Cadáveres haitianos tras la masacre de 1937
Cadáveres haitianos tras la masacre de 1937 AGENCIAS

Fueron escasamente siete días y de ello hace ya setenta y seis años, pero no deja de ser otro de los episodios ignominiosos del ejercicio del poder que conviene conocer y recordar: entre el 3 y el 8 de octubre de 1937, por orden directa del dictador Trujillo, Policía y Ejército de la República Dominicana asesinaron a hachazos y machetazos (prácticamente no hubo ni un disparo) a alrededor de 30.000 ciudadanos haitianos negros (y pobres), residentes en territorio dominicano fronterizo. No hubo piedad con ancianos, mujeres o niños, ni siquiera con muchos dominicanos, también negros y pobres, que trataron de ayudar a sus vecinos perseguidos. Este terrible episodio ha pasado a la historia como la masacre del perejil, por la fórmula que los asesinos utilizaron para diferenciar a los negros haitianos de los negros dominicanos.

Un racista en el poder

En septiembre de 1937, Rafael Leónidas Trujillo llevaba ya siete años gobernando República Dominicana. Los conflictos con el vecino Haití (único país con el que tiene frontera, pues ocupa la mitad occidental de la misma isla) lo habían convertido en un racista convencido de la superioridad blanca. Seguro de que la existencia de un peligro externo daría cohesión a su dictadura y acallaría el descontento del pueblo, decidió agitar las aguas de la xenofobia. Y así, durante algunas semanas de agosto y septiembre, Trujillo estuvo discurseando por todo el país sobre el peligro que suponía  la extensa comunidad de negros haitianos que residía en las zonas fronterizas y ‘robaba’ los puestos de trabajo a los propios dominicanos. Un discurso muy parecido al de los partidos conservadores de la Europa de hoy, que culminó el 2 de octubre en la provincia fronteriza de Dajabón, al norte, precisamente la provincia en la que se concentraba la mayor parte de la emigración. Durante un baile en su honor, acusó a los inmigrantes haitianos de robar ganado y cosechas y de depredar los medios de vida de los dominicanos. Anunció que él "remediaría el problema".

La matanza

Al día siguiente, la Policía dominicana acudió a las aldeas y explotaciones agrícolas donde había haitianos. Iban, supuestamente, a ‘identificarlos’ para expulsarlos del país. Y la forma de identificarlos fue la que terminó dando nombre al hecho histórico. Los policías de Trujillo pedían a cada negro  que pronunciara la palabra española ‘perejil’. Los dominicanos no tenían problema, pero los haitianos, cuyo idioma materno es el créole (criollo, derivado del francés), solo alcanzaban a pronunciar ‘pegsil’. Era su condena a muerte. En realidad, tras la identificación, los haitianos fueron reunidos en sitios apartados y asesinados con machetes, cuchillos y hachas. Al correrse la voz del engaño, Trujillo ordenó a sus tropas que impidieran la huida en masa hacia Haití y los asesinaran donde los encontraran. Inutilizaron un puente sobre el río Artibonito para cerrarles el paso y continuar la matanza, a la que se sumaron, de motu proprio y a lo largo de esos infames seis días, bastantes civiles dominicanos, entre ellos alcaldes y terratenientes racistas

El silencio

El 8 de octubre se dio por finalizada la matanza. Más de 30.000 emigrantes haitianos habían sido asesinados, fundamentalmente concentrados en el norte de la frontera común. Las aguas de otro río fronterizo, curiosamente denominado Massacre, debido a otro acontecimiento similar anterior, bajaban rojas y con cientos de cadáveres flotando. Los escasos supervivientes fueron expulsados a Haití durante las siguientes semanas. Trujillo ocultó la noticia al pueblo dominicano, aunque se ocupó de hacer saber que había ‘solucionado’ el llamado "problema haitiano". El Gobierno de Haití prefirió no protestar: los asesinados, aunque muchos, eran emigrantes muy pobres y sin influencia política real. Su presidente, Sténio Vincent, se limitó a reclamar a Trujillo 750.000 dólares estadounidenses como indemnización. La reclamación fue apoyada por el presidente de EE UU, Franklin Delano Roosevelt. Trujillo, hijo pródigo de los estadounidenses, supo negociar hasta reducir la indemnización a 525.000 dólares. Pero ese dinero nunca llegó a los escasos supervivientes que habían vuelto a Haití. Se perdió en el camino.

Represión y sexo forzado

Rafael L. Trujillo  (1891-1961), El Jefe para unos, y El Chivo para otros, gobernó el país durante 31 años (1930-1961). Reconocido libidinoso con predilección por niñas púberes, fue un feroz represor, un asesino caprichoso y un corrupto descarado. Murió ejecutado por sus expartidarios en un atentado. Su familia se trasladó entonces a España.