Cipriano
Cipriano, el 25 de junio de 2003, en la fiesta familiar de su 55º cumpleaños. 20minutos.es

Tenía una deuda que saldar con las letras. Cipriano Castillo Muñoz (55 años) fue analfabeto hasta los 13 y, una vez que supo leer y escribir, se empapó de lenguaje: leía con fruición y curiosidad, con ganas de recuperar todo aquello que había dejado de leer en sus años de niño pastor, trashumando rebaños por los campos de Ciudad Real.

Un empresario de una fábrica en la que entró a trabajar para seguir llevando dinero a casa, vio en aquel chico tal mirada curiosa que decidió regalarle dos cosas: los estudios, que sufragó hasta la secundaria, y un escritorio que todavía conserva la familia. En el trastero de la casa de San Fernando de Henares hay un buen lote de cajas de cartón llenas de libros que prueban la fidelidad por la palabra de este hombre curioso que pensaba en licenciarse en Ingeniería después de jubilarse.

En los diarios personales donde anotaba reflexiones, sin embargo, puede comprobarse a quien consideraba Cipriano dueña de las palabras: Mari Ángeles Torrejón García (53), su esposa desde 1974. “Marián sí que escribe bien”, decía. Ella no ha vuelto por el taller literario desde el día de la gran desdicha, pero sigue escribiendo.

El 12 de mayo, por ejemplo, compuso este poema: “Hoy sé que estás en el cielo, / ya no lucharás conmigo. / Te mataron en Atocha / los que ambos defendimos. / Se quedaron tantos sueños / en ese tren sin destino. / Ayúdame desde el cielo / mi amor, mi hombre, mi niño”.

Marián habla llorando en el contraluz del salón. Llora por muchas razones: de rabia, de dolor, de miedo, de impotencia por no haberse muerto antes, como estaba convencida de que sucedería, que Cipriano, el hombre del que seguía enamorada “como una perra”. Incluso hay motivos para llorar al mirar el ventanal de la terraza, abierto a un pequeño jardín con media docena de abedules.

–Quería que le enterrásemos aquí, bajo esos árboles, frente a casa. Yo le decía que los vecinos no nos dejarían. Algunos la llaman Ángeles; otros, Geles o Marián, pero ‘Nena’ sólo la llamaba él, Cipriano, el hombre al que quería tanto como para sentir todavía la única forma posible de amor, la que provoca “un vuelco en el corazón”. Por eso escribe: “Eras mi paz, mi pasión, mi nido”.

La noche del 10 de marzo, Cipriano, un hombre pacífico y manso, volvió a ponerse de mal humor. Estaba enfadado desde que España entró en la guerra de Irak y pensaba que iba a “pasar algo”. Marián le dijo, bromeando, que se dejase de obsesiones, que parecía un viejo. Por la mañana, él despertó antes, hizo su cotidiana tabla de ejercicios, desayunó un par de manzanas asadas, le acercó a la mujer el medicamento que necesita tomar para la tiroides y la arropó.

–Cuídate, papi –dijo ella desde la placidez de las sábanas. Ahora Marián no puede estar sola en casa y fuma los Fortuna casi hasta comérselos. Alguna vez ha pensado en tomarse un puñado de pastillas, pero los hijos, María (29) y Raúl (26), que ya se habían independizado, han regresado para acompañarla. Le consuela pensar que, cuando explotaron las bombas, Cipriano estaba dormido.

–Encontré sus gafas bifocales en el estuche. Es raro en él que fuese dormido, siempre leía en el tren, pero creo que las las almas presienten lo que va a suceder y él, que era tan fuerte, también era muy frágil por dentro, le tenía miedo al dolor. No hubiese soportado quedarse inválido.