuestro destino en Marsella, primera conexión entre la capital española y Francia, tras abrirse el tránsito de alta velocidad entre España y el país galo. Llegamos a la estación de Saint Charles, puerta de entrada a una ciudad milenaria.

Marsella nos recibe tranquila y majestuosa frente al Mediterráneo. Nada más llegar, nuestra vista se detiene irremediablemente en la basílica neobizantina Notre Dame de la Garde, antigua fortaleza vigía, ahora santuario. Conmueve posarse a los pies del edificio y alzar la vista para contemplar la estatua gigante de la virgen, custodiando Marsella.

Sin duda, en la cocina de Marsella el pescado es el reyMuy cerca de allí, el embrujo marsellés nos lleva al mirador y barrio de Les Roucas Blanc para contemplar a vista de pájaro una ciudad con pasado, presente y futuro, que siempre mira al mar.

La noche cae sobre el Mediterráneo y resulta inspiradora en Marsella. Una hora muy francesa para hacer una parada y deleitarnos con la cocina marsellesa, donde el pescado es el rey. Degustamos sopa de pescado, ensalada de chipirones o sepia a la plancha, una muestra a la que hay que sumar la variedad de marisco presente en cada rincón gastronómico marsellés.

Nos adentramos en la noche de Marsella y paseamos por el puerto viejo, con 3.000 años de historia. Nos dejamos sobrecoger por la intimidad y el recogimiento de la caleta Vallon des Auffres o por la inquietante belleza de las estrechas calles peatonales del barrio de Le Painer.

Y nos despedimos de Marsella con nostalgia por esta ciudad y por un año que se ha ido, el 2013, en el que la ciudad ha sido Capital Europea de la Cultura. El museo MUCEM y de la villa mediterránea son patrimonio nacido al calor de este evento.