La cautividad y soledad hacen llegar a límites extremos. En la prisión de Basauri el primer mal es inevitable, pero es posible salvar el segundo. Diez reclusos de este penal acompañan cada día a otros tantos presos en riesgo de suicidio o grave crisis.

No es fácil: el acompañamiento es por parejas y 24 horas, terciando con situaciones límite. Por eso, Cruz Roja les da cursos para aprender cómo hacerlo.

«Les decimos que hay que evitar frases del estilo: ‘Eres un cerdo’. Enseñamos a no ir a por la persona a la que ayudan, sino a por su comportamiento equivocado», explica Iranzu Etxebarrieta, coordinadora de los talleres.

A estos presos-padrino los elige la dirección de la prisión. «A ellos les gusta. Se sienten útiles al ayudar a sus compañeros», indica Etxebarrieta.

Y, ¿funciona? «Siempre es positivo tener una persona al lado que evita que hagas una barbaridad», responde la coordinadora.

De hecho, alguno de los diez internos de apoyo ya ha salvado la vida de su compañero gracias a los primeros auxilios que Cruz Roja les enseñó en los cursos.

La gravedad de algunas situaciones obliga a dar conocimientos más allá de las palabras adecuadas.

Sin llegar a esos extremos, los cursos también contienen nociones de higiene y alimentación sana.