Atajos reales bajo Valladolid
Patio del Palacio Real actual sede de Capitanía, en la plaza de San Pablo. (Eduardo Margareto / Ical)
La seguridad es y ha sido siempre una de las mayores preocupaciones de los máximos dirigentes. Y como no podía ser de otra manera, también lo fue de Felipe III cuando trajo la Corte a Valladolid.

Gracias a una red de pasadizos, el Rey podía desplazarse desde sus habitaciones del Palacio Real a otras dependencias del «espacio áulico», respetando su intimidad.

A través de estos túneles, Felipe III se desplazaba desde su palacio, hasta el salón principal. De ahí descendía, debidamente oculto por estos entresuelos, por la calle San Quirce, hasta el Palacio de los Benavente (biblioteca de San Nicolás) y desde allí podía acercarse hasta la orilla del Pisuerga, donde le esperaba una barca que le dejaba en su casa de campo, en la Huerta del Rey.

«Este sistema permitía a la familia real una libertad de movimientos muy amplia por la ciudad, porque eran recorridos privados y ocultos, donde se preservaba la imagen pública del Rey, muy medida por el protocolo», cuenta el autor del libro, Javier Pérez, a Ical.