A veces escuchas a Mozart en estos trenes de cercanías. Pasas ante las pálidas factorías y del circuito cerrado de sonido asoma una sonata. A cien por hora, camino de la gran ciudad y entumecido por el sueño, es un poco extravagante escuchar algo tan delicado, de modo que subes el volumen del discman con Limp Bizkit, como Álvaro Carrión (18 años menos dos días), o con Los Enemigos, como Francisco Javier Mancebo (34), o simplemente tarareas para ti mismo a Sabina, como Vicente San Román (37). Entonces piensas en cómo encaja todo: te dejas llevar por la sincronía entre velocidad y música, te importa un poco menos que ahí afuera haya problemas, tener que estar despierto a las siete y media de una mañana de marzo y que todavía –porque las semanas son cada vez más largas– sea jueves.

El tren ennoblece el paisaje nada agraciado: polígonos, áreas comerciales y aviones que descienden casi sobre ti antes de tomar tierra en Barajas. Desde tu vagón ves las cosas de otra forma y, como le está pasando al cabo primero José Gallardo (33), uno de esos militares grandotes que practica el yoga de permanecer firme en las garitas, dejas de ser del todo tú para hacerte espectador de una especie de documental.

Puedes tener también una regresión cercana y doméstica, como la de Alicia Cano (63), que va a limpiar casas cada mañana y, más allá de la pantalla de la ventanilla, descubre el mismo color del zumo de naranja con el que despertó a sus cuatro hijos antes de salir de casa. Es tiempo de sumergirse y cada uno escoge su playa.

El subteniente del Aire Félix González (52) lee una biografía del pintor realista andaluz Cristobal Toral, que dibuja, vaya casualidad, maletas abiertas esperando por nadie en imposibles estaciones de tren.

Antonio Sabalete (37) tampoco está para nadie: ahora escribe impresiones íntimas en su libreta, porque otra vez tiene sed de palabras. En el momento de la ensoñación ferroviaria, los sentidos se disparan. Piensas, como Elías González (31), en el nuevo aparato de DVD y en la depresión de la vecina a la que quieres levantar el ánimo; como Eduardo Sanz (31), en Zidane y su máquina de hacer imposibles, otra vez en funcionamiento anoche contra el Bayern; como José Miguel Valderrama (25), en la adolescencia de dudas de Harry Potter, que lees con pasión de fan; como Florencio Brasero (50), en el cumpleaños de tu mujer, que celebrarás esta tarde; como el piloto en prácticas Alberto Arenas (24), en la caligrafía limpia de un jet; como Myriam Pedraza (25), en la tierra de los ancestros, la amable Montilla cordobesa a la que regresarás este fin de semana.

Siempre fue así: en un tren caben todos los sueños, incluso el de ser niño durante la duración de un trayecto. Nada temes en un tren: has pagado el billete y tienes el tiempo del traslado para ti mismo, para viajar hacia adentro. Sientes que el vaivén te mece y el craqueteo es la nana. Patricia (7 meses) lo disfruta mejor que nadie: ahora duerme. Por tanto, ningún viajero, excepto sus dichosos padres, sabe que tiene los ojos azules.

Hay algo de verdad en eso de que las personas que estamos en marcha a las 7:30 de la mañana sólo podemos ser personas decentes. Lo notas en el ambiente, en esa hermandad muda de quienes cada día nos ganamos un jornal.

Hay gente de andamio y mono de trabajo. Destacan como una tribu. Tipos callados y con la buena planta de los albañiles, como Héctor Figueroa (33), Carlos Marino (39) y Neil Torres (38); fontaneros bromistas como Miguel Antonio Serrano (28), caldereros como el dominicano y bachatero vocacional Enrique García (28). Si hablan de músicas del mundo, te preguntas, ¿por qué no les llaman trenes del mundo a estos cuatro, que ahora atraviesan, separados por minutos, el corredor del Henares? Setecientas personas en cada convoy, unas cien en cada vagón. Entre ellas, el peruano Neil Astocóndor (34), el cubano Michaell Rodríguez (29), el hondureño Saúl Valdés (45), el filipino Rex Ferrer (18), el rumano Csaba Zsigovszky (26), su compatriota Nicoleta Diac (25)...

Gente racial, orgullosa y callada que piensa en objetivos cabales y pequeños, como Neil, que muestra la euforia contenida de los andinos porque, tras mucho ahorro, ya puede comprar el coche de segunda mano. Los veinticuatro vagones son casi exactos, bautizados según un santoral numérico incomprensible: 21341, 17305, 21435, 21713. Pero en realidad son sólo trenes de cercanías, máquinas de precisión pero utilitarias, de uso pronto y automático.

Coinciden unos minutos en la estación de Alcalá cada día laborable. Miras sin mirar, hacia ese punto vacío que los madrugadores encontramos en el aire aún sin proponérnoslo, y no ves como embarcan las bolsas con dinamita y tornillería. No lo ves porque vivir con miedo es una enfermedad y no quieres caer en esa trampa.

Entonces, entre las 7:39 y las 7:42, el lobo abre las fauces y, en una dentellada de tres minutos, se los lleva a todos hacia un sótano vacío. A Sandra Iglesias (28), que ya tenía piso; a Sonia (25), que sabía bailar jazz; a Nieves García (46), que le cortaba el pelo a su marido; a la colombiana Gloria Inés Bedoya (40), que cocinaba como nadie el sancocho criollo; a David Vilela (23), que trabaja en el lugar más noble, una biblioteca; a Laura Laforga (28), que enseñaba español a hijos de inmigrantes chinos y rumanos; al sindicalista Francisco Javier Rodríguez (52), que acompaña a diario a su hijo Jorge (22) para ganar un tiempo extra de intimidad; a Domnino Simón (45) y su esposa Cristina López (43); a Anabel Isabel Gil (29), embarazada de siete meses, y al niño que llevaba dentro, que ya tenía nombre: Samuel; a Carlos Tortosa (31), que iba a trasbordar al AVE en Atocha; al marroquí Osama Elamrati (24), que ayer dibujó en una pared el nombre de su novia española, Bea; al polaco Wieslaw Garzca (34) y a su hijita, la bebé de los ojos azules.

Y ahora descubres, saliendo del ensueño de tripas del hierro, que la grabación del teléfono al que llamas (“ahora no estamos en casa, puedes dejar un mensaje y nos pondremos en contacto contigo”) es la voz de un muerto, alguien que, como tú, viajaba en el tren de todos.